Episode 4 (2nd part): Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

jokulsarlon
Desde Egilsstadir hasta Jokulsarlon

Cuando un viajero que conduzca hacia el sur desde Egilsstadir por la famosa Hring Vegur llega al solitario puerto de montaña que divide las vertientes norte y sur, una majestuosa vista, sin parangón, aparece ante sus ojos; pero es también un poco espeluznante: durante los dos primeros quilómetros desde el puerto hacia el impresionante valle glacial, la carretera tiene una pendiente de vértigo que, por si eso no bastara a erizarle a uno el vello– se vuelve en extremo resbaladiza con el hielo. Y si, para colmo, se conduce un coche muy poco de fiar, resulta imposible esquivar el miedo a caer cuneta abajo.
Tras el problema del ventilador, durante un rato que se nos antojó largo avanzamos cuesta abajo con extrema cautela, frenando con el motor y aguantando la respiración, por miedo a que el cochambroso Polo decidiese que era el momento adecuado para una avería en los frenos o en la dirección. Pero nada se rompió (como puede bien deducirse del hecho de estar ahora escribiendo esto); la pendiente fue poco a poco suavizándose hasta que pudimos nuevamente prestar nuestra atención a las espléndidas vistas.
Discurriendo por un valle glacial en el este de Islandia

Al cabo de un rato llegamos al ancho y plano lecho de valle, por el que la carretera continúa, ya casi sin pendiente alguna, hasta alcanzar el océano en Breiddalsvik; y a partir de ahí discurriría a nivel del mar, bordeando el litoral, hasta prácticament el final de nuestro viaje.
Un Montserrat islandés cerca de Eiddalsvik

El agua congelada en témpanos en las pequeñas cascadas

Sin embargo, de la mano de unas temperaturas más amables que implican la ausencia de montículos de nieve en la calzada, vendría el segundo peor enemigo del conductor islandés: la nieve húmeda; una irritante capa de hielo medio derretido, un semisólido que, como al conducir sobre arena, estorba con eficacia y, peor aún, irregularmente el giro de las ruedas sobre el piso, lo que no sólo disminuye la autonomía de viaje sino que hace difícil el manejo de la dirección, y por tanto peligrosa la conducción. De hecho, dependiendo de la consistencia de la moeve húmeda y de la pendiente de la carretera, pueden los neumáticos perder agarre por completo y quedarse uno atascado.
Pues bien, me temo que tuvimos una medida bien colmada de esa guarrería que es la nieve húmeda desde el momento en que llegamos junto al mar hasta que, durante los largos quilómetros que es necesario hacer para rodear el profundo fiordo, alcanzamos nuestra primera parada planificada de ese día: el encantador y pacífico pueblecillo pesquero de Djúpivogur. Pero, pese a nuestro lento progreso, por suerte no tuvimos ningún percance ni dejamos de disfrutar de los hermosos y extraños paisajes lunares que nos encontramos a lo largo del Berufjordur…
Los caballos se agrupan para minimizar la pérdida de calor

Berufjordur y los enormes y macizos picos glaciares en la distancia

…junto con una de las cosas más pintorescas que habíamos visto hasta entonces: un tradicional secadero de pescado, que consistía en varias series de entramados horizontales de madera a dos metros de altura, donde, una vez descabezado, cuelgan el pescado por la cola.
Secadero de pescado y sus trabajadores

Secadero de pescado al aire libre

El pescado se cuelga a secar descabezado

Justo al extremo de un pequeño cabo, al abrigo del áspero oleaje del suroeste y los gélidos vientos del nordeste, el pueblo pesquero de Djúpivogur goza de una ubicación privilegiada, con su bien protegido puertecillo, pequeño y romántico, y mirando hacia las nevadas cumbres y las laderas rocosas en la vertiente opuesta del fiordo.
El pequeño puerto pesquero de Djúpivogur

A espaldas del puerto y de las pocas casas dispersas que conforman el pueblo, la desolada montaña piramidal de Búlandstindur lo vela y vigila eternamente.
Búlandstindur, la pirámide natural de Islandia

Era ya hora de almorzar, y no podríamos hallar mejor lugar para ello que aquel pueblo pesquero, en el que había dos sitios donde servían comidas: el hotel y la tienda; y dando por sentado que el primero quedaría más bien fuera de nuestro presupuesto, escogimos el segundo. Era un local que combinaba una tienda de abarrotes con un modesto pero acogedor restaurante, apenas cuatro o cinco mesas junto a unos enormes ventanales que daban hacia el puerto, ofreciendo una vista magnífica. Ni que decir tiene que pedimos pescado, que estaba delicioso; y junto con el bonito día y la relajante vista tras los cristales resultó un almuerzo en extremo agradable: las montañas, vestidas de blanco bajo el sol, hacían un soberbio contraste con el azul oscuro del mar y, entre medias, unos pocos barquitos pesqueros que dormitaban flotando sobre las aguas encalmadas del puerto.
Antes de seguir viaje, consultamos la información más actualizada del pronóstico meteorológico para el resto del día, que vino a confirmar el de la mañana: a partir del ocaso tendríamos nieve. Es decir, que aún nos quedaban unas pocas horas de buen tiempo, aunque quizá no suficientes para llegar con buena luz a uno de los lugares más destacados de Islandia: Jökulsarlon, la laguna donde muere un glaciar. Entonces, ¿debíamos apresurarnos para intentar llegar esa misma tarde, o más bien tomárnoslo con calma, conducir despacio, pasar la noche en Höfn (a 80 km de Djúpivogur) y visitar Jökulsarlon a la mañana siguiente? Como es tan difícil hacer proyectos de viaje en Islandia, con esa climatología extrema y caprichosa y el impredecible estado de las carreteras, más en nuestro caso un coche que podía dejarnos tirados en cualquier momento, optamos simplemente por no proyectar nada: seguir conduciendo a nuestro aire y decidir sobre la marcha. Por suerte había varias alternativas para pasar la noche a lo largo de la ruta, y malo sería que ninguna de ellas nos cuadrase.
¡Y vaya si cambian, en Islandia, el clima y el paisaje!: en cuanto dejamos atrás el aletargado Djúpivogur, tras sobrepasar la primera curva amplia de la carretera, de repente pareció que estábamos en otro planeta… o, mejor dicho, de regreso a nuestro planeta: el aire templado, la tarde soleada y el campo un poco verdoso y sin un parche de nieve, pertenecían sin duda a la Tierra.
Sueños de primavera en el suroeste

Ya es primavera junto al mar, pero aún duro invierno en la sierra

Por cierto que muchas de las montañas a lo largo de esta parte del Hring vegur están flanqueadas (cuando no formadas) por desnudos y altísimos taludes de piedra suelta; ingentes masas de cascotes vertidos desde cráteres o derramados desde prehistóricas alturas, al ser rotas y desmenuzadas las rocas por la erosión y los hielos. Y dichos taludes se forman naturalmente según la máxima pendiente para sólidos granulados, próxima al 90%; una pendiente vertiginosa que, al mirarla desde su base, produce un cosquilleo en el estómago semejante al de las alturas, y tiene uno la sensación de que podría caerse hacia arriba, suponiendo que tal cosa tenga sentido; una pendiente, además, muy poco estable, por lo cual hay constantes desprendimientos de roca en esa zona y es impepinable encontrarse con cascotes en mitad de la calzada; otra razón más para hacer de la conducción por Islandia casi un deporte de riesgo.
A cierta distancia, esas laderas semejan la pezuña de un colosal ungulado.
Taludes que parecen pezuñas gigantes

Llevábamos, después de todo, un ritmo aceptable y cuando pasamos por Höfn, una de las alternativas de hospedaje que barajábamos, decidimos dejarla pasar confiando en que podríamos llegar hasta Jökulsarlon aún con luz. Y fue una suerte que así lo hiciéramos, porque a partir de Höfn comienza un tramo que es la mejor pasarela de Islandia para observar los glaciares desde la carretera. ¡Qué maravilla tan sobrecogedora, los glaciares! ¡Yo os canto, colosales masas de nieve acumulada y compacta, durante siglos, hasta convertiros en pétreo hielo de inquietante y extraño color blanquiazul, derramándoos desde las altas cuencas por valles que erosionáis con majestuosa lentitud!
Uno de los muchos brazos del glaciar Vatnajökull

Gracias al sol poniente y a un cielo sin nubes, no anduvimos escasos de extraordinarias vistas…
Las montañas donde nacen los glaciares, al atardecer

Las sombras del ocaso se ciernen sobre los valles

…hasta que por fin llegamos al magnífico Jökullsarlón, la laguna donde el brazo más importante del glaciar Vatnajökull viene a morir, derretido por el mar.
Vista desde un satélite de la lengua glaciar que muere en Jökulsarlon

Cuando dejamos el coche y caminamos hasta la orilla del mar, nos quedamos asombrados: habíamos llegado a la hora precisa en que tiene lugar uno de los fenómenos más asombrosos que contemplarse puedan: la marea creciente entrando y fluyendo, con la fuerza de una torrentera, entre los dos brazos de tierra que encierran la laguna, y elevando con su empuje a los enormes bloques de hielo, pequeños icebergs desgajados del glaciar.
La marea entrante llena la laguna y derrite el hielo

Este es el breve vídeo que, a toda prisa, pudimos grabar en aquel momento:

Así que sin proponérnoslo y ni tan siquiera saber de su existencia, habíamos llegado a una de las dos citas diarias que se da el glaciar con el océano. Frente a esa belleza todo se nos iba en exclamaciones de admiración mientras contemplábamos boquiabiertos el espectáculo: la agonía y muerte de un hielo formado, quizá, hace diez milenios.

Jökulsarlón, una visita a la aurora de los tiempos

Para quien tenga curiosidad, el proceso es como sigue: al subir la marea, el agua del océano entra en la laguna y empapa el hielo del extremo del glaciar, arrancándole enormes bloques que, con el paso de los días, van derritiéndose, desmenuzándose y menguando. Cuando las mareas son grandes, la entrada de agua por el estrecho es tan fuerte y rápida que parece un río que fluye hacia tierra. Benito yo pudimos ver cómo el agua provinientes del océano, de un bello azul marino, empujaba los grandes témpanos de hielo, se deslizaba bajo ellos formando pequeños vórtices y los alzaba en su flujo, humedeciéndolos y tornando su opacidad en transparencia.
Bloques de hielo del glaciar en el ocaso de sus días

Esta es otra toma que pudimos realizar antes de que la marea dejase de subir:

Horas después, al descender la marea, el agua que ha entrado en la laguna se retira, fluyendo de nuevo hacia el mar y arrastrando consigo los témpanos que han menguado lo bastante como para caber por el canal. Muchos de ellos se pierden mar adentro a la deriva, donde acabarán de fundirse con relativa rapidez, pero otros quedan depositados sobre la negra arena volcánica de la playa durante días, adquiriendo formas extraordinariamente caprichosas.

