Epilogue: The golden circle

 
Aquella mañana de nuestra quinta y última jornada de viaje estaba radiante: el sol brillaba sobre el manto de nieve que cubría el campo y acentuaba, por contraste, los demás colores del paisaje: el intenso azul de un lago cercano, la oscura línea gris del mar hacia el sudeste y el neblinoso azur del glaciar en las alturas del oeste. Probablemente tan buena ubicación y entorno fue lo que inspiró a los granjeros del albergue Hvoll para abrir un negocio que se les daba tan mal. Un buen lugar es, con frecuencia, el único recurso de un oportunista.
Gracias a Dios la nieve en la carretera estaba compacta y pudimos alejarnos de Hvoll sin preocupaciones. Y aún nos dio tiempo a hacer dos o tres paradas para sacar algunas fotos, y otra para almorzar algo, antes de que, ya en Vik (el último pueblo del solitario sur), el cielo se encapotara y empezasen los chubascos, ahora de agua, ahora de nieve.

Cascadas congeladas

Cuenta la leyenda que había en Vik tres trolls llamados Skessudrangur, Laddrangur y Langhamar, los cuales, habiendo encontrado en el mar un navío de tres mástiles, intentaron arrastrarlo hacia tierra firme durante la noche, pero antes de llegar asomó la aurora y un rayo de sol sorprendió a los trolls, convirtiéndolos en piedra; y allí permanecen hasta nuestros días, petrificados frente a las costas de Vik: son el grupo de peñascos llamado Reynisdrangur, y es la principal atracción turística que tiene el pueblo. Por cierto que esos peñascos ofrecen una vista muy llamativa desde la desolada playa: en primer término la nieve recién caída, de un blanco purísimo, luego la chocante franja de negra arena volcánica, más allá la espuma blanquecino-azulada que forman las precipitadas olas al romper, y por último la oscura silueta de Reynisdrangur recortándose contra el cielo gris.
Reynisdrangur

No fue tan sencillo como suponíamos encontrar una wifi abierta en Vik, para mirar el tiempo. En la tienda–uno de esos acogedores lugares, frecuentes en las regiones poco poblacas, que hacen de todo: centro social, gasolinera, bar de carretera, cafetería, souvenirs, sopa casera, trato cercano, ambiente relajado–en la tienda, digo, no había internet, y nos remitieron a la estafeta de correos; pero ahí cobraban caro por el servicio, así que fuimos al youth hostel, donde suponía que no tendrían inconveniente en ayudarnos. Y no me equivoqué: la recepcionista nos dejó muy amablemente que usáramos su wifi.
El pronóstico para el resto del día era de cielo nublado con chubascos de nieve ocasionales, y temperaturas algo más altas que la víspera. Nada que temer, salvo quizá hallar tramos de nieve húmeda en la carretera. De hecho, había una marcada como “intransitable” por el eficaz equipo de información vial islandés, pero no nos preocupó mucho, porque se trataba de una carretera en pleno Círculo Dorado –o Triángulo Dorado–, que como es muy turístico los quitanieves pasan con frecuencia.
Unas pocas leguas al oeste de Vik está la catarata Skógafoss, que con veinticinco metros de anchura y sesenta de altura (como un edificio de veinte pisos) resulta una de las mayores de Islandia, y a causa de la espuma que levanta, siempre que brilla el sol puede verse un arco iris frente a ella. Hace decenas de millones de años, el agua de esta cascada caía directamente sobre el océano, pero el fondo marino se ha elevado desde entonces en lo que ahora son las tierras bajas del sur de Islandia.
Skógarfoss con su perenne arco iris

Dice otra leyenda (el folclore islandés está lleno de ellas) que el primer colono vikingo de esa región ocultó un tesoro en una cueva tras la cascada, y que años después los habitantes encontraron el baúl que lo contenía, pero que apenas alcanzaron a agarrar su asa lateral, éste desapareció. El asa fue entonces engastada en la puerta de su iglesia, como picaporte. Una leyenda bastante sosa, la verdad. Yo creo que podría haberla inventado mejor.
Las últimas horas de nuestra vuelta a Islandia las empleamos en turistear el renombrado Círculo dorado, nombre con que llaman al conjunto de varios lugares de interés que, a un par de horas al este de Reykjavik, se agrupan en un perímetro relativamente pequeño. Primero visitamos Gulfoss, un salto de agua en dos etapas sobre el río Hvítá: primero cae en tres escalones longitudinales al eje del río y luego, abruptamente, se hunde en una grieta de veinte metros de anchura. treinta y dos de profundidad, y dos quilómetros de longitud. Cuando se aproxima uno a la catarata, la grieta no se ve, y da la sensación de que las caudalosas aguas del río son limpiamente tragadas por la tierra.
La poderosa Gulfoss

Junto al mirador de Gulfoss hay un pabellón que contiene, entre otros, una tienda de souvenirs y un espacioso restaurante donde se puede tomar la mejor sopa de cordero del país. Todo un clásico, muy recomendable, sobre todo teniendo en cuenta que, en el precio, va incluido repetir cuantas veces se quiera, así que por poco dinero se puede disfrutar de un almuerzo nutritivo, reconstituyente y sabroso.
Flores de algodón de nieve

Después le tocó el turno al géiser, palabra que viene de Geysir, que es el nombre propio de uno de ellos, ya que hay varios en la zona, cada uno bautizado con un nombre por la tradición; pero como Geysir fue el primero que apareció dibujado e impreso, y por tanto el que primero conocieron los europeos, adoptaron la palabra para denominarlos a todos en un claro ejemplo de metonimia, o acaso de sinécdoque, ¡vaya usted a saber! A su vez, Geysir quiere decir “borbotar, manar a chorros”. La mayor parte de los géiseres que hay en el Círculo dorado brotan sólo una vez cada varios años, cuando no décadas, y el único que lo hace cada pocos minutos es Strokkur, y por tal razón es, claro, el más fotografiado. Pero como es bastante doloroso tener que esperar, con las manos congeladas y la cámara aprestada, a que Strokkur suelte uno de sus borbotones y se le pueda sacar una buena foto, no nos tomamos muchas molestias al respecto. Pero creáme el lector: es todo un espectáculo.
El géiser Strokkur en reposo, entre erupciones

Lo que sí encontré, en cambio, muy interesante y más retributivo fue lo de asomarme al interior de estos agujeros, hacia lo profundo de estos calderos sin fondo, pozos que son de agua cristalina, humeante y azufrosa. Y al mirar hacia dentro de uno no pude evitar un escalofrío de vértigo al pensar que estaba, en realidad, viendo el borde de una sima a través de una lupa acuática, como si fuera un ojo de buey por el que el magma mostrase sus tripas. O acaso es el magma quien nos mira a nosotros a través de estos ojos. ¿Hasta qué profundidades llegará ese agua? ¿Alcanzará a besar los labios de la lava? ¿Cómo sería sumergirse por ahí hacia el corazón del volcán que hay debajo? Y aun otra pregunta me hice algo más metafísica: ¿cómo puede tanta vida caminar por esta frágil y delgada corteza que es la superficie terrestre, inconscientes u olvidados de la pavorosa bola de fuego sobre la que existimos? La propia Islandia no es sino una grieta en dicha corteza por la que el planeta nos muestra sus ígneas e incandescentes entrañas. Y es éste un pensamiento en verdad desconcertante.
Por último, visitamos el Thingvellir, el viejo parlamento, donde los primeros pobladores hacían sus consejos legislativos, o más bien reguladores, hasta que siglos después se sometieron, ya islandeses, voluntariamente a la Corona de Noruega; y aún antes de que se fuera del todo la luz pudimos bordear el escénico Thingvallavatn, el lago más grande del país, aunque para entonces ya los objetos nevados habían perdido su relieve.
Thingvallavatn

Paisaje cerca de Thingvellir

Y este fue el circular colofón de nuestro circular tour por Islandia, por su única y famosa carretera anular, Hring Vegur. Pero antes de terminar este capítulo contaré sobre un mandado que teníamos que hacer. Resulta que a Benito le habían confiado en España una botella de vino con el encargo de entregársela a una señora en un pueblo no lejos de Reykjavik, en el distrito de Selfoss; pero no le habían dado ninguna dirección, sólo el nombre de la mujer y el del pueblo, que en Islandia, al parecer, es información suficiente. El problema fue que el nombre del pueblo debía de estar mal escrito, porque no fuimos capaces de encontrarlo en los mapas ni en internet, y ni siquiera la gente a quien preguntamos supieron darnos razón. Lo más parecido que vimos sobre el mapa fue un sitio llamado Skálholt, y como era el único candidado, allí nos fuimos con la botella. Era un pueblecillo minúsculo, y las luces de todas las casas estaban apagadas, como si la gente se hubiera ido a misa; todas menos una, y a su puerta llamamos. Nos abrió una señora mayor que no hablaba inglés (cosa rarísima en Islandia), pero que no era, como es de suponer–la destinataria del paquete ni parecía conocer el pueblo que buscábamos; de manera que, no teniendo ya tiempo para nuevas averiguaciones, nos dimos por vencidos y nos bebimos el vino aquella noche.
Tengo que decir que, en el trecho desde el Círculo dorado hasta Reykjavik, aún nos topamos con algunos montículos de nieve en la carretera, casi invisibles en la oscuridad, y de hecho estuvimos de nuevo a punto de quedarnos atascados. Pero a estas alturas de la historia el lector se habrá familiarizado con esos impertinentes obstáculos tanto como nosotros lo estábamos entonces, y leer una vez más sobre eso tendrá ya tan poco interés para él como lo tiene para mí el escribirlo. Bástele, pues, como colofón saber que, una vez en Reykjavik, sanos y salvos tras este accidentado viaje, nos dimos el lujo de invitarnos a la original y auténtica, la única e inimitable sopa de langosta de Saegreifinn.
Benito y yo tomando sopa de langosta en Saegreifinn, Reykjavik

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That morning of our fifth and last day’s journey was radiant: the sun shone on the white blanket covering the land, emphasizing, by contrast, all the colours around: the deep blue of a nearby lake, the dark grey line of the sea to the southeast and the hazy azur of the glacier peaks to the west. Probably such a good location and nice environment was what inspired the farmers at Hvoll hostel to open that business they were so unfit for. Good locations are, quite often, the only resource of opportunists.
Thanks God the snow on the road was friendly packed down, and we merrily drove away from Hvoll, stopping two or three times for taking pictures or having a quick lunch. But by the time we arrived to Vik–the last town in the lonely south–the weather was already overcast with scatterd, moderate snow showers.