Los trozos del glaciar yacen sobre la arena en un contraste sublime

Así año tras año, durante siglos y siglos, dos veces cada día el mar se cobra un pequeño mordisco del glaciar y lo incorpora a sí mismo, reclamando lo que es suyo, devolviendo, tras un ciclo de diez mil años, el agua congelada al lugar de donde salió: el océano eterno. Los restos de aquello que durante toda una era fue un orgulloso glaciar yacen ahora en la playa, exhalando su último aliento; una belleza natural sin parangón hasta el postrer minuto, que adorna con sus aristas de joya las negras arenas volcánicas, creando un paisaje tan insólito que no parece de este mundo.
Lo que otrora fue un glaciar imita al diamante en sus últimos días de vida…

…y el mar lametea estos diamantes hasta convertirlos en mar

Estando allí, no pude evitar el impulso de morder y comerme un pedacito de ese hielo, haciéndome la ilusión de que, al incorporar a mi organismo aquellas moléculas desprendidas de las nubes diez mil años antes, me convertía con ellas también en prehistoria.
Benito sosteniendo un hielo de diez milenios de antigüedad

capítulo anterior | capítulo siguiente

jokulsarlon
From Egilsstadir to Jokulsarlon

When the traveller driving south from Egilsstadir along the famous Icelandic Hring Vegur (the Ring Way) reaches the solitary mountain pass dividing the northern and southeastern basins, there appears before his eyes a magnificent view; but also a dismal one: for the first mile from the pass towards the impressive glacial valley, the road has a very steep slope that, being dismaying enough on its own, can get also quite slippery. If, besides, you’re driving an unreliable and unpredictable car, the hair-rising fear of plunging into the abyss is hard to escape.
After the incident with the fan, for long and slow minutes we proceeded downhill with extreme caution, engine-braking, holding our breath and knocking on wood, lest our shoddy Polo decided it was the right time for a break failure, or the steering wheel broke down when in a hairpin turn. But nothing of this happened, obviously, or I wouldn’t be writing this now. The incline became gradually softer, and eventually we were again able to enjoy the astounding environment.
Along a glacial valley on East Iceland

Farther on we reached the flat wide valley-bed and drove along it until we finally arrived to the ocean at Breiddalsvik, from where–and almost until the end of our trip–the road would run skirting the coast, therefore entirely at sea level.
Needle peaks close to Eiddalsvik

Frozen cascades

However, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came the second worst enemy of the arctic driver: the wet snow, an annoying layer of half melted ice, a semisolid that, like when driving on sand, severely and unevenly hampers the wheels’ advance on the road, making also for a lesser fuel autonomy and a difficult and dangerous steering. Actually, and depending on the wet snow consistence and the road incline, the tyres can lose grip and the car get stuck.
And indeed, we had a lot of that stuff from the moment we reached the ocean and along the whole coastline skirting the deep fiord, until we arrived to our first planned stop for that day: the lovely, peaceful, tiny little fishing village of Djúpivogur. Fortunately, though the wet snow slowed down our advance, we didn’t have any mishap and we could enjoy contemplating delightful landscapes we found on our way along the very scenic Berufjordur…
Horses keeping their body warmth

Berufjordur, and the massive glacier peaks in the distance

…and also one very pictoresque thing we hadn’t seen before: a traditional fish drying-place, consisting of several wooden structures where the beheaded fish is hung from the beans by the tail.
Fish drying-place and workers

Hanging the fish to make it dry

Fish is hung in the open air

Located at the tip of a small cape, sheltered from the rough southwestern seas and the cold northwestern winds, the fishing village of Djúpivogur is a privileged one, with its romantic little harbour well protected, an facing the rocky peaks right across the fiord.
The fishing harbour of Djúpivogur

Behind the harbour and Djúpivogur’s scattered few houses, the bleak pyramid-mount of Búlandstindur keeps an eternal watchful eye on the village.
Búlandstindur, the natural pyramid of Iceland

As it was about time for lunch, we decided there couldn’t be a better place for a meal than this fishing community. There were only two eating places in Djúpivogur: the hotel and the shop; so, deeming the first one would probably be too expensive for our budget, we chose the second. It was a fine local, two-in-one, combining a small convenience store and a modest but cozy restaurant, featuring four or five tables and huge windows facing the harbour which provided for a splendid and relaxing view. Of course we ordered fish and of course it was delicious, so that we leisurely enjoyed a very nice meal, tasting the fresh food and the view at ease: the snowy mountains lit by the sun, contrasting with the marine blue sea and rising above the few small boats which dozed on the harbour’s calm waters.
When checking the weather forecast update for the evening, we got a confirmation of the news in the morning: starting from dusk there would be snowfalls. So, though we still could count on a few hours of fine weather, we didn’t know if that was enough for properly visiting the glacier lagoon Jökulsárlon, allegedly one of Iceland’s highlights. Should we then hurry up and try to get there today, or rather take our time, driving at ease, and visit it the next morning after spending the night in Höfn, 80 km away from Djúpivogur? There was no easy answer, but being so hard to make reliable plans in Iceland–with the changeable weather and unpredictable road conditions–and driving an even less reliable car, we just opted for driving without any expectation nor hurry and take decisions on the go. Fortunately there were three alternative youth hostels where to stay overnight, plus no shortage of–more expensive–guesthouses to take into account just in case.
And indeed, what an amazing climate change we experienced!: no sooner had we left the sleepy Djúpivogur than, after the first turn of the road, we found ourselves like if in another planet–nay, like if back to our planet: suddenly the weather got mild and sunny, and the landscape snowless.
Dreams of spring in the southeast

Already spring by the sea while still winter in the mountains beyond

It’s noteworthy to say that many of the mountains along this part of the road are flanked by bare, gargantuan masses of loose boulder, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d fall upwards. As a matter of fact, slides are very common in that region, and it’s frequent to find some of the boulders invading the pavement. Looked at a distance, this mountains resemble the hoofs of a colossal ungulate.
Gigantic hoof-like mountain sides

So, well, as by the time we went past Höfn it was too early, we kept driving, with the hope of making it to Jökulsarlon on a fine light. By the way, this is the part of the island where better and closer the glaciers can be observed from the highway; oh the glaciers!, those accumulated and compacted snow masses, spilling down the high peaks along the valleys in breathtaking tongues of ice, with their hypnotizing blue hue.
One of the several “arms” of Vatnajökull glacier

Thanks to the setting sun and the cloudless sky, we weren’t short of delightful scenery…
Glacier mountains at su 
nset

Yet another awesome landscape[/captio, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d n] 
…until we finally reached the magnificent Jökullsarlón, the glacier lagoon, where one ohypnotizing blue huef the largest arms of/strong the inmense VHowever, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came /patnajökull glacier dies, right by the sea.
 

[caption id="attachment_751" align="aligncenter" width="550"] Satellite view of the glacier tongue dying in Jökulsarlon
 
 


There we parked the car, walked to the shore, then got stunned: we had gotten there at the right time for witnessing one of the most spectacular phenomena one can behold: the tide strongly flowing in through a narrow channel into the lagoon and lifting the massive ice blocks sleeping there.
The tide flows in, fills the lagoon and melts the ice

This is a short video giving some approximate idea of how striking this phenomenon is:

We could only hold our breaths at the sight of this astonishing scene; the agony and death of ice that had been formed perhaps 10,000 years ago.

Eerie Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

At the flood of tide the comparatively warm sea water gets into the lagoon, soaking and melting the big rocks of ice. If the tide is strong, the inlet of water through the channel is very swift and powerful, resembling a river flowing inland. Benito and me could see this dark-blue sea river splashing against the icebergs and diving underneath them in vortices, pushing them backwards, moistening them and changing their thick translucency into a light transparency; and so the big blocks get cracked and split into smaller pieces.
Glacier icebergs taking their last slumber before…

Here’s another video of this curious flow:

Then, at the ebb of tide, the water retreats from the lagoon back to the ocean carrying out those ice blocks that melted down to a size small enough to pass through the shallow channel; and lastly, the low tide gently places many of those blocks, “carved” to beautiful capricious sculptures, onto the black sands of the beach. Thus, all year long for over endless centuries, twice a day–with every flow of the tide–the sea takes a bite of the glacier and swallows it up, claiming what is his; after a cycle of ten thousand years, the sea returns the frozen water to where it belongs: the eternal ocean.

…before they die in the sea, their carcass lying on the beach

The remnants of what–for ages–was a proud glacier lie now on the beach, exhaling their last breath; natural beauty until the last minute, they embellish with their gem-like carved surfaces the volcanic black sands, in scenes so bizarre they seem unreal.
Gem-like carcass of what once was part of a glacier

The sea slowly licks away the last hours of the ice

I couldn’t help bitting and swallowing a piece of such ice. It was like eating up the prehistory: putting into my body some molecules that had been deposited during the past then thousand years.
Benito holding a piece of ice 10,000 years old.

previous chapter | next chapter

Episode 4 (1st part): Road #1

 
Cuando me desperté la mañana de nuestra cuarta jornada, al ver que el sol brillaba tras los cristales y al enterarme de las buenas noticias, el mundo parecía bastante más hospitalario de lo que se me había antojado la víspera: Benito estaba levantado rato ha y había llevado el Polo al taller, a la vuelta de la esquina, donde le dijeron que tenían el repuesto necesario y que tendríamos el coche listo en media hora.
Entre tanto, disfrutamos de un desayuno lleno de optimismo en la luminosa sala del hostal, mirando la predicción del tiempo, planificando la ruta para el día y solazándonos con los rayos solares que entraban a raudales por la ventana y llenaban la estancia de radiante luz. La parte más dura de la carretera había quedado atrás, aquellos doscientos quilómetros de yerma y hermosa nada, las tierras altas del norte, y salvo por los primeros cincuenta quilómetros que nos tocaba hacer a continuación, el resto de nuestra pequeña odisea iba a discurrir casi por completo al nivel del mar y al alcance de los no tan fríos vientos del suroeste; factores ambos que minimizaban la posibilidad de encontrarnos con lo que, para entonces, habíamos aprendido a identificar como el peor enemigo: las dunas de nieve en la calzada. El pronóstico meteorológico era de nubes y claros hasta el atardecer y luego dos nevadas, ligera la primera y moderada la segunda; pero no nos preocuparon mucho porque en el litoral sur de la isla (hacia el que nos dirigíamos) había más vida, pueblos y lugares donde alojarnos; como que habíamos identificado ya sobre el mapa tres albergues alternativos (cualquier otro tipo de alojamiento le estaba vedado a nuestro presupuesto) en los que pasar la noche, dependiendo de a qué ritmo avanzásemos.
Así que, empacado que hubimos nuestras cosas, recogimos el coche del taller y nos pusimos en marcha, dejándole la factura al dueño del coche. En Islandia la gente es tan benditamente confiada que basta una conversación por teléfono para zanjar un acuerdo. De modo que la cosas, después de todo, no habían salido tan mal; es decir que podrían haber salido mucho peor si la chatarra que habíamos alquilado se nos hubiese averiado cuando cruzábamos las montañas, en mitad de una ventisca o, simplemente, una víspera de festivo, sin talleres abiertos el día siguiente. Entonces sí que se nos habría chafado el viaje irremisiblemente y por completo. Fueron estas razones las que –soslayando la imposible evaluación del daño emocional y psicológico ya causado– nos llevaron a tomar la decisión de no pagar el alquiler del coche al término de nuestro viaje, aprovechando que no nos habían exigido aval de tarjeta de crédito. Hasta qué punto era o no una decisión justa sería cosa a debatir; pero aquello de lo que no cabía duda era que, si le pusiéramos una demanda a la empresa por alquilar un coche en tan mal estado, la broma les saldría bastante más cara.
Confortándonos y conformándonos con estas consideraciones le dimos la espalda a Egilsstadir, e inconscientes de nuevo peligro alguno, osadamente confiados en la lógica de las cosas, retomamos nuestro itinerario por la ruta 1 dando por supuesto que, al ser la principal y más importante carretera del país, tenía forzosamente que ser objeto de minucioso y diario mantenimiento.
¡Y qué ruta más bonita, además! Según empezábamos a subir las primeras cuestas hacia nuevas regiones montañosas, en concreto hacia un puerto que sería ya el último de todo el viaje, nos cautivaron las espectaculares vistas de aquellos páramos desnudos, el poderío en blanco y negro de esa región perdida de la mano de Dios, las cien tonalidades de los helados paisajes lunares y la inquietante soledad del yermo con el que, en la distancia, la carretera parecía fundirse, o más bien que parecía tragársela, incorporarla a sí mismo.

La carretera desdibujándose en el terreno

Ahora bien, eso de la inquietante soledad de la carretera no era sólo lirismo expresivo, sino que nos dio qué comentar; nos resultaba chocante que estuviera tan extrañamente vacía. Desde que, cuatro días atrás, empezamos el viaje siempre habíamos ido encontrándonos con algo de tráfico en ella, e incluso durante el día en que atravesamos la hermosa pero desierta Nada, que además era domingo, no habíamos dejado de cruzarnos con algún que otro vehículo; pero… ¿ahora?; ahora llevábamos un largo rato al volante sin haber visto un alma, de cerca ni de lejos. ¿Acaso se nos había pasado algún letrero y nos habíamos confundido de carretera? Pero según decíamos esto vimos uno junto a un camino (¿y a qué clase de infierno helado podía conducir ese camino?) que vino a responder tal pregunta: no, no nos habíamos perdido; estábamos donde creíamos estar: sobre la ruta 1. Y sin embargo no se veía un sólo vehículo en todo el horizonte. Eso merecía detenerse un momento y salir para mejor considerar el asunto.
Estudiando las rodadas sobre la nieve de la calzada nos dimos cuenta de que no había ningunas, salvo las nuestras, que fuesen recientes. Las otras databan como mínimo de dos días atrás, y desde entonces no había pasado nadie. ¿Qué clase de carretera era aquella que no veía un coche en dos días seguidos? Sonará fantástico, pero parecía como si hubiésemos cruzado inadvertidamente hacia otra dimensión del universo a través de algún hueco en la sustancia del espacio-tiempo o por algún engaño de la materia; como si estuviésemos contemplando un escenario, como si el paisaje que nos rodeaba, con aquella apariencia tan irreal, no fuese más que un decorado. Incluso el aire estaba absolutamente inmóvil; pese a la proximidad de las montañas no soplaba ni una brizna de viento…
Pero dejando las fantasías aparte, ¿cómo era posible que nadie condujese a lo largo de esa parte del emblemático anillo islandés? ¿Dónde estaban los camiones con mercancías para los habitantes de Egilsstadir? Alguien tenía que suministrar las cocacolas y los condones al supermercado, ¿no? –razonábamos Benito y yo–. Y el correo, ¿es que nadie lo llevaba a los pueblos y granjas de la zona? Mas en este punto nos interrumpimos. Espera un momento –le dije–: ¿cuáles pueblos y granjas? Entonces escudriñamos el mapa que teníamos extendido sobre el capó y nos miramos el uno al otro; no hizo falta que nos dijésemos ni una palabra: en los pasados cuarenta quilómetros y los próximos cincuenta no había lugar habitado alguno. Los únicos puntitos indicando vida por aquel cuadrante de la isla estaban sobre la línea de costa, a lo largo de la cual discurría una carretera secundaria. Esto nos hizo comprender que cualquier tráfico que pudiese haber por aquella parte de la isla no tomaría por la ruta 1 que tan lógicamente creíamos haber escogido nosotros, sino por aquella otra carretera secundaria, que es donde había seres humanos, supermercados que aprovisionar, estafetas de correo donde hacer entregas y gasolineras a las que proveer. Así, pues, ¡nadie circulaba por aquí! ¿Era seguro continuar?
Por desgracia, ya habíamos perdido mucho tiempo a causa de la ventisca del primer día y los problemas del coche; llevábamos retraso con respecto a nuestro programa inicial y no podíamos permitirnos –salvo que no hubiera otro remedio– dar la vuelta, desandar lo andado esa mañana y coger la otra carretera, que además era bastante más larga porque trazaba el contorno de la costa con sus fiordos. Por otra parte, insistíamos en creer que las autoridades no podían dejar de limpiar y dar mantenimiento a la ruta 1 por muy inhabitada que estuviese en aquel tramo. De hecho, hasta entonces la nieve que habíamos encontrado era compacta sobre el asfalto (muy castigado por los fríos) y se dejaba transitar francamente bien. De manera que subimos al coche y decidimos continuar en la misma dirección que traíamos. Si más adelante la cosa se ponía demasiado fea –dijimos– estábamos a tiempo de regresar, que desde luego sería mejor que quedarnos atascados en una carretera donde no se esperaba el paso de ningún ser humano quizá en varios días.
Y no habríamos avanzado otros quinientos metros cuando, ¡plof!, sin darnos tiempo siquiera a reaccionar pasamos por sobre una de aquellas fatídicas dunas, tan indiscernibles (cegador blanco sobre blanco) de la nieve compacta. Ni muy extensa ni muy profunda, por suerte no había llegado a atraparnos, pero frenó al coche casi hasta detenerlo y eso fue suficiente para ponernos en alerta. Aunque sin confesárnoslo, ambos retrocedimos mentalmente a la ventisca del primer día y se nos vinieron a la memoria las desagradables emociones: la angustia, el viento, el frío y el miedo…
Continuamos la marcha, pero ya mucho más despacio. Estábamos cada vez a mayor altura y eso significaba que era probable encontrar más y mayores dunas, pero pensamos que si conducíamos con el cuidado suficiente y no cometíamos ningún error, ningún problema serio nos amenazaba. Además, el puerto que habíamos de salvar no estaba mucho más adelante; tan sólo unos pocos quilómetros; y una vez pasado ya sería todo más fácil, pues las dunas no son tan temibles cuando se cogen cuesta abajo.
Y tal como habíamos supuesto, pronto nos encontramos con la siguiente. Como íbamos muy despacio nos dio tiempo a detener el coche a un par de metros de distancia, y salimos a estudiar el terreno. Al contrario que otros parches de nieve, éste cubría toda la anchura de la carretera, así que no era posible rodearlo; tenía un espesor de medio metro y una longitud de aproximadamente ocho. Pequeño obstáculo, en apariencia, pero grande para nuestro minúsculo cochecillo. Si no conseguíamos superarlo, nos obligaría a abandonar nuestras expectativas para ese día y rehacer por completo nuestros planes de viaje. Pero la mañana era joven, aún teníamos la moral en buena forma y parecíanos que unos pocos metros cúbicos de nieve no podían ser un problema demasiado serio, de modo que nos pusimos a trabajar.
Apartando la nieve de la carretera

Con los pies apartamos la nieve a ambos lados hasta despejar un camino por el que pensamos podía pasar el coche. Después salté al volante y lo dejé caer unos sesenta metros, con objeto de ganar una inercia que sería esencial cooperadora para salvar el obstáculo. Era el momento de la verdad. Entonces metí primera, pisé el acelerador a fondo y me lancé hacia delante a todo lo que daba el coche. Al entrar en la duna, y aunque había ganado una buena velocidad, la nieve deceleró mi marcha como si estuviese conduciendo sobre arena, y por un momento, donde el espesor que había quedado era mayor y los neumáticos perdían apoyo, parecía que el íbamos a quedarnos atascados; pero por suerte el impulso que llevábamos fue justo lo necesario para rebasarla, y finalmente me vi al otro lado sobre terreno firme.
¡Prueba superada!

¡Habíamos superado la prueba! Gritos de júbilo. Ahora bien, si cada una de estas dunas iba a costarnos quince minutos de tiempo no llegaríamos a lo alto del puerto antes de que se echara la noche encima, de modo que aún no era prudente cantar victoria. Hacía falta que no encontrásemos muchas más como ésa, y ninguna mayor. Pero tuvimos suerte y se cumplió dicha esperanza, porque hasta lo alto del puerto ningún otro túmulo vino a estorbar nuestro progreso; el resto de la cuesta fue asfalto firme o nieve compacta. Justo arriba había una estación meteorológica al borde de la carretera, y paramos a hacernos algunas fotos junto a ella. Se nos ocurrió pensar que, muy probablemente, el técnico encargado de su mantenimiento sería la única persona que, como mucho una vez por semana, pasaba por aquel tramo de la Ruta 1.
Benito al pie del anemómetro

La cencellada se forma cuando las gotitas de agua subenfriada, arrastradas por el viento, se congelan instantáneamente al golpear un obstáculo más frío.

Pese a la mañana soleada, en lo alto del puerto hacía viento y mucho frío, así que en cuanto nos fotografiamos nos metimos al coche y emprendimos la bajada. Pero sólo cien metros más adelante, tras doblar la primera curva, tuvimos que parar de nuevo, aguantando la respiración y boquiabiertos ante la vista espectacular, sobrecogedora, que se abría bajo nuestros pies. Dudo que un astronauta, ante la cercana contemplación de un planeta nuevo y extraño, pudiera sentirse más desconcerdado y perplejo, más estupefacto que nosotros frente aquella escena, el inmenso valle glaciar que se extendía a nuestros pies hasta el lejano océano, un paisaje de aspecto irreal, inmerso en una atmósfera azulada y tan densa que parecía poder tocarse.
Sobrecogedor valle glaciar

Era una imagen casi de ciencia-ficción, y nos impresionó vivamente. Alargamos el momento contemplándola, conscientes de que muy pocas veces en lo porvenir, o quizá nunca más, volveríamos a presenciar algo semejante. Éste era ese tipo de viaje que, como mucho, se hace una vez en la vida. Cuando, al cabo, recobramos el tono, continuamos el descenso hacia el interior de aquel inmenso y desnudo valle glaciar con el ánimo ligero, a sabiendas de que el puerto que acabábamos de remontar era el último de todo el viaje, y por tanto ya no quedaríamos atrapados en ningún fatídico túmulo de nieve. Cualesquiera que fuesen los nuevos peligros que nos aguardasen, al menos ya sería cuesta abajo y al nivel del mar.
Pero poco nos duró este ánimo jubiloso, porque el próximo problema nos acechaba a la vuelta de la esquina. Desde hacía un rato veníamos notando un ligero olor a quemado en el coche, aunque yo no le había dado mucha importancia pensando que acaso se debía al momentáneo sobrecalentamiento del motor cuando, rato atrás, habíamos acelerado para sobrepasar aquella duna; pero como el olor persistía no pudimos seguir ignorándolo y se hacía necesario comentarlo, pues hasta ese momento ninguno habíamos dicho nada para no empañar al otro su optimismo. Así que estudiamos las posibilidades. Desde luego no podían ser los frenos, porque apenas habíamos tenido ocasión de usarlos. ¿Quizá el embrague? Plausible, pero el olor no era el típico del kevlar quemado; se trataba de algo un poco más familiar; algo que puede uno oler en la vida cotidiana de vez en cuando…
¡El cartón!, exclamamos a un tiempo; el cartón que habíamos colocado en la parrilla para paliar la ausencia de termostado en el circuito del agua. Pero ¿cómo era posible que se hubiera calentado tanto como para chamuscarse? No tenía lógica; pero, en fin, no era momento de andarse con cuestiones teóricas; algo podía estar quemándose bajo el capó y había que averiguarlo sin dilación, de modo que paramos nuevamente y echamos un vistazo. ¿Cuántos contratiempos no habríamos de sufrir en aquel viaje?
En efecto, un débil hilillo de humo salía de algún lugar junto al radiador; pero en seguida vimos que no era el cartón lo que humeaba, sino el electroventilador. Se conoce que, con el traqueteo, aquél había ido desplazándose hasta que se metió entre las aspas de éste, inmovilizándolas; y al no poder girar, la corriente estaba sobrecalentando el bobinado del ventilador y quemando la laca que recubre al cobre. Eso era lo que olía: el barniz quemado. Había que actuar deprisa si no queríamos tener una avería mayor… en el supuesto de que estuviésemos a tiempo de evitarla. Teníamos que soltar los contactos del electro o bien liberar el giro de las aspas, pero ninguna de las dos maniobras era fácil sin herramientas, de las que –huelga decirlo– el Polo carecía. Los contactos estaban demsaiado apretados y poco accesibles; y por su parte el cartón, que era bastante resistente, se encontraba arrugado y medio roto, difícil de sacar de aquel lugar tan estrecho; de modo la operación nos llevó más de cinco minutos, pero cuando acabamos el ventilador seguía sin girar. ¿Habíamos actuado demasiado tarde?, ¿o es que durante aquel rato el agua ya se había enfriado y no requería el concurso del electro? No había forma de saberlo por ahora, pero era probable que a partir de ese momento estuviésemos en presencia de un nuevo problema mecánico: insuficiente refrigeración del motor.
Con cada día de viaje las cosas habían ido poniéndose más interesantes y difíciles. ¿Qué nos esperaba aún?

capítulo anterior | capítulo siguiente

 
When I woke up in the morning of our fourth day’s journey, the world seemed rather more hospitable a place than in the eve: there was a bright sun to cheer us up and news were good: Benito was already awakened and had taken the car to the workshop — right around the corner in the same block as the guesthouse. The mechanic had the spare part in stock and the Polo would be ready in half an hour.
Meanwhile, we had a jolly breakfast in the luminous lounge of the house, checking the weather forecast, planning our route for the day and basking in the sunrays that came in through the big window panes fiercely litting the premises. The worst part of the road was already past, we guessed. The highlands of the north were left behind and, but for around the first fifty kilometres that morning, the rest of our little odyssey was to run almost entirely at sea level and to windward of the not-so-cold southwesternly weather; and both factors strongly minimized the possibility of coming across what we had, by then, already identified as our worst enemy: the snow dunes on the road. The meteorological service predicted partly cloudy skies until before dusk, and then two snowfalls: a light first one and a heavier second one. But we weren’t much worried about them: in the south of the country — where we would be driving to — there was more life, villages and choice of accomodation; we had already spotted three alternative youth hostels in the map (the only affordable lodgings for us) where we could spend the night, depending on the weather and our progress on the road.
So, once our things were packed, we picked the car from the mechanic and set off, leaving the bill to the rental company. After all — we chatted — it hadn’t been that bad, meaning it could have been much worse if that crappy vehicle had broken down in the highlands, the middle of a blizzard or simply on a holiday’s eve, when no mechanic would be available the next day. Reasoning this way, and though psychological or emotional damage is impossible to evaluate, we decided to not pay a damn crown for the car rent. Whether or not this was fair might be discussed, but no doubt if we sued the rental company we’d win the case and that would be much more expensive for them.
Thus comforting ourselves we turned our backs to Egilsstadir and, boldly confident in the logic of things, retook our itinerary: Road #1, to which we should trustily stick, as we deemed it to be the main route–if only one–that had to be serviced, cleaned and maintained in Iceland.
In any case, it was undoubtedly an awesome road. As we started driving up the hills and into the mountains, we were fully captivated by the scenic views and bare wilderness, the black & white puissance of this God-forgotten region and the many hues of those icy moonscapes. There was a disquieting something in the solitude of that gravel road that, in the distance, seemed to merge into the surrounding terrain, swallowed up by it.