Frozen cascades

The legend goes that there were in Vik three trolls named Skessudrangur, Laddrangur and Langhamar, who found a masted ship on the sea and tried to pull it during the night into the shore, but before they managed to the beach, dawn came and they were stricken by sunrays, thus turned into rocks where they still can be seen today: the group of rock stacks called Reynisdrangur, which is the worthiest highlight around Vik. From the desolate beach the view is astounding: in the foreground, a stripe of pure white snow; secondly, the strikingly black volcanic sand; farther, the whitish foam formed by the raging waves; and lastly, in the background, the black Reynisdrangur contrasting against the grey sky.
Reynisdrangur near Vik

It wasn’t so straightforward to find a open wifi spot in Vik to check the weather forecast. At the store–one of those places I like so much, quite common in scarcely populated regions, often the centre of local life, gas station, stopover, cup of coffee, homemade soup, friendly staff, laid back atmosphere–but there was no internet, and they sent us to the post office; but this was expensive, so we went to the youth hostel, where I knew they would be pleased to help us. And indeed they were: the friendly receptionist welcomed us to sit at the lounge and use their wifi.
The forecast for the rest of the day was: overcast with occasional and light snow/rain showers, temperatures a bit warmer. Nothing to be afraid of, except if we got wet snow on the pavement. Actually, a road in the Golden Circle was tagged “impassable”, but we didn’t worry too much because the Circle is very touristic and roads get constantly cleaned by snowploughs.
A few leagues to the west of Vik there is Skógafoss waterfall. With its 25 m width and 60 m height (like a 20-storied building) it is one of the largest in Iceland, and the spray it constantly produces creates a permanent rainbow when in sunny weather. Millions of years ago, its edge was a cliff of the coastline and the water fell right onto the ocean, but since then the sea bottom has raised and now constitutes the island’s southern lowlands.
Skógarfoss with its permanent rainbow

There is another legend (Icelandic folklore is full of them), that the first viking settler in the area buried a treasure in a cave behind the waterfall. Years later, locals found the chest with the treasure, but they were only able to grasp the ring on the side of the chest before it disappeared again. The ring was then used for the church door. Which is a boring legend, I’m sorry.
The last hours of our Icelandic tour were devoted to the well known Golden Circle (or Golden Triangle), which consists of a few tourist attractions some one hundred kilometres east of Reykjavik. First we visited Gulfoss, a cascadel in the course of the river Hvítá which has two stages: first it falls down in three steps arranged along the river axis, and then abruptly plunges into a crevice 32 m deep, 20 m wide and 2.5 km long. When approaching the fall, the crevice is hidden from the view, and it looks like if the mighty river were simply swallowed by the ground.
Mighty Gulfoss

Right by the view point there is a large hall featuring a souvernir shop and a restaurant, where the best lamb soup in the country can be ordered. Quite a classic, absolutely recommended. Besides, as you can have seconds for the same (unexpensive) price, it makes for a filling and delicious meal.
Cotton snow flowers

Next we went to the geysers. The word geyser comes from Geysir, which is actually the proper name of one of these natural, geothermal sprouts of water in Iceland. There are several of them around the area, each with a different name of its own; but Geysir was the first ever appearing in print and therefore the earliest known to Europeans, who took the word for the phenomenon. In turn, Geysir means “to gush”. Most of the others in the Golden Circle sprout only once every several years (or decades!) The only one coming every few minutes is Strokkur, therefore the most photographed. Unfortunately, it was painful to wait frozen handed, camera ready, for Strokkur to sprout, and difficult to take a nice shot; so, we didn’t take much pains for a decent photograph. But believe me, it’s quite a spectacle.
How Strokkur looks in between sprouts

But what I found extremely interesting was to peep down inside the depths of their bottomless cauldrons, which are like pots of crystal clear waters, smoking and smelling sulfur. When I leant onto the brim of a well, I couldn’t help the dizzy feeling of being at the edge of an abyss through which it might be possible to see the lava–or is the lava watching us through these watery eyes? And my fantasy rockets to Jules Verne when I try to think to which depths this water goes? Does it kiss the magma lips down there? How would it be to dive in one of these holes? It’s amazing how can so much life exist and tread the extremely fragile crust of earth, forgetful of the colossal ball of fire we’re sitting on. Iceland itself isn’t but a crevice in this crust, where the earth shows its igneous, incandescent entrails; which is a bewildering thought.
We also visited the Thingvellir, the old parliament, which was the ruling council of the first settlers before they submitted themselves to the Crown of Norway; and also the scenic Thingvallavatn, the largest lake in the country, though by that time daylight had become so dim that every object covered by snow was reliefless.
Thingvallavatn

A landscape close to Thingvellir

This was our tour along the Ring road, around Iceland. But before finishing this last chapter let me tell the short story of one errand we had to do: Benito had been entrusted in Madrid with delivering a bottle of Spanish wine to a lady in a village not far from Reykjavik, in Selfoss district; but he had been given no address: just the lady’s name and her village, which in Iceland should be enough, he was told. Unfortunately, some letter in the village’s name must have been misspelled by the remitent, because we weren’t able to find it on maps or the internet: we scanned the whole Selfoss area for names similar to the one we wanted, but the closest we got was Skálholt, and even locals had never heard of the place we asked. So, being our only candidate, to Skálholt we went with the bottle. It is a tiny little village and all lights in the houses were off, like if everyone had gone to mass; but for one home, and this doorbell we rang. A lady opened the door (the only Icelandic person I’ve known to speak no English), but she was obviously not the addressee of the gift. So, having no time for further inquiries, we had to give up and drink the wine ourselves. Which is a boring story, sorry.
On our way back to Reykjavik we still bumped into some snow heaps on the road, almost invisible in the dusk; as a matter of fact, we were very close to getting stuck again. But by this time the reader will be as familiar with such things as we were, and this new story would be of as little interest for you to read as it would be for me to write, so I’ll spare it. Suffice to say that, once in Reykjavik, sound safe after this eventful trip, we indulged ourselves to the one and only, the unique, the inimitable lobster soup in Saegreifinn.
Benito and me having a lobster soup at Saegreifinn, Reykjavik

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Episode 4 (3rd part): Hvoll, an inhospitable youth hostel

 
Si alguna vez has visto las aguas del océano apresurándose corriente arriba para expoliar, como criaturas vivientes, como soldados al pillaje de una ciudad vencida, como saqueadores tras el naufragio de un barco, para rapiñar los restos del extremo de un glaciar, no habrá ya muchas maravillas de la madre Naturaleza que puedan dejarte atónito.
Cuando pudimos recobrarnos de las impresionantes escenas que acabábmos de contemplar, retomamos la marcha, excitados por la experiencia pero conscientes ya de que nada de lo que fuéramos a encontrar en el resto del viaje podría compararse a esto. Y en cualquier caso las atracciones para ese día se habían acabado, porque en cuanto nos marchamos de Jökulsarlón empezó a nevar y pronto a oscurecer.

Enseguida se hizo de noche, y aunque la nevada al principio no era muy densa teníamos que conducir con mucho cuidado, pues había momentos en que no veíamos más allá de unos pocos metros en la carretera. Los paisajes se habían acabado ya para esa jornada; ahora nos limitábamos a conducir hacia el albergue más cercano, Hvoll, cuya situación no estaba demasiado clara. Habíamos telefoneado previamente para pedir indicaciones de cómo llegar, pero el hombre que nos cogió la llamada era un poco huevón, parecía que no le importaba tener clientes o no, y sus explicaciones no fueron ni detalladas ni claras: cuarenta y cuatro quilómetros después de Skaftafell (un parque nacional) habíamos de coger la carretera 204 a la izquierda; pero con la nevada los carteles apenas podían leerse, de hecho casi ni se veían, y eso nos obligaba a una marcha incluso más lenta, y a ir por completo pendientes de la señalización.