The road seems to face away into the ground

But wait a second… did I say solitude? Hmm… Certainly the road was strangely solitary for being the main Icelandic route. Since the beginning of our trip–and that was four days ago–we’d always been seeing some traffic, and even during a Sunday along the beautiful Nothing we’d come across a car once in a while; but now? For half an hour after leaving Egilsstadir we hadn’t seen a living soul. Maybe we’d skipped some sign and mistaken the road? But no: soon after this thought a notice by a detour (to what kind of winter hell could that trail go?) confirmed us that there had been no mistake; this was road #1. Yet not a vehicle could be seen as far as our sight reached.
We stopped and stepped off the car for a moment: examining the road we realized there weren’t even recent wheel tracks on the snow; probably nobody had come this way for the past couple of days. Fantastic as it seems, it was as if, by some trick of the matter or through a gap in the time-space substance, we had unnoticedly crossed to another dimension of the universe. Even the air didn’t stir: despite being close to the mountains, there wasn’t the slightest blow of the wind… Of course it’s a fantasy, but otherwise, how was it possible that in this region no one would drive along the popular Icelandic ring road? Where were the supply trucks? Somebody had to carry the cocacolas and the condoms to Egilsstadir’s supermarket, right? Or what about the postman? Somebody had to deliver the mail to the villages and farms on the way, true?
But then… which villages and farms? We checked the map, then stared at each other without saying a word: there was not a single black dot in around seventy kilometres, the only ones being on the shoreline, along a secondary road. Only then we understood: any possible traffic between Egilsstadir and the south would necessarily take that road–no matter how secondary–along which humans live; there, and not here, are the supermarkets, post offices and petrol stations. Nobody drove through here! So, was it safe, after all?
We pondered about it for a few minutes thus: we had lost much time the first day with the car problems and bad weather; we were behind our projected schedule and couldn’t afford–unless strictly necessary–to turn round, drive back and take the coast road, much longer as it traced the contour of all the fjords. Besides–what the hell?–after all this was Route Nr. 1 and it had to be cleaned by the snowploughs. Actually, despite its loneliness, thus far the snow was packed down and easily drivable. So we decided to carry on, still optimistic and light hearted. If worse came to the worst, we could always turn back. But we hadn’t gotten five hundred meters far when, zouf!, without even realizing it we passed over one of those dreadful snow heaps, blended into the terrain; it was not too large or too deep, but enough to check our speed to almost a halt, and certainly more than enough to put us instantly on the watch. Though we didn’t admit it to each other, both our minds instinctively went back to that blizzard the first day: the anguish, the wind, the cold and the fear…
We drove on, yet much more slowly. Because the car was going uphill we were quite likely to come across more and bigger mounds, so extreme care was to be taken and no mistakes, unless we wanted to get stuck in a road where not a man was probably coming in days. Fortunately the mountain pass was only a few kilometres ahead, and once beyond that point driving downhill would be easier, at least as to the snow.
As predicted, we soon came to another snow mound. Halting before it we jumped off the car to consider our chances. It covered the full road’s width (so there was no circling it), was about half a metre deep and eight metres long. This meant, if we couldn’t cross it we’d have to give up on our expectations for that day and totally redo our plans. But the morning was fine and our spirits high, so a few cubic metres of snow didn’t seem a big problem. We set to work, kicking it to the sides with our feet until we made a way through wich the car might pass; then I jumped in and backed around sixty metres, because momentum would be essential to overcome the dune. Then I put first gear and sped up towards it.
Kicking the snow away

Despite the car had gained a good speed, upon hitting the mound’s remaining snow we were checked as if driving on sand — and for a moment, where the layer was deeper, as the tyres lost grip of solid ground it seemed we’d came to a halt. But the car’s momentum was about just enough to surmount the dune, and finally I saw myself at the other end of it. Wow!!
Test passed!

Now we only hoped not to find another one like this, leave aside any larger, because, though the whole thing hadn’t take us longer than twelve minutes, if we were to get over several other snow heaps dusk would come before we got to the pass. And we were lucky!, our hopes were carried out and we saw no more of those. We kept going uphill on a firm road and, at its highest, we stopped for taking a few shots by a meteorological post that was placed there. Probably–we thought–the maintenance guy was the only person who, perhaps once a week, ever drove that road.
Benito by the anemometre

Rime appears when “underchilled” droplets, pushed by the wind, instantly freeze when touching a colder obstacle

And only one hundred metres further, after the first turn of the road, we stopped again holding our breath at the spectacular sight that was offered to our sight. I believe no astronaut who’d set foot on some new and strange planet would feel more bewildered and astonished than we did while beholding that unreal scene–the inmense glacier valley that stretched at our feet to the distant ocean–submerged in an bizarre, blueish atmosphere so dense it might be touched, as if it were a theatre set.
Breathtaking glacier valley

When we collected our breath again and were able to close our mouths (so strong was the impression this science-fiction scene made on us), we returned to the car and drove on. That mountain pass had made us happy not only for its beauty, but also because, being the very last we had to cross, it meant a practical end to the snow dunes, our main apprehension. From then on everything would be downhill or sea level.
Our merryment, however, didn’t last long. For the past while inside the car we had been smelling something like burnt, though at first we didn’t pay heed thinking that maybe the engine had got a bit overheated when revving it a while ago; but as it didn’t go away, it had to be something else. Not be the brakes, for sure, which we hadn’t almost used. Rather the clutch, but… that wasn’t the typical smell of burnt kevlar. It was something more familiar; something you could scent at home every once in a while, like… like burnt paper. The cardboard!, we both shouted at the same time. The piece of cardboard we had put on the grille three days before for minimizing the heating system problem. But how could it possibly have got so hot?Well, it was no moment for theoretical questions; something was burning under the hood and we had to see to it inmediately.
We stopped for taking a look: a feeble smoke was coming from the radiator, but it wasn’t the cardboard as we had thought; it was the fan. As we found out, with the joltings the cardboard had shifted between its blades preventing it from spinning, and the current had heated up too much the stator’s copper winding, burning its lacker. It was essential to remove the cardboard as soon as possible, but as it was crumpled and half broken we wasted five minutes, and by the time the fan was set free it wouldn’t move any more. Had we been too late? Or the engine had cooled down during those five minutes and didn’t need the fan any longer? It was hard to know, but probably now we had to deal with a new problem: no cooling. Things were certainly getting more and more interesting.

previous chapter | next chapter

Episode 3: The beautiful Nothing

 
Antes de comenzar el viaje, al preguntar en la oficina de turismo de Reikjavik qué había entre Mývatn y Egilsstadir (o sea el cuadrante nordeste de la isla), sin pensarlo un momento el empleado nos contestó: Nada, y al cabo de unos segundos añadió: pero es una Nada muy hermosa. Bueno, pues ahora nosotros estábamos a punto de comprobarlo, y deseando hacerlo.
Era una esplendorosa mañana de sol cuando nos pusimos en camino hacia esa hermosa Nada. La chapucilla mecánica que le habíamos hecho al coche parecía lo bastante efectiva como para mantener al motor a una temperatura de funcionamiento razonable pese al frío, y esto bastaba para conservar medio templado el habitáculo; siempre y cuando, claro, no tuviésemos que afrontar nuevas ventiscas ni otras luchas contra la climatología.
En estas condiciones pasamos las primeras horas, conduciendo a través de nevados paisajes donde los cristales de hielo reflejaban el sol con violento fulgor, multiplicando su luz, resplandeciendo en un millón de destellos. Como junto al lago Ljóavatn, por ejemplo.

Ljósavatn

Otro lugar impresionante, espectacular, es Godafoss, palabra islandesa que significa catarata de los dioses. Y bueno, qiuzá los dioses de Islandia tengan preferencia por los parajes siniestros y sombríos, pero la verdad es que, para nosotros, este lúgubre rincón del mundo, que evoca una fantástica edad del hielo, habría merecido mejor llamarse catarata de los demonios.
Godafoss, las fauces de un infierno helado

Y he aquí otra de las escenas, extrañas y hermosas, con las que el invierno en Islandia puede siempre sorprender al espectador. Se trata de una vista del deshielo en un curso de agua, donde es difícil hallar una referencia. ¿De qué tamaño son los bloques? ¿Tienen un metro o un decámetro?
Comienza el deshielo

Esto parece una nebulosa de ficción contra el cielo nocturno

O como estas curiosísimas, caprichosas esculturas de nieve, que se forman con el polvo de hielo al soplar el viento a través de los barrotes del barandal. Con ellas bien podría hacerse un estudio aerodinámico.
El viento moldea la nieve en caprichosas formas

Ya pasaba del mediodía cuando llegamos al lago Mývatn, en una región volcánicamente activa en la actualidad (de las que hay varias en Islandia), que alberga unos cuantos cráteres, aguas termales superficiales y, lo más interesante, algunas áreas donde la tierra se nota caliente al tacto y despide vapores y humos azufrosos.
La superficie helada y nevada del lago Mývatn, con un cráter al fondo

Esta de arriba contrasta con la de abajo, un lago humeante que se encuentra a sólo unos quilómetros de distancia. Además de una central términa no contaminante, hay junto a él un pequeño complejo turístico; pero no hay que pagar ni un duro para darse un baño caliente en este entorno natural indescriptible.
Planta energética geotérmica en un lago de aguas esmeralda

Por desgracia, llevábamos el tiempo un poco ajustado y, si queríamos recorrer toda la isla en sólo una semana como planeábamos, no podíamos entretenernos aquí porque ya se  nos iría la tarde.
Junto a los paisajes anteriores, otros de inmaculada belleza, en los que tan pródiga es esta isla. ¿No transmite una casi irresistible serenidad este lugar?
A este lo bautizamos como “el lago de la serenidad”

He aquí la tierra humeante de la que antes hablaba, donde la nieve nunca llega a cuajarse debido al calor del suelo.
Tiera humeante

En esta parte de la carretera anular, yendo en el sentido de las agujas del reloj, el pequeño complejo turístico del lago Mývatn es el último enclave habitado –y quizá habitable– sobre esta hostil isla volcánica de geología única en el planeta; y resulta impresionante el contraste que se experimenta entre la blanda tierra y las amables aguas cálidas de las proximidades del lago, por un lado, y los yermos, rocosos y desolados páramos que se extienden más allá: son ciento setenta y cinco quilómetros desiertos, sin más que lava, nieve, rocas y témpanos: esto es la hermosa Nada; la sobrecogedora belleza de un desierto helado.
La hermosa Nada

Y fue en esta hermosa Nada donde tuvimos nuestra cuota de aventura ese día.
Según avanzaba la tarde, el cielo iba nublándose y oscureciéndose. El casi infalible Servicio Meteorológico islandés había pronosticado alguna nevada débil en la región, aunque las zonas más altas son muy impredecibles; y como la mayor parte de la carretera en este cuadrante discurre por tierras altas, a medida que avanzábamos íbamos inspeccionando lo más detalladamente posible las curvas de nivel en el mapa con objeto de identificar los puertos y saber dónde habría más peligro de ventiscas. Vigilábamos cada metro de subida o bajada, temerosos de que nos cogiera otra nevasca como la del primer día o, simplemente, de quedarnos atrapados en algún montículo de nieve apilada por el viento, sobre todo teniendo en cuenta que, al contrario que el primer día, este tramo no tiene casi ningún tráfico. Muy pocos islandeses se aventuran a pasar por aquí, ya que aquí nada hay; y no podríamos, pues, contar con ninguna ayuda en caso de problemas. Perspectiva poco halagüeña, pues quedarse atascado en mitad de la Nada (por muy hermosa que sea) en tales circunstancias podría tener muy desagradables consecuencias.
Dos días atrás habíamos aprendido una lección de extrema importancia: por regiones muy frías se debe repostar siempre que se pueda, llevando el depósito lo más lleno posible. Así, si uno se ve obligado a pasar la noche en la carretera, puede al menos calentarse con el motor hasta que llegue algún rescate. Pero en esta ocasión fue otro problema el que  nos surgió, y de él extrajimos también la correspondiente enseñanza, como se verá.
Hielo, roca y agua, los únicos amos de esta tierra