hvoll
Último tramo de la cuarta etapa: de Jokulsarlon al albergue Hvoll

Hay que decir, en elogio del servicio meteorológico islandés, que el tiempo se comportó según lo pronosticado: primero una nevada ligera, luego un rato sin meteoros y después una segunda, más intensa. Por eso tuvimos suerte de ver el letrero de la 204, que estaba más o menos donde esperábamos encontrarlo. Pero lo que no esperábamos, ni el hombre nos había dicho, era que fuese un camino sin pavimentar; de hecho, un camino rural para tractores o todo terrenos, lleno de nieve y en muy mal estado; en cualquier caso, pésimo para un pequeño utilitario como el nuestro. Bien podían habernos advertido esto. Además, nada podía verse en la noche bajo la nevada: no había el menor signo que delatara una población; sólo dos débiles lucecitas, aisladas y bastante separadas, se vislumbraban en la distancia, como de sendas granjas en mitad del campo. ¿A dónde llevaba ese camino? El mar no podía quedar muy lejos. ¿Estábamos sobre la pista correcta?
Telefoneamos otra vez al hotel para que nos lo confirmasen. Sí, tienen que recorrer unos tres quilómetros de camino. Verán alguna luz, fue su lacónica respuesta. Así que continuamos aproximadamente otro quilómetro, hasta que llegamos a una bifurcación. ¿Y ahora adónde? Ya podía haber sido el hombre un poco más explícito, decirnos que había que coger a la derecha o a la izquierda llegados a este punto… Tuvimos que llamar una tercera vez para que nos dijera: en la bifurcación a la derecha. No era un conversador, desde luego. El camino tenía un montón de baches, y como estaba cubierto de nieve no podíamos saber su profundidad. Rezamos para no quedarnos atascados. Incluso en un par de ocasiones pensamos en volver grupas y tratar de llegar al siguiente albergue, en Vik, antes de que cerrase recepción. Yo conocía aquel sitio por haber estado años atrás, y me constaba que era bastante agradable y no había dificultad para encontrarlo. Pero estábamos cansados y no nos apetecía conducir otra hora o dos más aquella noche. De modo que continuamos.
Por último vimos un letrero: Hvoll, y un poco más allá estaba la casa. Tocamos el timbre y, cuando se abrió la puerta, nos recibió una señora con la sonrisa más arisca y fría que me han dirigido nunca en Islandia, y enseguida nos espetó, con la misma sonrisa hostil, que nos descalzáramos las botas. Desde ese mismo instante nos disgustó. Luego, al registrarnos, se limitó a pasarnos un papel con el total a pagar, y como era bastante más de lo que habíamos esperado le pedimos que nos hiciera una factura desglosada. Intentó hacerse la sueca un par de veces, pretendiendo no comprender el inglés, mientras su marido, que lo hablaba medianamente bien, como nos constaba por las conversaciones telefónicas, se hacía también el loco fingiendo como que veía un partido en la tele. Pero como insistí, a regañadientes cedió y extendió la factura, donde pudimos ver que lo que tanto hacía subir el importe era el alquiler de la ropa de cama: 900 coronas por cabeza, o sea un tercio del precio de cada cama; y ni siquiera iba incluida una toalla. Nos pareció comparativamente muy caro, aunque días después supimos que era un precio normal en Islandia.
Pagado que hubimos –que era su única preocupación– nos enseñó el albergue: estaba en otro edificio a unos cien metros, bastante feo, que parecía un hangar o un granero. Por dentro, en cambio, estaba muy limpio y ordenado. Demasiado limpio y ordenado –pensé para mí–; tanto, que resultaba extremadamente inhóspito: nada más franquear la entrada había un amplio comedor como el de un colegio, amueblado con tres largas filas de mesas juntas, cada una con cuatro banquetas encima, boca abajo. En la pared opuesta había una larga encimera con toda clase de pequeños electrodomésticos y abundancia de cajas de plástico en las que los huéspedes debían etiquetar su comida; y a través de otra puerta junto a la encimera había dos cocinas, llenas de utensilios, vajilla y cubertería. A mano izquierda del comedor, otra puerta daba acceso a las habitaciones, cada una con dos literas y un radiador eléctrico ridículo, por supuesto apagado. Nuestra habitación estaba helada y no se calentó hasta cuatro o cinco horas más tarde. Por último, había cuatro aseos, tres de los cuales estaban cerrados con llave y no podían usarse.
Así que todo estaba tan ordenado como era poco acogedor: la disposición de estancias y mobiliario era fría e inconveniente (claramente diseñada por alguien que no sabía una palabra sobre albergues), la mayoría de aseos cerrados, pero lo peor era que estaba todo lleno de impertinentes letreritos imponiendo a los huéspedes todo tipo de obligaciones, estableciendo un montón de prohibiciones y relacionando largas listas de reglas a obedecer; la más inaceptable de las cuales era la prohibición de permanecer en el albergue entre 10 am y 4 pm. ¡Qué ridículo! Se exigía a los huéspedes que se ausentaran del albergue durante seis horas seguidas, supuestamente para que pudiera hacerse la limpieza; una limpieza que, de hecho, se encomendaba en otro letrero a los propios huéspedes. Increíble.
De todas formas, el más grave inconveniente que encontramos en el albergue Hvoll fue que no había internet. No es que no funcionase: es que no existía el menor medio para conectarse online. En mis muchos años como viajer después de la popularización de internet nunca me había encontrado con un albergue que no lo tuviese; ni siquiera en países dudosamente civilizados. Por eso nos pareció absolutamente inaceptable, y desde luego muy inconveniente, porque nos impedía consultar el pronóstico del tiempo para el día siguiente, un elemento esencial en una gira de invierno por Islandia.
Aparte de nosotros sólo había otro grupo de huéspedes: una excursión de asiáticos que viajaban en un todo terreno de alquiler y que no se mostraron muy sociables. De este modo, totalmente privados de cualquier posible entretenimiento físico o virtual, lo único que pudimos hacer esa noche fue comernos el resto de nuestros víveres e irnos pronto a la cama, con idea de levantarnos temprano a la mañana siguiente y prepararnos para la última etapa de nuestro viaje: el círculo de oro. Nos acostamos persuadidos de que ese decepcionante albergue estaba fuera de los estándares de Hostelling International, y preguntándonos cómo era posible que la organización lo hubieran aceptado como socio.

capítulo previo | último capítulo

 
If you’ve ever seen the ocean waters hurrying upstream for ransacking–as if living creatures, as if soldiers for the plunder of a defeated city, as if looters after the wreckage of a vessel–the spoils of a glacier’s end, there aren’t many more scenes left in Nature capable to stun you too much.
When we managed to pull ourselves after the outlandish sights we had witnessed, we carried on our driving, quite excited by the experience but knowing that nothing else would be close as amazing as what we had just seen. And certainly for that day, our enjoyment had finished, because soon after we left Jökulsarlón it started snowing and getting dark.

Despite the snowfall wasn’t too heavy, we had to drive quite moderately, and there were some moments when we wouldn’t see further than ten metres ahead. Of course our sightseeing had ended for that day’s journey; we were simply heading for the next hostel, Hvoll, whose location wasn’t so obvious. We had phonecalled previously and asked for directions, but the guy who replied was somewhat slack, like if he didn’t care about guests; his explanations weren’t neither detailed nor clear: fourty four kilometres after Skaftafell (a national park) we should take road 204 to our left. But, with the snowfall, the highway notices weren’t easy to read–nay: not easy to see, and we were forced to an even slower speed and a closer watch.

hvoll
Last strech of fourth stage: from Jokulsarlon to Hvoll hostel

It must be said, for the praise of the Icelandic meteorological service, that the snow came just as forecasted: firs a light snowfall at dusk, then clear for a while, then a second snowfall, moderate. Se we were lucky to see the sign to road 204 more or less where it was expected. Unfortunately it wasn’t a paved road, but just a track, very snowy and quite rough, as if for a tractor or a four wheeler; certainly not suitable for a small Polo. Our landlord should have warned us about it. Besides, nothing could be seen there in the dark; no trace of an inhabited place except for two separate faint lights in the distance, like farms in the middle of nowhere. Where did that path lead? Were we on the right way?
We called the hostel again for confirmation. Yes, it’s about three kilometres far; you’ll see some lights was the laconic answer. So, we proceeded for around one more kilometre until we came to a fork. Now what? Shit! That damn guy could have been more explicit. We had to call him a third time just to hear: fork to the right. He wasn’t a talker, you can bet. The track had many potholes and was covered by snow, so we prayed we wouldn’t get stuck. A couple of times considered turning back and trying to reach the next hostel, in Vik, before reception closed. I knew that youth hostel from a previous trip and I knew exactly where it was, and their friendly staff. But we were tired and didn’t feel like driving one or two more hours that evening. So we went on.
Finally we saw a notice: Hvoll, and just a bit further was the place. We rang the bell, the door opened and we were ‘welcomed’ by the unfriendliest smile I’ve ever got in Iceland; and right away we were requested by the landlady, with the same unkind smile, to remove our boots. At once we didn’t like her. Then, when checking in and asking the money, she just gave us a piece of paper with the total amount, which was much higher than we expected. We asked for a detailed invoice, and then she played the fool a couple of times pretending she didn’t speak English, while her husband–who did speak it fairly well, as we knew from our phone calls–played also the fool pretending he watched a football match from his easy chair. But we insisted and she reluctantly gave in, writing the invoice. Hence we could learn that what so much increased the total price was the linen rent: 900 crowns per person, one third of a bed’s price, and not a towel included. We regarded it as very expensive, but days later we learnt that it was normal in Iceland.
Once the transaction finished, she showed us the actual hostel: it was another–rather ugly–building, some one hundred metres away, which looked like a hangar or a barn. Inside, though, it was very new and neat. Too new and neat–I thought to myself–and not cozy: right after the entrance door there was a large dining-hall like the one you’d find in a school, furnished with three long rows of adjoining tables, each having four chairs upside down on top. In the opposite wall there was a long worktop with all kinds of electric kitchenware and abundance of plastic baskets to label and store the guests’ food, and through a door by the worktop there were two kitchens, full of cutlery, dishes, saucepans and other utensils. Through another door in the left hand wall of the dining hall there were the rooms, each of them having four beds and just a ridiculously small electric heater, switched off, so our room was freezing until it got heated up a few hours later; and the four toilets, three of which were locked down and couldn’t be used.
All of it was as tidy as it was unwelcoming, not only because of the locked toilets and the cold inner architecture (evidently designed by someone who knows nothing about youth hostels), but mostly because the whole place was full of notices requesting the guests all kinds of duties, stating lots of bannings and with long lists of rules to obey, the most ridiculous of which was the prohibition of staying in the premises from 10 am to 4 pm. Guests were asked to keep out of the hostel during six full hours! Supposedly because of cleaning. Unbelievable.
Anyhow, the most annoying of all the issues about Hvoll hostel was the total absence of internet. No possibility of getting online. In all my years of travelling, since the popularization of the internet I had never known of a youth hostel without it. Not even in poorly civilized countries. Therefore we considered this fact utterly unacceptable, and particularly bothersome since it deprived us from the possibility of checking the weather for the next day, an essential task on an Icelandic winter tour.
Besides us, there were only another group of guests: an excursion of Asians that had rented a 4×4, which didn’t look too sociable. So, being away from any physical or virtual amusement, the only thing we could do for the evening was to eat up the rest of our supplies and go to bed, with the idea of waking up early the next morning and getting ready for the last stage of our trip: the golden circle. We went to sleep persuaded that this disappointing hostel was not up to the standards of Hostelling International, and wondering how the organization could have associated it.