Sabíamos que teníamos que pasar por dos puertos de montaña, aunque no supiésemos a ciencia cierta sus altitudes. Cuando nos acercábamos al primero, el viento empezó a arreciar y a pulverizar la nieve del terreno sobre la carretera, a rachas que semejan una tormenta de arena, lo cual ofrece siempre un espectáculo tan imponente a la vista como escalofriante al espíritu; y pronto empezamos a encontrar los consabidos montículos de nieve en algunas partes del firme, aquí y allá. Cada vez que uno de éstos se interponía en nuestro camino se nos encogía el corazón, pues bien habíamos aprendido a temerlos en nuestro primer día de viaje. Lo que los hace tan temibles no es tanto su tamaño o extensión, ya que a menudo no cubren todo el ancho de la carretera y puede hallarse algún paso, sino su impredecibilidad: pueden formarse y aparecer en cualquier parte, a la vuelta de una curva, en un tramo de niebla o detrás de una racha de viento cargada de nieve. En condiciones de luz muy difusa, como es frecuente cuando está uno inmerso en una densa nevada, las formas cubiertas por este blanco elemento pierden todo relieve y, aunque parezca increíble, no pueden distinguirse a la vista en absoluto; el ojo se queda sin referencias, como una sobrevenida ceguera: si no es por el tacto, no hay modo de saber qué está cerca o lejos, cuán alto es un cúmulo de nieve, qué hay detrás o delante, qué ondulaciones tiene el terreno; incluso ni siquiera se conoce la frontera entre el suelo y el aire, dónde acaba el elemento gaseoso y comienza el sólido; todo lo que el ojo puede percibir es una cortina blanca uniforme. Es la ceguera de la nieve. Y esa es la razón por la que no hay foto de este momento.

Tras un largo rato de angustia conduciendo de esta guisa, sentimos no poco alivio al advertir que ya íbamos cuesta abajo, y lo celebramos con chistes y nerviosas risas de júbilo: el primer puerto quedaba atrás. Sólo nos quedaba uno por salvar, y después alcanzaríamos la costa y con ella, presumiblemente, el final de nuestro cupo de aprensiones para ese día. El segundo puerto era, además, menos alto que el primero, y aunque no supiésemos cuánto ni nos fuera posible hacer un pronóstico sobre su estado, estadísticamente al menos las probabilidades de encontrarnos allí con problemas eran menores.
Y parece ser que tal aproximación estadística fue, al menos por esta vez, acertada, porque sobrepasamos el puerto sin mayor contratiempo, aunque sólo pudimos respirar verdaderamente aliviados cuando, por fin, vinos el azul oscuro del mar tras una curva. Entonces sí que dimos pábulo a nuestra alegría.
Pero no nos duró mucho, porque fue entonces cuando un chivato rojo se encendió en el salpicadero advirtiéndonos de que algo importante acababa de estropearse en aquel astroso cochecillo; era el chivato del alternador indicando falta de carga. Probablemente se había ido la correa, en cuyo caso el suministro eléctrico para las luces y las bujías se tomaba de lo almacenado en la batería, que, no teniendo cómo reponer su carga, empezaría a agotarse inexorablemente. En otras palabras: a partir de ahora el motor funcionaría sólo durante un período de tiempo bastante limitado, hasta que la batería se descargase del todo. A partir de ahí, el silencio, la oscuridad y el frío serían los únicos señores. Una perspectiva muy poco halagüeña.
Ahora bien, ¿a cuánto ascendía ese tiempo bastante limitado? Estimé que entre quince minutos como poco y una hora como mucho, pero no supe hacer un pronóstico más preciso. Para aquella tarde habíamos proyectado llegar a Reydarfjördur, donde hay un albergue de precio asequible; pero eso quedaba aún a cincuenta quilómetros de distancia, lo cual, al lento ritmo impuesto por las condiciones climáticas y por la carretera significaba cerca de una hora. Podíamos arriesgarnos, pera era demasiado azaroso; quizá no pudiésemos llegar tan lejos, si la batería se nos agotaba antes; y entonces sí que tendríamos un serio problema, Houston. De hecho, concluimos que nos podíamos dar con un canto en los dientes si el asunto nos daba para llegar a la localidad más cercana, Egilsstadir, a unos quince quilómetros. Así que eso resolvimos.
Para mejor garantía de alcanzar esta cercana meta, y pese a que el crepúsculo se aproximaba por el este, optamos por apagar las luces de posición, ahorrándonos así algo de fluido eléctrico; y de este modo precario condujimos, con el ánimo sombrío; esperando la suerte y preparándonos para el infortunio.
Lo primero llegó antes; la suerte, quiero decir, pues al cabo de quince minutos cruzábamos ya el puente de Fellabaer y enfilábamos la recta que lleva hacia las luces de Egilsstadir. ¡Estábamos a salvo!
Ahora bien, nos quedaba aún por saber dónde íbamos a alojarnos y cómo repararíamos el coche el día siguiente. Aun a riesgo de no poder volver a arrancar el motor, dado el fuerte tirón de corriente que necesita el arranque, aparcamos junto a un supermercado para echar un vistazo bajo el capó y valorar los daños. Nos bastaron cinco segundos para confirmar la avería: el alternador había perdido la correa por el camino. No pudimos evitar hacer ciertos cálculos: a juzgar por lo cochambroso que estaba el coche y teniendo en cuenta lo mucho que el frío preserva al caucho, quizá no habían cambiado la correa en los últimos… ciento cincuenta mil quilómetros; más aún: quizá no la hubiesen sustituido nunca en la vida del vehículo. Era una inaceptable falta de responsabilidad por parte de la compañía de alquiler, aunque fuese la más barata del país. Esto nos cabreó tanto que hasta consideramos la posibilidad de dejar el coche en una cuneta; en cualquier caso, se imponía una conversación muy seria con el encargado, si no una denuncia en toda regla.
Mientras tanto, nos acercamos hasta la gasolinera del pueblo para preguntar por algún taller mecánico y también algún alojamiento. Aquí nos sonrió la suerte, pues a sólo tres minutos había dos hostales y dos talleres. Mirando las cosas objetivamente, había que admitir que habíamos sido afortunados, ya que Egilsstadir resultó ser el único pueblo con servicios en trescientos quilómetros a la redonda; si había un lugar donde podíamos encontrar mecánico y piezas de repuesto, allí habíamos ido a parar. Dadas las circunstancias, no se le podía pedir más a Fortuna. Aunque se nos había chafado el plan original de viaje, al menos habíamos salvado el día.
Cuando hablamos por teléfono con el dueño del coche, en vista de nuestra indignación aceptó pagarnos el alojamiento aquella noche, que era en realidad lo menos que podía hacer. Con este asunto resuelto, y encontrado que hubimos uno de los talleres del pueblo (casualmente, justo en las traseras del edificio donde estaba nuestro hospedaje), ya pudimos dedicar el resto de la tarde a nosotros mismos. Cenamos una sabrosa y nutritiva sopa de champiñones, nos dimos una larga caminata por la carretera (sin cruzarnos con un sólo coche, lo que daba una idea del escasísimo tráfico en esa parte de la isla) y nos tomamos una merecida cerveza en la limpia y ordenada quietud de nuestro albergue, tras comprobar que el único bar abierto del pueblo estaba desierto.
Pese a los momentos de aflicción pasados y el fastidio de no haber podido visitar Eydarfjördur como teníamos proyectado, no podíamos dejar de felicitarnos por lo bien que habían ido las cosas y por nuestra relativa suerte.

capítulo anterior | capítulo siguiente

 
On asking the employee in the Reykjavik tourist office what there is between Mývatn and Egilsstadir, i.e. the upper leftt quarter of the island, he had quickly replied: Nothing; and then added: but it’s a beautiful Nothing. And it was a splendent sunny morning when we set forth for this beautiful Nothing.
Though far from being perfect, the repair job we had done to the car was effective enough to keep the engine at a reasonable temperature despite the cold outside, and this sufficed to keep us reasonably warm inside–as far as there were no blizzards nor fights against the snow. In this way we drove for some hours throughout whitey landscapes, the ice crystals reflecting with violent radiance and one million shines all the light of the gleaming sun above.

Ljósavatn

Godafoss means waterfall of the gods. Well, perhaps the Icelandic gods have a preference for dreary and sinister whereabouts, but to us this dismal ice-age corner of the world could have rather been named waterfall of the demons.
Godafoss, the ice hell-mouth

Oh!, sorry: this is an old picture of the same place, I confess. But I don’t want to cheat on the reader. By the time we arrived to Godafoss this day, this is more how it looked:
Godafoss under the sun

Icelandic winter never stops surprising the beholder with bizarre exhibitions:
Spring thaw

Fanciful snow shapes worked by the wind

Ice nebulose

It wasn’t until mid afternoon that we arrived to the active volcanic region of lake Mývatn, with its craters, steaming grounds and geothermal waters. At this time of the year, the lake is frozen.
Lake Mývatn (snow covered) and a crater behind

But only at some kilometres’ distance we found quite a different type of lake, steaming and perfect for a bath in a natural hot-tub:
Geothermal emerald-blue lake and power plant

And in Iceland there is always natural beauty beyond every turn of the road:
The pond of serenity, as we baptised it

Also we saw some shows of the power underneath:
Steaming ground, hot to the touch, never covered by ice

Along the Ring Road, driving clockwise, lake Mývatn resort is the last enclave Icelanders have gained to the hostile volcanic island; and there is a dramatic contrast between the life-rich soil and warm enjoyable waters, to the west, and the barren, desolate stony highlands that lay beyond, to the east: one hundred miles of just lava, snow, rocks and icy waters: the beautiful Nothing. The inmense grandiosity of the white desert.
The beautiful nothing

And it was in this beautiful Nothing where we had our share of adventure that day. As the afternoon was going by, the sky got darker and cloudier. The infallible Icelandic Weather Service had forecasted some light snowfall for the region, and as most of the road runs along highlands, while driving we pored over the mountain passes in our map, accounting every single metre we gained in altitude, afraid of being caught in another of those terrible blizzards like our first day, or simply afraid of getting trapped in any of the many sudden snow heaps along the road. Taking into account that virtually no trafic goes that way, getting stuck in the middle of nothing (no matter how beautiful this Nothing is) could have tragic consequences. Well, at least we had learnt a vital lesson two days ago: to always drive with a full tank in chill weather, so as to, in the case of an accident forcing us to spend the night onto the wild, we could at least leave the engine running and thus have some heating.

There were two passes we had to go past, though we didn’t know exactly how high, our map not providing detailed information. When approaching the first, the wind got stronger–as expected–and we saw again the awesome but dreary sight of dry snowdust blown across the road, and soon we came by the first snow heaps on the road shoulders, when not right in the middle of the pavement, which shrunk our hearts every time. What makes them so fearful is not so much their size or scope–as most of them sit on one side of the road and cars can drive past the mounds pulling to the other side–but their unpredictability: you can find them anywhere: round a bend, behind a foggy stretch or–the easiest–camouflaged with the rest of the white or even the snowfall itself: in conditions of very diffused light, shapes totally lose their reliefs and our sight can’t have any reference; it’s like becoming blind, our sight sense gets completely fooled and all our eyes can perceive is a uniform depthless curtain.

Ice, rock and water, the only masters of this land

And, as such was the case, for an anguished while we drove with extreme care, and our nerves only got some relief when we noticed the car was rolling downhill, which meant less chances of back luck. So we congratulated ourselves and felt in the mood for even joking. First challenge passed! Now if we could only get over the next mountain pass, the worst stretch of the evening–and our fears for that day–would be gone, because after that there was the coast, with better temperature and way less dangers. Or so we thought, at least. Also we had some reason for optimism, because–according to our map–the next pass, second and last one of the day, was lower than the first. And indeed we drove it without any further drawbacks; so when we finally saw the dark-blue ocean after a turn of the road we really gave vent to our relief, celebrating our success with almost hysterical expressions of joy.
But this wouldn’t last long, because soon afterwards an indicator in the dashboard started flasihng red, telling us that something important had got broken again in that crappy Polo: it was the alternator lamp, meaning it was not generating electricity. When this happens, the only electrical supply for the car lights and engine spark plugs to work comes from the the power accumulated in the battery, but as this is not getting recharged, there is only a limited time for everything to keep running before–once the accumulator gets drained–total comma of the car occurs; and then comes the freezing cold, and darkness befalls…
And how long is this limited time? We didn’t know. My guess was: no less than fifteen minutes and no more than one hour; but really, no clue. Our scheduled destination for that day was Reydarfjördur, where there is an affordable youth hostel; but that town was fifty kilometres away, which–considering the slow average speed we could make on such roads–meant a one hour drive, more or less. We might risk it, but it was too hazardous, as we didn’t have any guarantee the battery would last that much. So, we ought to give up on Reydarfjördur. Actually we’d be lucky if we just could get to the nearest town, Egilsstadir, around fifteen kilometres from our position. So we switched off the headlights–despite dusk was getting closer–lest they helped drain the battery too fast, and we gloomily (pun intended) drove on, yet hoping for the best.
Fifteen minutes later we were crossing the bridge in Fellabaer and headed the long straight leading to the street lights of Egilsstadir. We were reasonably safe for that evening.
But what then? Deliberating about our next steps on a running engine meant wasting precious electrical watts we might need afterwards; but on the other hand, stopping the engine might mean even more watts later on, as every time you trigger the starter it sucks the battery badly. Whatever we were to do was to be decided now, without delay. So, well, we pulled the car by a supermarket’s lot and stopped it there, took a look under the hood and needed only five seconds to spot the breakdown: the alternator belt was gone. Considering how long cold climates preserve belts’ rubber, the thought came to me that it probably had not been replaced for over at least one hundred thousand miles; actually, perhaps it had never been replaced during the whole car’s lifespan. How irresponsible! We were totally mad at the company, and our first impulse was to dump the car to the ditch and leave it there. Definitely, some very serious talk with the manager was required, if not a full denounce in the nearest police station.
On the other hand, looking at it from a positive perspective, we have to admit we had been very lucky. According to our travel book, Egilsstadir was the service town for east Iceland. So, if there was a place where we could find a mechanic and spare parts, it was Egilsstadir. Therefore we had had the breakdown in the best possible spot of the road that day (if there is any good spot for a breakdown). And indeed, when we walked to a nearby petrol station, the tender told us that there were two guesthouses and two car workshops at a three minutes’ walk from there. Yes, that was lucky, and we couldn’t have asked for more. One of the guesthouses was located in the same building as one of the workshops; so we took a room and telephoned the rental car guy, who upon our complaints agreed on paying for our accomodation that night (and of course the repair); which was the least he could do, honestly.
Thus arranged, and though a bit frustrated for the dire straits we had gone through, we devoted the rest of the evening to tranquilly enjoying ourselves the best we could. We first ate a tasty and nourishing mushroom soup for dinner, then took a very long walk along the road in the still night, and finally drunk a couple of well deserved beers in the clean quietness of our room, after popping in and out the local bar, which was desertic. Despite all and the nuisance of not being able to visit Eydarfjördur, we couldn’t stop congratulating ourselves for our really good luck. Another relatively happy end to an eventful day.

previous chapter | next chapter

65 º nordur. Episode 2: Akureyri

.

Akureyri, la segunda ciudad de Islandia

Al fondo del Eyjafjördur, en la costa norte de Islandia, Akureyri es una encantadora y tranquila pequeña ciudad, que con sus diecisiete mil habitantes resulta la segunda más “grande” del país, después de Reikjavik, diez veces mayor.
Eyjarfjördur

Tras la penosa aventura que pasamos en nuestra primera jornada de viaje, dedicamos la segunda a reponer fuerzas, hacer fotos, relajarnos en la piscina, buscar alguna solución para los problemas del coche (intentando de paso sacar una rebaja en el precio del alquiler), replanificar nuestro viaje, encargarnos de alguna que otra cuestión menor y salir a por una merecida cerveza.
Puerto pesquero de Akureyri

Carámbanos en los tejados

Tradicionalmente, los caballos han sido animales muy importantes en Islandia, pues han jugado un papel esencial en su historia. Con una gran fortaleza y resistencia a climas muy fríos, la recia, pequeña y peluda variedad equina de esta isla ha ayudado a sus habitantes durante siglos a sobrevivir, bien como fueraza para trabajar la tierra, como único medio de transporte o como último recurso contra el hambre durante los años o inviernos más duros. Por eso no debería asombrarnos el respeto, casi veneración, que esta gente siente por ellos. Sin embargo, con el advenimiento de la maquinaria y con la creciente mecanización del campo, hoy en día no puede dársele mucho uso a tantísimo caballo como aún se cría aquí, excepto como recurso turístico y medio de esparcimiento en el campo de la equitación durante los cortos meses del verano subártico. Pero hay muchísimos más caballos que los que para esto se requieren. ¿Qué hace Islandia con el resto de su cabaña?
Cuando pregunto a los lugareños, lo primero que me dice es que los usan para montar, pero cuando les señalo que, pese a ser la equitación aquí tan popular, la cifra de caballos es muy superior a las necesidades de monta, me dicen que también se los usa a veces para trabajos de granja; y sólo tras insistir un poco más en que setenta y cinco mil caballos en un país de trescientas mil personas son muuuuchos caballos incluso teniendo en cuenta los dos usos mencionados, mis interlocutores admiten a regañadientes que… bueno… los que no sirven para una u otra función son enviados a los mataderos de la industria cárnica. ¡Acabáramos! Es decir, que se los comen. Pero resulta evidente que a los islandeses no les gusta admitirlo, y que prefieren incluso ignorarlo, quizá porque –como ellos dicen– “uno no se come a sus amigos”, que es como el sentir popular, muy justificadamente a causa del legado histórico, considera a estos fieles compañeros de isla.
Pero Benito y yo no tenemos amigos que sean caballos, así que probamos su carne en un restaurante y he de decir que la encontramos bastante buena: tierna, con un sabor suave, casi algo dulce, y además muy barata, seguramente porque aún muchos islandeses rehúsen comer caballo.
Paso hacia las piscinas descubiertas (Akureyrar sundlaug)

Con dos piscinas descubiertas climatizadas (una para bañarse o jugar, otra para nadar como Dios manda), dos toboganes de agua, cuatro piletas calientes exteriores y una sala con baño de vapor, las modernas instalaciones acuáticas de Akureyri son un verdadero privilegio; pero apuesto a que, en cualquier otro país, si hubiese algo similar se consideraría una extravagancia de máximo lujo y sería diez o veinte veces más caro. Pero incluso, caso de haberlo, uno nunca podría experimentar las mismas sensaciones que en Islandia: nadar bajo una nevada en una piscina exterior con el agua a 28 ºC, bañarse en una pileta a 42 ºC mientras los copos de nieve se te posan en la cabeza, la cara y los hombros, o alternar baños de vapor a 65 ºC con unos minutos “tomando el fresco” a –8 ºC en la nieve, son experiencias únicas; y te dejan el cuerpo tan relajado que luego puedes dormir doce horas de un tirón.
Akureyrar sundlaug

Es fácil adivinar cuál de los cuatro era nuestro coche

En cuanto al coche… hablamos por teléfono con el hombre del alquiler para pedirle explicaciones y nos dijo que lo disculpásemos por haber “olvidado” mencionar que el motor no llevaba termostato (razón por la cual no funcionaba la calefacción interior, ya que el agua de refrigeración del motor nunca llegaba a calentarse lo suficiente); un pequeño detalle sin importancia; es decir, un descuido muy negligente, de lo cual el tipo ni siquiera parecía darse cuenta. En resumidas cuentas, y descartada la posibilidad de llevarlo a un taller por el tiempo que nos haría perder, la situación era la siguiente: o bien teníamos que abandonar nuestro proyectado viaje, ya que no es buena idea cruzar el invierno islandés sin calefacción en el coche, o que improvisar alguna chapuza; y esto último es lo que hicimos, estrangulando con un alambre fuerte el manguito del agua hacia el radiador y, al mismo tiempo, colocando cartones en la parrilla para evitar el efecto refrigerante del aire.
Chapucilla que le hicimos al Polo

Para completar esa jornada de ocio y descanso, por la noche tuvimos la suerte de ver la luna llena más grande y brillante de los últimos años –a decir de los noticiarios– reflejada sobre el mar en calma, y las luces de Akureyri espejadas en las aguas del fiordo.
Akureyri según el agua

Luna llena sobre Eyjafjördur

capítulo anterior | capítulo siguiente

Akureyri

Located on the shoreline at the bottom of Eyjafördur in the north of Iceland, Akureyri is a lovely, small and rather quiet town; although with 17,000 inhabitants is the second largest in the country, after Reikjavik, ten times bigger.
Eyjarfjördur

After the pitiable adventure passed during our first day’s journey, we devoted the second one to get our strength back: take pictures, relax in the swimming pool, find some solution to the car problem (trying by the way to get a good discount off the rent), reschedule our trip, sort out some other little issues, do some errands we deemed necessary and go out for a well deserved beer.
Akureyri fishing harbour

Icicles on the roofs

Traditionally, horses have been very important animals in Iceland, having played an essential role in the history of this country. With their stamina and particular endurance for very cold climate, this sturdy, short and hairy breed of equines have helped the inhabitants of the island stay afloat for over centuries, either as workforce for labouring the land, as the only means of transportation or even as a last resource against starvation during the really hard times. Therefore, we shouldn’t be amazed at the veneration–or at least respect–these people have for their horses. However, with the advent of the engines and the increasing farming mechanization, nowadays there’s not much use for them except for leisure or tourist riding. What do Icelandic do with the rest? Because there are too many…
Upon asking some locals, the first thing they told me was that they use them for riding; and when I pointed out that, despite this being such a popular activity here, the horse livestock is yet larger than the demand for riding, I was informed that they’re sometimes also used for farm work; but only after once more suggesting that still 75,000 horses in a country of 300,000 people are way too many horses for just riding and farm work, my interlocutors said that–well–those ones not good for other uses are sent to slaughtering houses and the meat industry. By then, I had clearly understood that Icelanders don’t like to admit that they eat horses, perhaps because–as they say–you don’t eat your friend.
But Benito and I don’t have any horse friends, so there we went for some horse meat, which we found to be quite tender, very soft tasted–and ridiculously cheap. Probably there are still many Icelanders that refuse to eat their traditional good friends.
Hall to the outdoor pools (Akureyrar sundlaug)

With its two outdoor warmed-up swimming-pools (one for sport, one for fun), two water chutes, four outdoor hot tubs, plus a steam bath, the brand new Akureyrar sundlaug is luxurious, and I bet that such spa-like installations in my own country (in case they exist) would be considered top-notch, and probably ten times as expensive. But even so, one could never experience the same sensations as in Iceland: swimming under a snowfall in an outdoor pool at 28 ºC, or bathing in a 42 ºC hottub getting the snowflakes on your head, face and shoulders, are unique feelings. Then, alternating 65 ºC steambath rounds with some minutes of chilling out (and I really mean: chill out!) at –8 ºC in the snow, leaves your body so relaxed that you can then go sleep twelve hours in a row without budging.
Akureyrar sundlaug

Easy to guess which one was our car

As to the car, when we phoned the rental guy he told us that, sorry, he had forgotten to inform us that the engine thermostat was missing (which is why the inside heating was very feeble, as the engine got never hot enough). Quite a negligent oversight, of which he didn’t even seem to be aware. So, we had to either give up our trip, because you don’t want to drive through the Icelandic winter without heating in the car, or improvise some botched job; which is what we did, by choking the water hose with a strong piece of wire and then attaching some cardboard to the radiator grille.
Blotched job done to the WV Polo

For completing the day’s journey, that night we had the chance of gazing at the brightest full moon of the past years (according to the news) reflected upon the calm sea, and the city lights of Akureyri mirrored on the waters of the fjord.
Akureyri according to the waters

Full moon over Eyjafjördur

previous chapter | next chapter

65º nordur. Episode 1: the blizzard

65º norte. Una vuelta a Islandia

En cierto modo, esta es una historia sobre círculos. Tiene lugar a 65º norte, justo bajo el círculo polar ártico. Da cuenta de un viaje alrededor de la carretera circular islandesa (Ring Road), la Ruta 1. Y concluye en el muy turístico Círculo Dorado. El lector, además, podrá encontrar en su lectura otras asociaciones relativas a circuitos y a correas circulares.