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Episode 4 (2nd part): Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

jokulsarlon
Desde Egilsstadir hasta Jokulsarlon

Cuando un viajero que conduzca hacia el sur desde Egilsstadir por la famosa Hring Vegur llega al solitario puerto de montaña que divide las vertientes norte y sur, una majestuosa vista, sin parangón, aparece ante sus ojos; pero es también un poco espeluznante: durante los dos primeros quilómetros desde el puerto hacia el impresionante valle glacial, la carretera tiene una pendiente de vértigo que, por si eso no bastara a erizarle a uno el vello– se vuelve en extremo resbaladiza con el hielo. Y si, para colmo, se conduce un coche muy poco de fiar, resulta imposible esquivar el miedo a caer cuneta abajo.
Tras el problema del ventilador, durante un rato que se nos antojó largo avanzamos cuesta abajo con extrema cautela, frenando con el motor y aguantando la respiración, por miedo a que el cochambroso Polo decidiese que era el momento adecuado para una avería en los frenos o en la dirección. Pero nada se rompió (como puede bien deducirse del hecho de estar ahora escribiendo esto); la pendiente fue poco a poco suavizándose hasta que pudimos nuevamente prestar nuestra atención a las espléndidas vistas.
Discurriendo por un valle glacial en el este de Islandia

Al cabo de un rato llegamos al ancho y plano lecho de valle, por el que la carretera continúa, ya casi sin pendiente alguna, hasta alcanzar el océano en Breiddalsvik; y a partir de ahí discurriría a nivel del mar, bordeando el litoral, hasta prácticament el final de nuestro viaje.
Un Montserrat islandés cerca de Eiddalsvik

El agua congelada en témpanos en las pequeñas cascadas

Sin embargo, de la mano de unas temperaturas más amables que implican la ausencia de montículos de nieve en la calzada, vendría el segundo peor enemigo del conductor islandés: la nieve húmeda; una irritante capa de hielo medio derretido, un semisólido que, como al conducir sobre arena, estorba con eficacia y, peor aún, irregularmente el giro de las ruedas sobre el piso, lo que no sólo disminuye la autonomía de viaje sino que hace difícil el manejo de la dirección, y por tanto peligrosa la conducción. De hecho, dependiendo de la consistencia de la moeve húmeda y de la pendiente de la carretera, pueden los neumáticos perder agarre por completo y quedarse uno atascado.
Pues bien, me temo que tuvimos una medida bien colmada de esa guarrería que es la nieve húmeda desde el momento en que llegamos junto al mar hasta que, durante los largos quilómetros que es necesario hacer para rodear el profundo fiordo, alcanzamos nuestra primera parada planificada de ese día: el encantador y pacífico pueblecillo pesquero de Djúpivogur. Pero, pese a nuestro lento progreso, por suerte no tuvimos ningún percance ni dejamos de disfrutar de los hermosos y extraños paisajes lunares que nos encontramos a lo largo del Berufjordur…
Los caballos se agrupan para minimizar la pérdida de calor

Berufjordur y los enormes y macizos picos glaciares en la distancia

…junto con una de las cosas más pintorescas que habíamos visto hasta entonces: un tradicional secadero de pescado, que consistía en varias series de entramados horizontales de madera a dos metros de altura, donde, una vez descabezado, cuelgan el pescado por la cola.
Secadero de pescado y sus trabajadores

Secadero de pescado al aire libre

El pescado se cuelga a secar descabezado

Justo al extremo de un pequeño cabo, al abrigo del áspero oleaje del suroeste y los gélidos vientos del nordeste, el pueblo pesquero de Djúpivogur goza de una ubicación privilegiada, con su bien protegido puertecillo, pequeño y romántico, y mirando hacia las nevadas cumbres y las laderas rocosas en la vertiente opuesta del fiordo.
El pequeño puerto pesquero de Djúpivogur

A espaldas del puerto y de las pocas casas dispersas que conforman el pueblo, la desolada montaña piramidal de Búlandstindur lo vela y vigila eternamente.
Búlandstindur, la pirámide natural de Islandia

Era ya hora de almorzar, y no podríamos hallar mejor lugar para ello que aquel pueblo pesquero, en el que había dos sitios donde servían comidas: el hotel y la tienda; y dando por sentado que el primero quedaría más bien fuera de nuestro presupuesto, escogimos el segundo. Era un local que combinaba una tienda de abarrotes con un modesto pero acogedor restaurante, apenas cuatro o cinco mesas junto a unos enormes ventanales que daban hacia el puerto, ofreciendo una vista magnífica. Ni que decir tiene que pedimos pescado, que estaba delicioso; y junto con el bonito día y la relajante vista tras los cristales resultó un almuerzo en extremo agradable: las montañas, vestidas de blanco bajo el sol, hacían un soberbio contraste con el azul oscuro del mar y, entre medias, unos pocos barquitos pesqueros que dormitaban flotando sobre las aguas encalmadas del puerto.
Antes de seguir viaje, consultamos la información más actualizada del pronóstico meteorológico para el resto del día, que vino a confirmar el de la mañana: a partir del ocaso tendríamos nieve. Es decir, que aún nos quedaban unas pocas horas de buen tiempo, aunque quizá no suficientes para llegar con buena luz a uno de los lugares más destacados de Islandia: Jökulsarlon, la laguna donde muere un glaciar. Entonces, ¿debíamos apresurarnos para intentar llegar esa misma tarde, o más bien tomárnoslo con calma, conducir despacio, pasar la noche en Höfn (a 80 km de Djúpivogur) y visitar Jökulsarlon a la mañana siguiente? Como es tan difícil hacer proyectos de viaje en Islandia, con esa climatología extrema y caprichosa y el impredecible estado de las carreteras, más en nuestro caso un coche que podía dejarnos tirados en cualquier momento, optamos simplemente por no proyectar nada: seguir conduciendo a nuestro aire y decidir sobre la marcha. Por suerte había varias alternativas para pasar la noche a lo largo de la ruta, y malo sería que ninguna de ellas nos cuadrase.
¡Y vaya si cambian, en Islandia, el clima y el paisaje!: en cuanto dejamos atrás el aletargado Djúpivogur, tras sobrepasar la primera curva amplia de la carretera, de repente pareció que estábamos en otro planeta… o, mejor dicho, de regreso a nuestro planeta: el aire templado, la tarde soleada y el campo un poco verdoso y sin un parche de nieve, pertenecían sin duda a la Tierra.
Sueños de primavera en el suroeste

Ya es primavera junto al mar, pero aún duro invierno en la sierra

Por cierto que muchas de las montañas a lo largo de esta parte del Hring vegur están flanqueadas (cuando no formadas) por desnudos y altísimos taludes de piedra suelta; ingentes masas de cascotes vertidos desde cráteres o derramados desde prehistóricas alturas, al ser rotas y desmenuzadas las rocas por la erosión y los hielos. Y dichos taludes se forman naturalmente según la máxima pendiente para sólidos granulados, próxima al 90%; una pendiente vertiginosa que, al mirarla desde su base, produce un cosquilleo en el estómago semejante al de las alturas, y tiene uno la sensación de que podría caerse hacia arriba, suponiendo que tal cosa tenga sentido; una pendiente, además, muy poco estable, por lo cual hay constantes desprendimientos de roca en esa zona y es impepinable encontrarse con cascotes en mitad de la calzada; otra razón más para hacer de la conducción por Islandia casi un deporte de riesgo.
A cierta distancia, esas laderas semejan la pezuña de un colosal ungulado.
Taludes que parecen pezuñas gigantes

Llevábamos, después de todo, un ritmo aceptable y cuando pasamos por Höfn, una de las alternativas de hospedaje que barajábamos, decidimos dejarla pasar confiando en que podríamos llegar hasta Jökulsarlon aún con luz. Y fue una suerte que así lo hiciéramos, porque a partir de Höfn comienza un tramo que es la mejor pasarela de Islandia para observar los glaciares desde la carretera. ¡Qué maravilla tan sobrecogedora, los glaciares! ¡Yo os canto, colosales masas de nieve acumulada y compacta, durante siglos, hasta convertiros en pétreo hielo de inquietante y extraño color blanquiazul, derramándoos desde las altas cuencas por valles que erosionáis con majestuosa lentitud!
Uno de los muchos brazos del glaciar Vatnajökull

Gracias al sol poniente y a un cielo sin nubes, no anduvimos escasos de extraordinarias vistas…
Las montañas donde nacen los glaciares, al atardecer

Las sombras del ocaso se ciernen sobre los valles

…hasta que por fin llegamos al magnífico Jökullsarlón, la laguna donde el brazo más importante del glaciar Vatnajökull viene a morir, derretido por el mar.
Vista desde un satélite de la lengua glaciar que muere en Jökulsarlon

Cuando dejamos el coche y caminamos hasta la orilla del mar, nos quedamos asombrados: habíamos llegado a la hora precisa en que tiene lugar uno de los fenómenos más asombrosos que contemplarse puedan: la marea creciente entrando y fluyendo, con la fuerza de una torrentera, entre los dos brazos de tierra que encierran la laguna, y elevando con su empuje a los enormes bloques de hielo, pequeños icebergs desgajados del glaciar.
La marea entrante llena la laguna y derrite el hielo

Este es el breve vídeo que, a toda prisa, pudimos grabar en aquel momento:

Así que sin proponérnoslo y ni tan siquiera saber de su existencia, habíamos llegado a una de las dos citas diarias que se da el glaciar con el océano. Frente a esa belleza todo se nos iba en exclamaciones de admiración mientras contemplábamos boquiabiertos el espectáculo: la agonía y muerte de un hielo formado, quizá, hace diez milenios.

Jökulsarlón, una visita a la aurora de los tiempos

Para quien tenga curiosidad, el proceso es como sigue: al subir la marea, el agua del océano entra en la laguna y empapa el hielo del extremo del glaciar, arrancándole enormes bloques que, con el paso de los días, van derritiéndose, desmenuzándose y menguando. Cuando las mareas son grandes, la entrada de agua por el estrecho es tan fuerte y rápida que parece un río que fluye hacia tierra. Benito yo pudimos ver cómo el agua provinientes del océano, de un bello azul marino, empujaba los grandes témpanos de hielo, se deslizaba bajo ellos formando pequeños vórtices y los alzaba en su flujo, humedeciéndolos y tornando su opacidad en transparencia.
Bloques de hielo del glaciar en el ocaso de sus días

Esta es otra toma que pudimos realizar antes de que la marea dejase de subir:

Horas después, al descender la marea, el agua que ha entrado en la laguna se retira, fluyendo de nuevo hacia el mar y arrastrando consigo los témpanos que han menguado lo bastante como para caber por el canal. Muchos de ellos se pierden mar adentro a la deriva, donde acabarán de fundirse con relativa rapidez, pero otros quedan depositados sobre la negra arena volcánica de la playa durante días, adquiriendo formas extraordinariamente caprichosas.