Episodio 1: La ventisca

El pronóstico del tiempo y las condiciones de la carretera eran favorables: predominio de cielos poco cubiertos, alguna ligera nevada en las cumbres, que estarían transitables salvo algunos parches de hielo; de modo que nos pusimos en marcha una gélida y parcialmente nubosa mañana en nuestro pequeño y baqueteado Volkswagen Polo: un coche de alquiler barato y desvencijado, con demasiados quilómetros, muy poco mantenimiento y una serie de desperfectos menores: sin freno de mano, la puerta del piloto destartalada, el respaldo del copiloto atorado, y otros que fueron apareciendo. Pero, en fin, íbamos a conducir todo el tiempo por la principal carretera de Islandia, la Ruta 1, objeto de limpieza y mantenimiento diarios, de modo que no necesitábamos mejor vehículo para eso. O así lo creíamos.

Reykjavik, justo antes de empezar el viaje.

Así que allá vamos. Nuestro punto de partida: Reykjavik. Nuestro destino para el primer día: Akureyri, la segunda ciudad más grande de Islandia con 17.ooo habitantes. Durante las primeras horas nos encontramos con una carretera a tramos limpia y en otros cubierta con nieve bien compacta, que tiene buen agarre (contra lo que podría creerse).
Primer destino: Akureyri, 357 km.

La nieve compacta es tu amiga

Durante un buen tramo disfrutamos felizmente de espléndidos paisajes blancos bajo los ocasionales rayos del sol, a través de granjas y llanuras donde con frecuencia se ven tropillas de caballos, que nunca pierden una ocasión para dar la bienvenida a cualquier turista y conseguir quizá un terrón de azúcar.
Kollafjordur

Amistosos caballos islandeses

Aunque la temperatura no era muy baja (tres o cuatro bajo cero), el viento hacía que la sensación de frío fuera muy intensa. Salir del coche para hacer una foto significaba unos instantes de mucho frío, dolorosos para las manos, porque con guantes de invierno ¿quién puede manipular una de esas pequeñas cámaras digitales?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
No llevábamos mucho tiempo conduciendo cuando nos hizo señales un autoestopista y nos detuvimos. Jacob, un joven mochilero alemán que recorría la isla en solitario, se dirigía también a Akureyri. Subió al asiento trasero y continuamos viaje conduciendo despacio, parando cuando nos apetecía para hacer algunas fotos o tomarnos un sandwich en alguna estación de servicio. El único inconveniente era que, al carecer de freno de mano y con el respaldo del copiloto atascado, para que nuestro pasajero pudiera bajar teníamos que parar el motor, engranar primera y bajarse el conductor, de modo que el viajero pudiera salir por la puerta izquierda. Un engorro. Pero no había prisa; teníamos todo el día por delante y montones de pintorescos paisajes que fotografiar.
Una granja islandesa

Curiosamente, la nieve seca se comporta como arena

Islandia es un país muy poco poblado, la mitad de cuyos habitantes vive en el área del gran Reykjavik, de manera que en cuanto te alejas de la capital hay muy poco tráfico en la carretera, lo cual no es muy tranquilizador si consideras la posibilidad de un accidente o incluso una avería.
Vista subártica

El viento empieza a arreciar

Según nos aproximábamos a las tierras altas la luz iba disminuyendo lentamente y el viento arreciaba con rapidez, soplando a la nieve arenosa de los campos vecinos sobre la carretera, donde se apilaba en algunos lugares, principalmente junto a los quitamiedos, que suponen un obstáculo a su paso. Las máquinas quitanieve con que nos cruzábamos, o incluso los camiones, levantaban tal nube de nieve pulverizada que el parabrisas se nos cegaba en un instante, y nos quedábamos sin visibilidad durante dos eternos segundos hasta que los limpias la barrían el polvo blanco a un lado. En el primer puerto que coronamos, como el viento soplaba aún más fuerte, la carretera aparecía parcialmente bloqueada por los dichos montículos de nieve, y hubo un par de ocasiones en que temimos podríamos quedarnos atascados en alguno de ellos; pero el Polo resultó ser más eficaz de lo que parecía y, al ver que pasamos los obstáculos sin mayor problema, nos sentimos aliviados y hasta nos reímos de nuestras propias aprensiones y miedos.
Antes de llegar al segundo puerto, más alto que el anterior, algunos de los vehículos con que nos cruzamos nos daban ráfagas, y según nos preguntábamos la razón nos dimos cuenta de que el salpicadero no estaba iluminado, pese a que el interruptor de las luces estaba dado, lo que significaba –concluimos– que los faros del condenado coche de alquiler no funcionaban, y por tanto no podríamos seguir conduciendo una vez que se hiciese oscuro. Como aún faltaban dos horas para llegar a Akureyri, decidimos dejar de perder el tiempo, no hacer ninguna parada más y acelerar para llegar lo antes posible.
Pero apenas dos quilómetros más allá el cielo se nubló por completo y de repente, en menos que se persigna un cura loco, nos vimos en mitad de una ventisca. La visibilidad se redujo de manera drástica no sólo por la nieve que bajaba de las nubes (aunque a veces parecía más bien subir), sino sobre todo por la que el viento, en fuertes rachas, barría desde las inagotables reservas almacenadas en las extensas llanuras del erial circundante, en las montañas, por doquiera, y las arrojaba sobre nuestro parabrisas.
La última foto que tuvimos humor de hacer ese día

Pese a todo, aún el asfalto estaba transitable y durante un rato seguimos avanzando, ya que la merma de visibilidad no era insalvable obstáculo al tráfico; eso sí con la precaución de conducir despacio para evitar salirnos de la calzada por falta de visibilidad, ya que ni siquiera alcanzábamos a ver los postes amarillos que, para servir de guía, jalonan ambos márgenes de la carretera.
Cuando por fin coronamos el segundo puerto nos encontramos de sopetón en un trecho donde el viento había apilado tanta nieve en la carretera que, en algunos lugares, tenía casi un metro de altura. La mayor parte de la calzada estaba bloqueada, si bien al ser la capa muy irregular podían aún encontrarse algunas zonas del asfalto por donde el coche podía seguir avanzando; e incluso en algunos tramos, por esos extraños caprichos del viento y la orografía, el pavimento aparecía totalmente limpio. Había un Golf rojo delante de nosotros, y yo sin ver apenas nada me limitaba a seguir sus luces de posición, confiando en que se tratara de un conductor habilidoso con la experiencia suficiente como para elegir el mejor camino. Pero pronto esta esperanza se demostró infundada: en un abrir y cerrar de ojos el Golf se había quedado atascado.
Me detuve algunos metros tras él y esperamos a ver qué ocurría. Si era capaz de salir de allí, nosotros quizá podríamos –aunque nuestro coche era más bajo– intentar seguir sus rodadas y continuar avanzando. Pero el Golf no se movía ni un centímetro, así que decidimos salir del Polo e intentar ayudarlo. Así nos aventuramos los tres bajo la intensa ventisca y nos dirigimos hacia el otro coche. El carril izquierdo parecía un poco más despejado, pero el conductor del Golf se había metido de lleno en un lugar donde la nieve tenía dos o tres palmos de altura. Si tan sólo pudiésemos empujarlo dos metros hacia la izquierda, remontar una pequeña duna central, podríamos sacarlo de allí; pero esto era mucho más fácil de pensar que de hacer. Con las botas y las manos enguantadas escarbamos parte de la nieve bajo sus neumáticos y luego tratamos de empujarlo, pero no se movió. Inexpertos en esas lides, no lo estábamos haciendo bien, como habríamos de aprender muy pronto. Lo único a que nuestros esfuerzos condujeron fue a cansarnos, empaparnos y aterirnos. En vista del fracaso decidimos intentar sacar primero nuestro propio coche, marcha atrás, del atolladero; pero el éxito fue idéntico: no lo movimos ni un palmo. A una voz nos refugiamos otra vez dentro para tomar aliento, intentar calentarnos y pensar con calma.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la calefacción del Polo no funcionaba: el indicador de agua-motor marcaba una temperatura anormalmente baja, y el aire que salía por los conductos de ventilación apenas estaba ni medio templado, de modo que no sólo no podíamos calentarnos, sino que ni siquiera bastaba a descongelar el parabrisas, que empezaba a opacarse por fuera a causa de la nieve y por dentro a causa del vaho. Muy pronto no se vería ni un pimiento.
Mientras deliberábamos sobre qué hacer, se nos acercaron dos tipos que se habían bajado de un todoterreno llegado tras nosotros, y nos dieron algunas instrucciones. Parecían saber bien lo que hacían y les obedecimos de buen grado. Primero los ayudamos a sacar al Golf de su atasco, empujando a cortos y rítmicos impulsos: ¡uno, hop!, ¡uno, hop!, ¡uno, hop..! Así varias veces hasta que, ¡voilá!, el Golf se liberó y pudo ganar el carril izquierdo. ¡Hurra! Después nos ayudaron con el Polo de la misma forma, y un minuto más tarde estábamos también listos para intentar seguir avanzando. Antes de volver a su todoterreno, los hombres nos dieron algunos consejos que escuchamos con gran atención: “Avanzad palmo a palmo. Si la visibilidad se reduce tanto que no véis la carretera ni el siguiente poste amarillo, no os mováis. Esperad a que mejore un poco y entonces seguid un poco más allá, eligiendo siempre lo mejor de la calzada.”
Cuando nos dispusimos a continuar, el Golf había desaparecido ya de nuestra vista. La tormenta lo había engullido. Puede que se hubiese alejado bastante o que estuviese sólo a diez metros; ¡tan poco se veía! En su lugar, ahora seguíamos al coche de nuestros salvadores, cuyo copiloto iba delante, a pie, indicándole al otro por dónde avanzar. A ratos yo no veía absolutamente nada, pese a que Benito se dedicaba en todo momento a limpiar la escarcha interior con las manos heladas enfundadas en los guantes mojados. Entretanto, nuestro autoestopista se había acurrucado en el asiento trasero, totalmente descorazonado, como una avestruz que mete la cabeza bajo tierra al avistar un peligro. Pese a todo, al final no tuve más remedio que conducir con la ventanilla abierta y la cabeza por fuera, aunque el frío y la nieve de inmediato se nos colaron dentro, dejándonos helados. Para colmo empezaba a oscurecer y no teníamos luces.
No habíamos avanzado mucho más (quizá cincuenta metros, acaso cien, ¿quién sabe?) cuando otra vez nos quedamos atascados. Los nervios, el viento enloquecedor, la nieve cegadora y el aire gélido nos provocaban una angustiosa sensación de pesadilla, y durante un rato, al igual que en una pesadilla, perdí la noción del tiempo y el hilo de los sucesos. Hay fragmentos del episodio que no soy capaz de recordar. Quizá mi memoria ha preferido extinguirlos. Recuerdo haber salido otra vez del coche a la ventisca, quitar nieve frenéticamente con las manos, empujar un vehículo azul para liberarlo del terrible abrazo blanco. Recuerdo las voces y los gritos, sofocados por el ruido del viento; y a Jacob luchando denodadamente, resbalando sobre el hielo, para poder cerrar la puerta del Polo contrarrestando la fuerza del aire. Me recuerdo moviendo como un loco, casi al tuntún, la palanca de cambios entre primera y marcha atrás para intentar balancear el Polo; luego, por segunda vez, unos hombres sacándonos de la trampa de nieve; mis pantalones calados por completo y congelada el agua en ellos; la punta de mis dedos tan fría que ya no podía sentirlos, e intentando calentarlos en la débil corriente de aire de la averiada calefacción…
Cuando recobro la memoria estamos parados de nuevo, pero no atascados. Es el momento más intenso de la ventisca. El Golf rojo aparece otra vez al alcance de la vista, muy cerca, también parado y supongo que atrapado. Hay otros vehículos. A unas decenas de metros por delante un jeep remolca un coche pequeño. La escena es un poco caótica y nadie se cuida de nosotros ahora. Alguien nos ha pedido que nos hagamos a un lado para dejar pasar a varios todoterrenos que, con sus grandes ruedas, abren un camino que con rapidez la ventisca va cerrando otra vez; pero no nos atrevemos a intentar ponernos sobre sus rodadas porque de ellas nos separa una duna en la que sin duda nos atascaremos otra vez. Consternados, vemos cómo los 4×4 se alejan y desaparecen entre la nevada, seguidos por todos los demás coches, incluyendo el Golf rojo. Nos hemos quedado solos; nos han dejado a nuestra suerte.
Ya no queda nadie a quien pedir ayuda en caso de urgencia, y el crepúsculo avanza. No podemos aventurarnos a un nuevo error; debemos extremar la cautela a cada metro que avancemos; así que en vez de dejarnos la vista tras el parabrisas, apenas translúcido ahora, Benito sale del coche y va caminando o trotando delante, guiándome por los lugares menos malos. Yo lo sigo a apenas uno o dos metros, sin ver nada frente a mí salvo el bulto oscuro: sus pantalones están totalmente congelados, su abrigo y su gorro de invierno cubiertos de nieve. Con los brazos me apunta en esta o aquella dirección. De cuando en cuando mira hacia atrás para ver si lo voy siguiendo y para evitar que me acerque demasiado. Avanzamos muy despacio, pero las condiciones parece que mejoran poco a poco. Cuando ya no aguanta más, Benito sube al coche. Nos encomendamos a la suerte, aunque hay al menos una buena noticia: resulta –me dice– que las luces funcionan.
Llevamos un rato descendiendo colina abajo (aunque sería difícil decir cuánto tiempo) y el viento ha amainado algo, la carretera aparece un poco más limpia, la ventisca es más débil. Ganamos velocidad y, con cada nuevo quilómetro recorrido, las cosas se ponen mejor, hasta que por fin nos sentimos más o menos seguros. Parece que hemos dejado la ventisca atrás. Al ver que la carretera continúa descendiendo nos sentimos tan aliviados que nos entra una risa histérica. ¡Lo hemos conseguido!
El mapa topográfico nos decía que aún quedaba otro puerto por sobrepasar antes de llegar a nuestro destino y, en efecto, empezamos a encontrarnos de nuevo, a ambos lados de la calzada, con el mal agüero de los parches de nieve que hemos aprendido a temer tanto. Pero en esta ocasión no tan altos ni extensos, y finalmente pudimos llegar a Akureyri sin nuevos contratiempos, mojados y ateridos de la cabeza a los pies, pero vivos. Una larga ducha caliente, ropa seca y una taza de té nos ayudan a recuperarnos del todo.
Limpios, secos y calentitos. Una merecida taza de té.