Los trozos del glaciar yacen sobre la arena en un contraste sublime

Así año tras año, durante siglos y siglos, dos veces cada día el mar se cobra un pequeño mordisco del glaciar y lo incorpora a sí mismo, reclamando lo que es suyo, devolviendo, tras un ciclo de diez mil años, el agua congelada al lugar de donde salió: el océano eterno. Los restos de aquello que durante toda una era fue un orgulloso glaciar yacen ahora en la playa, exhalando su último aliento; una belleza natural sin parangón hasta el postrer minuto, que adorna con sus aristas de joya las negras arenas volcánicas, creando un paisaje tan insólito que no parece de este mundo.
Lo que otrora fue un glaciar imita al diamante en sus últimos días de vida…

…y el mar lametea estos diamantes hasta convertirlos en mar

Estando allí, no pude evitar el impulso de morder y comerme un pedacito de ese hielo, haciéndome la ilusión de que, al incorporar a mi organismo aquellas moléculas desprendidas de las nubes diez mil años antes, me convertía con ellas también en prehistoria.
Benito sosteniendo un hielo de diez milenios de antigüedad

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jokulsarlon
From Egilsstadir to Jokulsarlon

When the traveller driving south from Egilsstadir along the famous Icelandic Hring Vegur (the Ring Way) reaches the solitary mountain pass dividing the northern and southeastern basins, there appears before his eyes a magnificent view; but also a dismal one: for the first mile from the pass towards the impressive glacial valley, the road has a very steep slope that, being dismaying enough on its own, can get also quite slippery. If, besides, you’re driving an unreliable and unpredictable car, the hair-rising fear of plunging into the abyss is hard to escape.
After the incident with the fan, for long and slow minutes we proceeded downhill with extreme caution, engine-braking, holding our breath and knocking on wood, lest our shoddy Polo decided it was the right time for a break failure, or the steering wheel broke down when in a hairpin turn. But nothing of this happened, obviously, or I wouldn’t be writing this now. The incline became gradually softer, and eventually we were again able to enjoy the astounding environment.
Along a glacial valley on East Iceland

Farther on we reached the flat wide valley-bed and drove along it until we finally arrived to the ocean at Breiddalsvik, from where–and almost until the end of our trip–the road would run skirting the coast, therefore entirely at sea level.
Needle peaks close to Eiddalsvik

Frozen cascades

However, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came the second worst enemy of the arctic driver: the wet snow, an annoying layer of half melted ice, a semisolid that, like when driving on sand, severely and unevenly hampers the wheels’ advance on the road, making also for a lesser fuel autonomy and a difficult and dangerous steering. Actually, and depending on the wet snow consistence and the road incline, the tyres can lose grip and the car get stuck.
And indeed, we had a lot of that stuff from the moment we reached the ocean and along the whole coastline skirting the deep fiord, until we arrived to our first planned stop for that day: the lovely, peaceful, tiny little fishing village of Djúpivogur. Fortunately, though the wet snow slowed down our advance, we didn’t have any mishap and we could enjoy contemplating delightful landscapes we found on our way along the very scenic Berufjordur…
Horses keeping their body warmth

Berufjordur, and the massive glacier peaks in the distance

…and also one very pictoresque thing we hadn’t seen before: a traditional fish drying-place, consisting of several wooden structures where the beheaded fish is hung from the beans by the tail.
Fish drying-place and workers

Hanging the fish to make it dry

Fish is hung in the open air

Located at the tip of a small cape, sheltered from the rough southwestern seas and the cold northwestern winds, the fishing village of Djúpivogur is a privileged one, with its romantic little harbour well protected, an facing the rocky peaks right across the fiord.
The fishing harbour of Djúpivogur

Behind the harbour and Djúpivogur’s scattered few houses, the bleak pyramid-mount of Búlandstindur keeps an eternal watchful eye on the village.
Búlandstindur, the natural pyramid of Iceland

As it was about time for lunch, we decided there couldn’t be a better place for a meal than this fishing community. There were only two eating places in Djúpivogur: the hotel and the shop; so, deeming the first one would probably be too expensive for our budget, we chose the second. It was a fine local, two-in-one, combining a small convenience store and a modest but cozy restaurant, featuring four or five tables and huge windows facing the harbour which provided for a splendid and relaxing view. Of course we ordered fish and of course it was delicious, so that we leisurely enjoyed a very nice meal, tasting the fresh food and the view at ease: the snowy mountains lit by the sun, contrasting with the marine blue sea and rising above the few small boats which dozed on the harbour’s calm waters.
When checking the weather forecast update for the evening, we got a confirmation of the news in the morning: starting from dusk there would be snowfalls. So, though we still could count on a few hours of fine weather, we didn’t know if that was enough for properly visiting the glacier lagoon Jökulsárlon, allegedly one of Iceland’s highlights. Should we then hurry up and try to get there today, or rather take our time, driving at ease, and visit it the next morning after spending the night in Höfn, 80 km away from Djúpivogur? There was no easy answer, but being so hard to make reliable plans in Iceland–with the changeable weather and unpredictable road conditions–and driving an even less reliable car, we just opted for driving without any expectation nor hurry and take decisions on the go. Fortunately there were three alternative youth hostels where to stay overnight, plus no shortage of–more expensive–guesthouses to take into account just in case.
And indeed, what an amazing climate change we experienced!: no sooner had we left the sleepy Djúpivogur than, after the first turn of the road, we found ourselves like if in another planet–nay, like if back to our planet: suddenly the weather got mild and sunny, and the landscape snowless.
Dreams of spring in the southeast

Already spring by the sea while still winter in the mountains beyond

It’s noteworthy to say that many of the mountains along this part of the road are flanked by bare, gargantuan masses of loose boulder, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d fall upwards. As a matter of fact, slides are very common in that region, and it’s frequent to find some of the boulders invading the pavement. Looked at a distance, this mountains resemble the hoofs of a colossal ungulate.
Gigantic hoof-like mountain sides

So, well, as by the time we went past Höfn it was too early, we kept driving, with the hope of making it to Jökulsarlon on a fine light. By the way, this is the part of the island where better and closer the glaciers can be observed from the highway; oh the glaciers!, those accumulated and compacted snow masses, spilling down the high peaks along the valleys in breathtaking tongues of ice, with their hypnotizing blue hue.
One of the several “arms” of Vatnajökull glacier

Thanks to the setting sun and the cloudless sky, we weren’t short of delightful scenery…
Glacier mountains at su 
nset

Yet another awesome landscape[/captio, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d n] 
…until we finally reached the magnificent Jökullsarlón, the glacier lagoon, where one ohypnotizing blue huef the largest arms of/strong the inmense VHowever, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came /patnajökull glacier dies, right by the sea.
 

[caption id="attachment_751" align="aligncenter" width="550"] Satellite view of the glacier tongue dying in Jökulsarlon
 
 


There we parked the car, walked to the shore, then got stunned: we had gotten there at the right time for witnessing one of the most spectacular phenomena one can behold: the tide strongly flowing in through a narrow channel into the lagoon and lifting the massive ice blocks sleeping there.
The tide flows in, fills the lagoon and melts the ice

This is a short video giving some approximate idea of how striking this phenomenon is:

We could only hold our breaths at the sight of this astonishing scene; the agony and death of ice that had been formed perhaps 10,000 years ago.

Eerie Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

At the flood of tide the comparatively warm sea water gets into the lagoon, soaking and melting the big rocks of ice. If the tide is strong, the inlet of water through the channel is very swift and powerful, resembling a river flowing inland. Benito and me could see this dark-blue sea river splashing against the icebergs and diving underneath them in vortices, pushing them backwards, moistening them and changing their thick translucency into a light transparency; and so the big blocks get cracked and split into smaller pieces.
Glacier icebergs taking their last slumber before…

Here’s another video of this curious flow:

Then, at the ebb of tide, the water retreats from the lagoon back to the ocean carrying out those ice blocks that melted down to a size small enough to pass through the shallow channel; and lastly, the low tide gently places many of those blocks, “carved” to beautiful capricious sculptures, onto the black sands of the beach. Thus, all year long for over endless centuries, twice a day–with every flow of the tide–the sea takes a bite of the glacier and swallows it up, claiming what is his; after a cycle of ten thousand years, the sea returns the frozen water to where it belongs: the eternal ocean.

…before they die in the sea, their carcass lying on the beach

The remnants of what–for ages–was a proud glacier lie now on the beach, exhaling their last breath; natural beauty until the last minute, they embellish with their gem-like carved surfaces the volcanic black sands, in scenes so bizarre they seem unreal.
Gem-like carcass of what once was part of a glacier

The sea slowly licks away the last hours of the ice

I couldn’t help bitting and swallowing a piece of such ice. It was like eating up the prehistory: putting into my body some molecules that had been deposited during the past then thousand years.
Benito holding a piece of ice 10,000 years old.

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Episode 4 (1st part): Road #1

 
Cuando me desperté la mañana de nuestra cuarta jornada, al ver que el sol brillaba tras los cristales y al enterarme de las buenas noticias, el mundo parecía bastante más hospitalario de lo que se me había antojado la víspera: Benito estaba levantado rato ha y había llevado el Polo al taller, a la vuelta de la esquina, donde le dijeron que tenían el repuesto necesario y que tendríamos el coche listo en media hora.
Entre tanto, disfrutamos de un desayuno lleno de optimismo en la luminosa sala del hostal, mirando la predicción del tiempo, planificando la ruta para el día y solazándonos con los rayos solares que entraban a raudales por la ventana y llenaban la estancia de radiante luz. La parte más dura de la carretera había quedado atrás, aquellos doscientos quilómetros de yerma y hermosa nada, las tierras altas del norte, y salvo por los primeros cincuenta quilómetros que nos tocaba hacer a continuación, el resto de nuestra pequeña odisea iba a discurrir casi por completo al nivel del mar y al alcance de los no tan fríos vientos del suroeste; factores ambos que minimizaban la posibilidad de encontrarnos con lo que, para entonces, habíamos aprendido a identificar como el peor enemigo: las dunas de nieve en la calzada. El pronóstico meteorológico era de nubes y claros hasta el atardecer y luego dos nevadas, ligera la primera y moderada la segunda; pero no nos preocuparon mucho porque en el litoral sur de la isla (hacia el que nos dirigíamos) había más vida, pueblos y lugares donde alojarnos; como que habíamos identificado ya sobre el mapa tres albergues alternativos (cualquier otro tipo de alojamiento le estaba vedado a nuestro presupuesto) en los que pasar la noche, dependiendo de a qué ritmo avanzásemos.
Así que, empacado que hubimos nuestras cosas, recogimos el coche del taller y nos pusimos en marcha, dejándole la factura al dueño del coche. En Islandia la gente es tan benditamente confiada que basta una conversación por teléfono para zanjar un acuerdo. De modo que la cosas, después de todo, no habían salido tan mal; es decir que podrían haber salido mucho peor si la chatarra que habíamos alquilado se nos hubiese averiado cuando cruzábamos las montañas, en mitad de una ventisca o, simplemente, una víspera de festivo, sin talleres abiertos el día siguiente. Entonces sí que se nos habría chafado el viaje irremisiblemente y por completo. Fueron estas razones las que –soslayando la imposible evaluación del daño emocional y psicológico ya causado– nos llevaron a tomar la decisión de no pagar el alquiler del coche al término de nuestro viaje, aprovechando que no nos habían exigido aval de tarjeta de crédito. Hasta qué punto era o no una decisión justa sería cosa a debatir; pero aquello de lo que no cabía duda era que, si le pusiéramos una demanda a la empresa por alquilar un coche en tan mal estado, la broma les saldría bastante más cara.
Confortándonos y conformándonos con estas consideraciones le dimos la espalda a Egilsstadir, e inconscientes de nuevo peligro alguno, osadamente confiados en la lógica de las cosas, retomamos nuestro itinerario por la ruta 1 dando por supuesto que, al ser la principal y más importante carretera del país, tenía forzosamente que ser objeto de minucioso y diario mantenimiento.
¡Y qué ruta más bonita, además! Según empezábamos a subir las primeras cuestas hacia nuevas regiones montañosas, en concreto hacia un puerto que sería ya el último de todo el viaje, nos cautivaron las espectaculares vistas de aquellos páramos desnudos, el poderío en blanco y negro de esa región perdida de la mano de Dios, las cien tonalidades de los helados paisajes lunares y la inquietante soledad del yermo con el que, en la distancia, la carretera parecía fundirse, o más bien que parecía tragársela, incorporarla a sí mismo.

La carretera desdibujándose en el terreno

Ahora bien, eso de la inquietante soledad de la carretera no era sólo lirismo expresivo, sino que nos dio qué comentar; nos resultaba chocante que estuviera tan extrañamente vacía. Desde que, cuatro días atrás, empezamos el viaje siempre habíamos ido encontrándonos con algo de tráfico en ella, e incluso durante el día en que atravesamos la hermosa pero desierta Nada, que además era domingo, no habíamos dejado de cruzarnos con algún que otro vehículo; pero… ¿ahora?; ahora llevábamos un largo rato al volante sin haber visto un alma, de cerca ni de lejos. ¿Acaso se nos había pasado algún letrero y nos habíamos confundido de carretera? Pero según decíamos esto vimos uno junto a un camino (¿y a qué clase de infierno helado podía conducir ese camino?) que vino a responder tal pregunta: no, no nos habíamos perdido; estábamos donde creíamos estar: sobre la ruta 1. Y sin embargo no se veía un sólo vehículo en todo el horizonte. Eso merecía detenerse un momento y salir para mejor considerar el asunto.
Estudiando las rodadas sobre la nieve de la calzada nos dimos cuenta de que no había ningunas, salvo las nuestras, que fuesen recientes. Las otras databan como mínimo de dos días atrás, y desde entonces no había pasado nadie. ¿Qué clase de carretera era aquella que no veía un coche en dos días seguidos? Sonará fantástico, pero parecía como si hubiésemos cruzado inadvertidamente hacia otra dimensión del universo a través de algún hueco en la sustancia del espacio-tiempo o por algún engaño de la materia; como si estuviésemos contemplando un escenario, como si el paisaje que nos rodeaba, con aquella apariencia tan irreal, no fuese más que un decorado. Incluso el aire estaba absolutamente inmóvil; pese a la proximidad de las montañas no soplaba ni una brizna de viento…
Pero dejando las fantasías aparte, ¿cómo era posible que nadie condujese a lo largo de esa parte del emblemático anillo islandés? ¿Dónde estaban los camiones con mercancías para los habitantes de Egilsstadir? Alguien tenía que suministrar las cocacolas y los condones al supermercado, ¿no? –razonábamos Benito y yo–. Y el correo, ¿es que nadie lo llevaba a los pueblos y granjas de la zona? Mas en este punto nos interrumpimos. Espera un momento –le dije–: ¿cuáles pueblos y granjas? Entonces escudriñamos el mapa que teníamos extendido sobre el capó y nos miramos el uno al otro; no hizo falta que nos dijésemos ni una palabra: en los pasados cuarenta quilómetros y los próximos cincuenta no había lugar habitado alguno. Los únicos puntitos indicando vida por aquel cuadrante de la isla estaban sobre la línea de costa, a lo largo de la cual discurría una carretera secundaria. Esto nos hizo comprender que cualquier tráfico que pudiese haber por aquella parte de la isla no tomaría por la ruta 1 que tan lógicamente creíamos haber escogido nosotros, sino por aquella otra carretera secundaria, que es donde había seres humanos, supermercados que aprovisionar, estafetas de correo donde hacer entregas y gasolineras a las que proveer. Así, pues, ¡nadie circulaba por aquí! ¿Era seguro continuar?
Por desgracia, ya habíamos perdido mucho tiempo a causa de la ventisca del primer día y los problemas del coche; llevábamos retraso con respecto a nuestro programa inicial y no podíamos permitirnos –salvo que no hubiera otro remedio– dar la vuelta, desandar lo andado esa mañana y coger la otra carretera, que además era bastante más larga porque trazaba el contorno de la costa con sus fiordos. Por otra parte, insistíamos en creer que las autoridades no podían dejar de limpiar y dar mantenimiento a la ruta 1 por muy inhabitada que estuviese en aquel tramo. De hecho, hasta entonces la nieve que habíamos encontrado era compacta sobre el asfalto (muy castigado por los fríos) y se dejaba transitar francamente bien. De manera que subimos al coche y decidimos continuar en la misma dirección que traíamos. Si más adelante la cosa se ponía demasiado fea –dijimos– estábamos a tiempo de regresar, que desde luego sería mejor que quedarnos atascados en una carretera donde no se esperaba el paso de ningún ser humano quizá en varios días.
Y no habríamos avanzado otros quinientos metros cuando, ¡plof!, sin darnos tiempo siquiera a reaccionar pasamos por sobre una de aquellas fatídicas dunas, tan indiscernibles (cegador blanco sobre blanco) de la nieve compacta. Ni muy extensa ni muy profunda, por suerte no había llegado a atraparnos, pero frenó al coche casi hasta detenerlo y eso fue suficiente para ponernos en alerta. Aunque sin confesárnoslo, ambos retrocedimos mentalmente a la ventisca del primer día y se nos vinieron a la memoria las desagradables emociones: la angustia, el viento, el frío y el miedo…
Continuamos la marcha, pero ya mucho más despacio. Estábamos cada vez a mayor altura y eso significaba que era probable encontrar más y mayores dunas, pero pensamos que si conducíamos con el cuidado suficiente y no cometíamos ningún error, ningún problema serio nos amenazaba. Además, el puerto que habíamos de salvar no estaba mucho más adelante; tan sólo unos pocos quilómetros; y una vez pasado ya sería todo más fácil, pues las dunas no son tan temibles cuando se cogen cuesta abajo.
Y tal como habíamos supuesto, pronto nos encontramos con la siguiente. Como íbamos muy despacio nos dio tiempo a detener el coche a un par de metros de distancia, y salimos a estudiar el terreno. Al contrario que otros parches de nieve, éste cubría toda la anchura de la carretera, así que no era posible rodearlo; tenía un espesor de medio metro y una longitud de aproximadamente ocho. Pequeño obstáculo, en apariencia, pero grande para nuestro minúsculo cochecillo. Si no conseguíamos superarlo, nos obligaría a abandonar nuestras expectativas para ese día y rehacer por completo nuestros planes de viaje. Pero la mañana era joven, aún teníamos la moral en buena forma y parecíanos que unos pocos metros cúbicos de nieve no podían ser un problema demasiado serio, de modo que nos pusimos a trabajar.
Apartando la nieve de la carretera

Con los pies apartamos la nieve a ambos lados hasta despejar un camino por el que pensamos podía pasar el coche. Después salté al volante y lo dejé caer unos sesenta metros, con objeto de ganar una inercia que sería esencial cooperadora para salvar el obstáculo. Era el momento de la verdad. Entonces metí primera, pisé el acelerador a fondo y me lancé hacia delante a todo lo que daba el coche. Al entrar en la duna, y aunque había ganado una buena velocidad, la nieve deceleró mi marcha como si estuviese conduciendo sobre arena, y por un momento, donde el espesor que había quedado era mayor y los neumáticos perdían apoyo, parecía que el íbamos a quedarnos atascados; pero por suerte el impulso que llevábamos fue justo lo necesario para rebasarla, y finalmente me vi al otro lado sobre terreno firme.
¡Prueba superada!

¡Habíamos superado la prueba! Gritos de júbilo. Ahora bien, si cada una de estas dunas iba a costarnos quince minutos de tiempo no llegaríamos a lo alto del puerto antes de que se echara la noche encima, de modo que aún no era prudente cantar victoria. Hacía falta que no encontrásemos muchas más como ésa, y ninguna mayor. Pero tuvimos suerte y se cumplió dicha esperanza, porque hasta lo alto del puerto ningún otro túmulo vino a estorbar nuestro progreso; el resto de la cuesta fue asfalto firme o nieve compacta. Justo arriba había una estación meteorológica al borde de la carretera, y paramos a hacernos algunas fotos junto a ella. Se nos ocurrió pensar que, muy probablemente, el técnico encargado de su mantenimiento sería la única persona que, como mucho una vez por semana, pasaba por aquel tramo de la Ruta 1.
Benito al pie del anemómetro

La cencellada se forma cuando las gotitas de agua subenfriada, arrastradas por el viento, se congelan instantáneamente al golpear un obstáculo más frío.