Aun así, durante horas no acabábamos de creer el mal rato que habíamos pasado ahí arriba en las montañas. Al comentar después el episodio, comprendimos por qué aquellos primeros vehículos con que nos cruzamos nos daban las largas: no era una queja por no llevar luces, sino una advertencia para que no nos aventurásemos más allá con ese coche tan pequeño.

capítulo siguiente

65º nordur. Tour around Iceland

This is, somehow, a story about circles. It takes place at 65º north, right below the arctic circle. It gives an account of a trip around the Icelandic ring road, route nr 1. And it ends in the very touristic Golden circle. Another associations could be found involving circuits and round belts, but the readers will find by themselves.

Episode 1: The blizzard

The weather forecast and road conditions were favourable: mostly fine, some light snowfall on the highlands, passable way with spots of ice. So, we set forth of a chill, partially cloudy morning on our small shabby Polo: a cheap clapped-out rental car with too many kilometres, too little maintenance, and a number of minor bugs: no hand brake, a rickety driver’s door, a jammed co-driver’s seat-back… Anyhow, we were to drive all the time along the main Icelandic road, nr 1, which is constantly cleaned and serviced, and we didn’t need much for that.

The two characters of this story, right before starting our trip.

So, there we went. Our starting point, Reykjavik. Our destination for that first day, Akureyri. The road was alternately clean or covered with packed down snow, which always makes a good grip.

First destination: Akureyri, 357 km.

Packed down snow is your friend.

For quite a long while we happily enjoyed the beautiful white landscapes under the occasional sun rays. Oh!, Icelandic horses never miss a chance for welcoming the tourists and getting a chance sugar cube.

Kollafjordur.

Friendly Icelandic horses

Though the temperature wasn’t very low (just a few minus degrees), the wind made for a freezing cold day. Stepping off the car for taking a picture meant a painful while to our bare hands. And, who can manipulate with winter gloves one of those little digital cameras?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
We hadn’t been driving long when we took a hitchhiker who was heading our same destination: Jacob, a young german guy who was backpacking the island all by himself. With him on the back seat we kept our journey, taking it easy, driving slowly, often stopping to take a picture or eat a sandwich in a service station. The only problem was that, having no handbrake and a jammed co-driver’s seat-back, for our passenger to step off I had to stop the engine, put first gear, get out the car myself and let him out through
the left door. But there was no hurry; we had the whole day ahead of us and lots of nice scenic views to photograph.
The wind starts getting stronger.

The dry snow behaves exactly like sand

Iceland is a scarcely populated country, and half of the people live in the big Reykjavik area. So, once you start getting far from the capital, there’s very little traffic on the road, which can be a bit scary when you consider the case of an accident or a car breakdown…
Subarctic sight

The wind starts getting stronger

As we approached the highlands, the daylight was slowly declining and the wind quickly increasing, blowing the sand-like snow from the neighbouring fields over the road, heaping it up in some places, mainly where the guardrails mean an obstacle to the flow. The snowplough machines, or even the lorries, lift such a thick cloud of dust behind them that, when you cross them, your windshield gets instantly blind for some seconds. In the first mountain pass we found, as the wind blowed stronger, the road was partially blocked in some places by these snow piles, and there were a couple of anguish moments when we feared we would get stuck, but the Polo proved to be tougher than it looked and, when we managed to pass the obstacles without more trouble, we laughed at our own apprehensions and fears, returning to our merryment for quite a while.

Before the second pass, some drivers that we crossed flashed their headlights at us and we realized that the dashboard wasn’t lit, despite the main switch being on. Putting both details together, they could only mean one thing: the lights of that damned rental car didn’t work! Therefore, we wouldn’t be able to drive in the dark, and as we still were almost two hours away from Akureyri, we decided to stop losing time, speed up and arrive as soon as we could.
However, we had scarcely driven two kilometres when the sky got overcast and suddenly we found ourselves in the middle of a blizzard. The visibility was drastically reduced by the driving snow coming down the clouds and, mostly, the snow blown onto the car by the strong winds from the adjoining lands, from the endless plains, from the inexhaustible reservoir all over in the mountains, around and above us.

This is the last picture we were in the mood of taking that day

Still, there was not too much of it on the pavement and, for a while, we kept advancing, driving very slowly through the inscrutable white curtain, hardly seeing the yellow reflecting posts at the sides of the road.

As we finally reached the pass, all of a sudden we came to a zone where the wind had been blowing so much snow on the road that, in some places, it was two or three feet high. Most of the way was blocked, though, as the snow was irregularly piled, still it was possible to do some progress, picking the less covered areas or even some patches where, by a caprice of the wind, the pavement was totally clean. There was a red Golf going ahead of us, and I was blindly following its tail lights, trusting the skills of the driver and hoping he would be experienced enough to pick the best way. But soon my hopes turned out to be groundless: before even realizing it, he got stuck.
We stopped some metres behind and waited to see what happened. If he could get out of there, we could also -though our car was smaller- follow the Golf tracks and hopefully keep advancing. But he didn’t manage to move at all, and we thought of getting out of our car into the blizzard and try to help him. So, there the three of us went and study the situation. The left lane seemed to be somewhat cleaner, but the driver, blinded by the storm, had got himself right into a place where the snow was two or three handspans high. If we could only push him a couple of metres into the left lane, we would get him out of the obstacle. But this was easier said than done. With our feet and gloved hands we removed some snow from under the wheels and then tried to push his car, but it wouldn’t move. Unexperienced in those matters, we weren’t doing it properly, as we learnt shortly afterwards. We only managed to get ourselves wet, cold and agitated. Then, after our unsuccessful efforts, we decided to try get our own car backwards out of the snow; but this was to the same avail: we couldn’t push the Polo up the hill. So, we got into it again for taking a break, trying to think calmly and warm up ourselves.
It was then when we realized that the heating wasn’t working: the engine water was abnormally cold and the hot air we got was barely tepid. We couldn’t neither warm up ourselves, nor the windshield, which started getting frosty on both sides, external and internal. Soon we wouldn’t see a damn thing through it.
As we were trying to think what to do, there came two guys from a 4×4 that had arrived while we pushed, and gave us some instructions. They seemed to know well what to do, and we willingly obeyed. First we helped them to get the Golf out of the snow, pushing at short impulses, with a rythm: one, hop!, one, hop!, one, hop! Several times, and off the Golf broke free to the left lane! Then they helped us with the Polo in the same way, and one minute later we were also placed in the left lane, and eagerly attending their advice: “Move inch by inch. When you don’t see the road nor the next yellow post, don’t move! Wait until you see something and then go a bit forward, always chosing the best part of the road.”
We totally lost sight of the Golf. It might be already quite far ahead, or perhaps only ten metres from us. The storm had swallowed it. We were now following the four-by-four that helped us, whose co-driver was leading the way on foot. At some moments we almost couldn’t see anything through the windshield: Benito had to be constantly cleaning the inside frost with his wet gloves and frozen hands, while our hitchhiker had already lost his nerve and was curled up in the back seat, like an ostrich at the sight of the danger. Finally, I had no choice but to open the window, put my head out and drive like that, despite the snow and the cold getting into the car and making us freeze. Besides, it was getting dark and we had no lights.
We hadn’t got very far (perhaps fifty metres, perhaps five hundred, who knows?) when we got stuck again. The nerves, the maddening wind, the blinding snow and the gelid cold made for a nightmarish feeling and, just like in a nightmare, there are some parts of the episode that I can’t recall. I remember getting out into the blizzard again, frantically shoving snow and pushing someone else’s blue car for releasing it from the white, dreadful embrace. I remember the voices and the cries, muffled by the noise of the strong wind; and Jacob fighting against it for closing the door, and slipping on the icy asfalt. I remember wildly shifting gears back and forth for trying to rock the Polo, and some men pushing us free again from the snowy trap, and my trousers totally wet and frozen, and my fingertips so cold that I didn’t feel them. I try to warm up my hands in the air draught of the weak heating system…
When my memory comes back, we’re stopped, though not stuck yet; the red Golf is once more within our sight, also stopped, maybe stuck. There are another vehicles. Somewhere ahead, a jeep is towing a small car. Nobody is caring about us now. We’ve been told to move aside and let the several 4WD’s pass, thus opening a way through the accumulated snow that the other vehicles can profit; but we can’t follow them because we’re now on the other side of the road, and there’s a wall of snow between both lanes. Consternated, we see how the four-by-fours drive away and disappear in the distance, followed by the rest of the cars. Somehow the red Golf has also managed to leave, and suddenly we’ve been left alone, all by ourselves. There’s noone else to help us in case we need it, and dusk is getting closer and closer. We can’t take any more risk. Therefore, instead of trying to figure out our way piercing through the barely translucent windshield, Benito goes trotting ahead of the Polo and leading the way where the road is more passable. I’m driving only one or two metres behind him and I scarcely see the poor man’s trousers totally frozen, his snow-covered coat, his winter cap, his arms pointing in this or that direction. Every now and then he looks back to see if I’m following, to check that I’m not too close. Little by little we advance, and the conditions seem to get a bit better. Benito jumps in and we cross our fingers. There’s also one good news: the car lights -says he- are working. We’ve been descending for a while (though it would be hard to tell how long) and the wind has decreased somewhat, the road is a bit cleaner, the blizzard is weaker. We speed up and, with every new kilometre, it gets better and better, until we finally feel more or less safe. Seeing that we keep going down, we’re so relieved that we laugh hysterically.
The map was telling us that there was yet another hill to pass before getting to our destination, and certainly we started seeing again the frightful snow patches, that we had learnt to fear so much, on the sides of the road. But they were not so big, nor so high, and we finally arrived to Akureyri, wet and frozen from head to toes, but alive. A long warm shower, dry clothes and a hot cup of tea helped us recover from our distress.

Clean, dry and warm. A well deserved “cuppa”.

Yet, for some hours we could hardly believe the hard times we’d had back there in the mountains and, on revising the episode, we then understood why those cars before getting to the pass had flashed their high beams at us: they weren’t complaining about our lights; they were trying to tell us not to venture further up!

next chapter