Pese a la mañana soleada, en lo alto del puerto hacía viento y mucho frío, así que en cuanto nos fotografiamos nos metimos al coche y emprendimos la bajada. Pero sólo cien metros más adelante, tras doblar la primera curva, tuvimos que parar de nuevo, aguantando la respiración y boquiabiertos ante la vista espectacular, sobrecogedora, que se abría bajo nuestros pies. Dudo que un astronauta, ante la cercana contemplación de un planeta nuevo y extraño, pudiera sentirse más desconcerdado y perplejo, más estupefacto que nosotros frente aquella escena, el inmenso valle glaciar que se extendía a nuestros pies hasta el lejano océano, un paisaje de aspecto irreal, inmerso en una atmósfera azulada y tan densa que parecía poder tocarse.
Sobrecogedor valle glaciar

Era una imagen casi de ciencia-ficción, y nos impresionó vivamente. Alargamos el momento contemplándola, conscientes de que muy pocas veces en lo porvenir, o quizá nunca más, volveríamos a presenciar algo semejante. Éste era ese tipo de viaje que, como mucho, se hace una vez en la vida. Cuando, al cabo, recobramos el tono, continuamos el descenso hacia el interior de aquel inmenso y desnudo valle glaciar con el ánimo ligero, a sabiendas de que el puerto que acabábamos de remontar era el último de todo el viaje, y por tanto ya no quedaríamos atrapados en ningún fatídico túmulo de nieve. Cualesquiera que fuesen los nuevos peligros que nos aguardasen, al menos ya sería cuesta abajo y al nivel del mar.
Pero poco nos duró este ánimo jubiloso, porque el próximo problema nos acechaba a la vuelta de la esquina. Desde hacía un rato veníamos notando un ligero olor a quemado en el coche, aunque yo no le había dado mucha importancia pensando que acaso se debía al momentáneo sobrecalentamiento del motor cuando, rato atrás, habíamos acelerado para sobrepasar aquella duna; pero como el olor persistía no pudimos seguir ignorándolo y se hacía necesario comentarlo, pues hasta ese momento ninguno habíamos dicho nada para no empañar al otro su optimismo. Así que estudiamos las posibilidades. Desde luego no podían ser los frenos, porque apenas habíamos tenido ocasión de usarlos. ¿Quizá el embrague? Plausible, pero el olor no era el típico del kevlar quemado; se trataba de algo un poco más familiar; algo que puede uno oler en la vida cotidiana de vez en cuando…
¡El cartón!, exclamamos a un tiempo; el cartón que habíamos colocado en la parrilla para paliar la ausencia de termostado en el circuito del agua. Pero ¿cómo era posible que se hubiera calentado tanto como para chamuscarse? No tenía lógica; pero, en fin, no era momento de andarse con cuestiones teóricas; algo podía estar quemándose bajo el capó y había que averiguarlo sin dilación, de modo que paramos nuevamente y echamos un vistazo. ¿Cuántos contratiempos no habríamos de sufrir en aquel viaje?
En efecto, un débil hilillo de humo salía de algún lugar junto al radiador; pero en seguida vimos que no era el cartón lo que humeaba, sino el electroventilador. Se conoce que, con el traqueteo, aquél había ido desplazándose hasta que se metió entre las aspas de éste, inmovilizándolas; y al no poder girar, la corriente estaba sobrecalentando el bobinado del ventilador y quemando la laca que recubre al cobre. Eso era lo que olía: el barniz quemado. Había que actuar deprisa si no queríamos tener una avería mayor… en el supuesto de que estuviésemos a tiempo de evitarla. Teníamos que soltar los contactos del electro o bien liberar el giro de las aspas, pero ninguna de las dos maniobras era fácil sin herramientas, de las que –huelga decirlo– el Polo carecía. Los contactos estaban demsaiado apretados y poco accesibles; y por su parte el cartón, que era bastante resistente, se encontraba arrugado y medio roto, difícil de sacar de aquel lugar tan estrecho; de modo la operación nos llevó más de cinco minutos, pero cuando acabamos el ventilador seguía sin girar. ¿Habíamos actuado demasiado tarde?, ¿o es que durante aquel rato el agua ya se había enfriado y no requería el concurso del electro? No había forma de saberlo por ahora, pero era probable que a partir de ese momento estuviésemos en presencia de un nuevo problema mecánico: insuficiente refrigeración del motor.
Con cada día de viaje las cosas habían ido poniéndose más interesantes y difíciles. ¿Qué nos esperaba aún?

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When I woke up in the morning of our fourth day’s journey, the world seemed rather more hospitable a place than in the eve: there was a bright sun to cheer us up and news were good: Benito was already awakened and had taken the car to the workshop — right around the corner in the same block as the guesthouse. The mechanic had the spare part in stock and the Polo would be ready in half an hour.
Meanwhile, we had a jolly breakfast in the luminous lounge of the house, checking the weather forecast, planning our route for the day and basking in the sunrays that came in through the big window panes fiercely litting the premises. The worst part of the road was already past, we guessed. The highlands of the north were left behind and, but for around the first fifty kilometres that morning, the rest of our little odyssey was to run almost entirely at sea level and to windward of the not-so-cold southwesternly weather; and both factors strongly minimized the possibility of coming across what we had, by then, already identified as our worst enemy: the snow dunes on the road. The meteorological service predicted partly cloudy skies until before dusk, and then two snowfalls: a light first one and a heavier second one. But we weren’t much worried about them: in the south of the country — where we would be driving to — there was more life, villages and choice of accomodation; we had already spotted three alternative youth hostels in the map (the only affordable lodgings for us) where we could spend the night, depending on the weather and our progress on the road.
So, once our things were packed, we picked the car from the mechanic and set off, leaving the bill to the rental company. After all — we chatted — it hadn’t been that bad, meaning it could have been much worse if that crappy vehicle had broken down in the highlands, the middle of a blizzard or simply on a holiday’s eve, when no mechanic would be available the next day. Reasoning this way, and though psychological or emotional damage is impossible to evaluate, we decided to not pay a damn crown for the car rent. Whether or not this was fair might be discussed, but no doubt if we sued the rental company we’d win the case and that would be much more expensive for them.
Thus comforting ourselves we turned our backs to Egilsstadir and, boldly confident in the logic of things, retook our itinerary: Road #1, to which we should trustily stick, as we deemed it to be the main route–if only one–that had to be serviced, cleaned and maintained in Iceland.
In any case, it was undoubtedly an awesome road. As we started driving up the hills and into the mountains, we were fully captivated by the scenic views and bare wilderness, the black & white puissance of this God-forgotten region and the many hues of those icy moonscapes. There was a disquieting something in the solitude of that gravel road that, in the distance, seemed to merge into the surrounding terrain, swallowed up by it.

The road seems to face away into the ground

But wait a second… did I say solitude? Hmm… Certainly the road was strangely solitary for being the main Icelandic route. Since the beginning of our trip–and that was four days ago–we’d always been seeing some traffic, and even during a Sunday along the beautiful Nothing we’d come across a car once in a while; but now? For half an hour after leaving Egilsstadir we hadn’t seen a living soul. Maybe we’d skipped some sign and mistaken the road? But no: soon after this thought a notice by a detour (to what kind of winter hell could that trail go?) confirmed us that there had been no mistake; this was road #1. Yet not a vehicle could be seen as far as our sight reached.
We stopped and stepped off the car for a moment: examining the road we realized there weren’t even recent wheel tracks on the snow; probably nobody had come this way for the past couple of days. Fantastic as it seems, it was as if, by some trick of the matter or through a gap in the time-space substance, we had unnoticedly crossed to another dimension of the universe. Even the air didn’t stir: despite being close to the mountains, there wasn’t the slightest blow of the wind… Of course it’s a fantasy, but otherwise, how was it possible that in this region no one would drive along the popular Icelandic ring road? Where were the supply trucks? Somebody had to carry the cocacolas and the condoms to Egilsstadir’s supermarket, right? Or what about the postman? Somebody had to deliver the mail to the villages and farms on the way, true?
But then… which villages and farms? We checked the map, then stared at each other without saying a word: there was not a single black dot in around seventy kilometres, the only ones being on the shoreline, along a secondary road. Only then we understood: any possible traffic between Egilsstadir and the south would necessarily take that road–no matter how secondary–along which humans live; there, and not here, are the supermarkets, post offices and petrol stations. Nobody drove through here! So, was it safe, after all?
We pondered about it for a few minutes thus: we had lost much time the first day with the car problems and bad weather; we were behind our projected schedule and couldn’t afford–unless strictly necessary–to turn round, drive back and take the coast road, much longer as it traced the contour of all the fjords. Besides–what the hell?–after all this was Route Nr. 1 and it had to be cleaned by the snowploughs. Actually, despite its loneliness, thus far the snow was packed down and easily drivable. So we decided to carry on, still optimistic and light hearted. If worse came to the worst, we could always turn back. But we hadn’t gotten five hundred meters far when, zouf!, without even realizing it we passed over one of those dreadful snow heaps, blended into the terrain; it was not too large or too deep, but enough to check our speed to almost a halt, and certainly more than enough to put us instantly on the watch. Though we didn’t admit it to each other, both our minds instinctively went back to that blizzard the first day: the anguish, the wind, the cold and the fear…
We drove on, yet much more slowly. Because the car was going uphill we were quite likely to come across more and bigger mounds, so extreme care was to be taken and no mistakes, unless we wanted to get stuck in a road where not a man was probably coming in days. Fortunately the mountain pass was only a few kilometres ahead, and once beyond that point driving downhill would be easier, at least as to the snow.
As predicted, we soon came to another snow mound. Halting before it we jumped off the car to consider our chances. It covered the full road’s width (so there was no circling it), was about half a metre deep and eight metres long. This meant, if we couldn’t cross it we’d have to give up on our expectations for that day and totally redo our plans. But the morning was fine and our spirits high, so a few cubic metres of snow didn’t seem a big problem. We set to work, kicking it to the sides with our feet until we made a way through wich the car might pass; then I jumped in and backed around sixty metres, because momentum would be essential to overcome the dune. Then I put first gear and sped up towards it.
Kicking the snow away

Despite the car had gained a good speed, upon hitting the mound’s remaining snow we were checked as if driving on sand — and for a moment, where the layer was deeper, as the tyres lost grip of solid ground it seemed we’d came to a halt. But the car’s momentum was about just enough to surmount the dune, and finally I saw myself at the other end of it. Wow!!
Test passed!

Now we only hoped not to find another one like this, leave aside any larger, because, though the whole thing hadn’t take us longer than twelve minutes, if we were to get over several other snow heaps dusk would come before we got to the pass. And we were lucky!, our hopes were carried out and we saw no more of those. We kept going uphill on a firm road and, at its highest, we stopped for taking a few shots by a meteorological post that was placed there. Probably–we thought–the maintenance guy was the only person who, perhaps once a week, ever drove that road.
Benito by the anemometre

Rime appears when “underchilled” droplets, pushed by the wind, instantly freeze when touching a colder obstacle

And only one hundred metres further, after the first turn of the road, we stopped again holding our breath at the spectacular sight that was offered to our sight. I believe no astronaut who’d set foot on some new and strange planet would feel more bewildered and astonished than we did while beholding that unreal scene–the inmense glacier valley that stretched at our feet to the distant ocean–submerged in an bizarre, blueish atmosphere so dense it might be touched, as if it were a theatre set.
Breathtaking glacier valley

When we collected our breath again and were able to close our mouths (so strong was the impression this science-fiction scene made on us), we returned to the car and drove on. That mountain pass had made us happy not only for its beauty, but also because, being the very last we had to cross, it meant a practical end to the snow dunes, our main apprehension. From then on everything would be downhill or sea level.
Our merryment, however, didn’t last long. For the past while inside the car we had been smelling something like burnt, though at first we didn’t pay heed thinking that maybe the engine had got a bit overheated when revving it a while ago; but as it didn’t go away, it had to be something else. Not be the brakes, for sure, which we hadn’t almost used. Rather the clutch, but… that wasn’t the typical smell of burnt kevlar. It was something more familiar; something you could scent at home every once in a while, like… like burnt paper. The cardboard!, we both shouted at the same time. The piece of cardboard we had put on the grille three days before for minimizing the heating system problem. But how could it possibly have got so hot?Well, it was no moment for theoretical questions; something was burning under the hood and we had to see to it inmediately.
We stopped for taking a look: a feeble smoke was coming from the radiator, but it wasn’t the cardboard as we had thought; it was the fan. As we found out, with the joltings the cardboard had shifted between its blades preventing it from spinning, and the current had heated up too much the stator’s copper winding, burning its lacker. It was essential to remove the cardboard as soon as possible, but as it was crumpled and half broken we wasted five minutes, and by the time the fan was set free it wouldn’t move any more. Had we been too late? Or the engine had cooled down during those five minutes and didn’t need the fan any longer? It was hard to know, but probably now we had to deal with a new problem: no cooling. Things were certainly getting more and more interesting.

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Episode 3: The beautiful Nothing

 
Antes de comenzar el viaje, al preguntar en la oficina de turismo de Reikjavik qué había entre Mývatn y Egilsstadir (o sea el cuadrante nordeste de la isla), sin pensarlo un momento el empleado nos contestó: Nada, y al cabo de unos segundos añadió: pero es una Nada muy hermosa. Bueno, pues ahora nosotros estábamos a punto de comprobarlo, y deseando hacerlo.
Era una esplendorosa mañana de sol cuando nos pusimos en camino hacia esa hermosa Nada. La chapucilla mecánica que le habíamos hecho al coche parecía lo bastante efectiva como para mantener al motor a una temperatura de funcionamiento razonable pese al frío, y esto bastaba para conservar medio templado el habitáculo; siempre y cuando, claro, no tuviésemos que afrontar nuevas ventiscas ni otras luchas contra la climatología.
En estas condiciones pasamos las primeras horas, conduciendo a través de nevados paisajes donde los cristales de hielo reflejaban el sol con violento fulgor, multiplicando su luz, resplandeciendo en un millón de destellos. Como junto al lago Ljóavatn, por ejemplo.

Ljósavatn

Otro lugar impresionante, espectacular, es Godafoss, palabra islandesa que significa catarata de los dioses. Y bueno, qiuzá los dioses de Islandia tengan preferencia por los parajes siniestros y sombríos, pero la verdad es que, para nosotros, este lúgubre rincón del mundo, que evoca una fantástica edad del hielo, habría merecido mejor llamarse catarata de los demonios.
Godafoss, las fauces de un infierno helado

Y he aquí otra de las escenas, extrañas y hermosas, con las que el invierno en Islandia puede siempre sorprender al espectador. Se trata de una vista del deshielo en un curso de agua, donde es difícil hallar una referencia. ¿De qué tamaño son los bloques? ¿Tienen un metro o un decámetro?
Comienza el deshielo

Esto parece una nebulosa de ficción contra el cielo nocturno

O como estas curiosísimas, caprichosas esculturas de nieve, que se forman con el polvo de hielo al soplar el viento a través de los barrotes del barandal. Con ellas bien podría hacerse un estudio aerodinámico.
El viento moldea la nieve en caprichosas formas

Ya pasaba del mediodía cuando llegamos al lago Mývatn, en una región volcánicamente activa en la actualidad (de las que hay varias en Islandia), que alberga unos cuantos cráteres, aguas termales superficiales y, lo más interesante, algunas áreas donde la tierra se nota caliente al tacto y despide vapores y humos azufrosos.
La superficie helada y nevada del lago Mývatn, con un cráter al fondo

Esta de arriba contrasta con la de abajo, un lago humeante que se encuentra a sólo unos quilómetros de distancia. Además de una central términa no contaminante, hay junto a él un pequeño complejo turístico; pero no hay que pagar ni un duro para darse un baño caliente en este entorno natural indescriptible.
Planta energética geotérmica en un lago de aguas esmeralda

Por desgracia, llevábamos el tiempo un poco ajustado y, si queríamos recorrer toda la isla en sólo una semana como planeábamos, no podíamos entretenernos aquí porque ya se  nos iría la tarde.
Junto a los paisajes anteriores, otros de inmaculada belleza, en los que tan pródiga es esta isla. ¿No transmite una casi irresistible serenidad este lugar?
A este lo bautizamos como “el lago de la serenidad”

He aquí la tierra humeante de la que antes hablaba, donde la nieve nunca llega a cuajarse debido al calor del suelo.
Tiera humeante

En esta parte de la carretera anular, yendo en el sentido de las agujas del reloj, el pequeño complejo turístico del lago Mývatn es el último enclave habitado –y quizá habitable– sobre esta hostil isla volcánica de geología única en el planeta; y resulta impresionante el contraste que se experimenta entre la blanda tierra y las amables aguas cálidas de las proximidades del lago, por un lado, y los yermos, rocosos y desolados páramos que se extienden más allá: son ciento setenta y cinco quilómetros desiertos, sin más que lava, nieve, rocas y témpanos: esto es la hermosa Nada; la sobrecogedora belleza de un desierto helado.
La hermosa Nada

Y fue en esta hermosa Nada donde tuvimos nuestra cuota de aventura ese día.
Según avanzaba la tarde, el cielo iba nublándose y oscureciéndose. El casi infalible Servicio Meteorológico islandés había pronosticado alguna nevada débil en la región, aunque las zonas más altas son muy impredecibles; y como la mayor parte de la carretera en este cuadrante discurre por tierras altas, a medida que avanzábamos íbamos inspeccionando lo más detalladamente posible las curvas de nivel en el mapa con objeto de identificar los puertos y saber dónde habría más peligro de ventiscas. Vigilábamos cada metro de subida o bajada, temerosos de que nos cogiera otra nevasca como la del primer día o, simplemente, de quedarnos atrapados en algún montículo de nieve apilada por el viento, sobre todo teniendo en cuenta que, al contrario que el primer día, este tramo no tiene casi ningún tráfico. Muy pocos islandeses se aventuran a pasar por aquí, ya que aquí nada hay; y no podríamos, pues, contar con ninguna ayuda en caso de problemas. Perspectiva poco halagüeña, pues quedarse atascado en mitad de la Nada (por muy hermosa que sea) en tales circunstancias podría tener muy desagradables consecuencias.
Dos días atrás habíamos aprendido una lección de extrema importancia: por regiones muy frías se debe repostar siempre que se pueda, llevando el depósito lo más lleno posible. Así, si uno se ve obligado a pasar la noche en la carretera, puede al menos calentarse con el motor hasta que llegue algún rescate. Pero en esta ocasión fue otro problema el que  nos surgió, y de él extrajimos también la correspondiente enseñanza, como se verá.
Hielo, roca y agua, los únicos amos de esta tierra

Sabíamos que teníamos que pasar por dos puertos de montaña, aunque no supiésemos a ciencia cierta sus altitudes. Cuando nos acercábamos al primero, el viento empezó a arreciar y a pulverizar la nieve del terreno sobre la carretera, a rachas que semejan una tormenta de arena, lo cual ofrece siempre un espectáculo tan imponente a la vista como escalofriante al espíritu; y pronto empezamos a encontrar los consabidos montículos de nieve en algunas partes del firme, aquí y allá. Cada vez que uno de éstos se interponía en nuestro camino se nos encogía el corazón, pues bien habíamos aprendido a temerlos en nuestro primer día de viaje. Lo que los hace tan temibles no es tanto su tamaño o extensión, ya que a menudo no cubren todo el ancho de la carretera y puede hallarse algún paso, sino su impredecibilidad: pueden formarse y aparecer en cualquier parte, a la vuelta de una curva, en un tramo de niebla o detrás de una racha de viento cargada de nieve. En condiciones de luz muy difusa, como es frecuente cuando está uno inmerso en una densa nevada, las formas cubiertas por este blanco elemento pierden todo relieve y, aunque parezca increíble, no pueden distinguirse a la vista en absoluto; el ojo se queda sin referencias, como una sobrevenida ceguera: si no es por el tacto, no hay modo de saber qué está cerca o lejos, cuán alto es un cúmulo de nieve, qué hay detrás o delante, qué ondulaciones tiene el terreno; incluso ni siquiera se conoce la frontera entre el suelo y el aire, dónde acaba el elemento gaseoso y comienza el sólido; todo lo que el ojo puede percibir es una cortina blanca uniforme. Es la ceguera de la nieve. Y esa es la razón por la que no hay foto de este momento.

Tras un largo rato de angustia conduciendo de esta guisa, sentimos no poco alivio al advertir que ya íbamos cuesta abajo, y lo celebramos con chistes y nerviosas risas de júbilo: el primer puerto quedaba atrás. Sólo nos quedaba uno por salvar, y después alcanzaríamos la costa y con ella, presumiblemente, el final de nuestro cupo de aprensiones para ese día. El segundo puerto era, además, menos alto que el primero, y aunque no supiésemos cuánto ni nos fuera posible hacer un pronóstico sobre su estado, estadísticamente al menos las probabilidades de encontrarnos allí con problemas eran menores.
Y parece ser que tal aproximación estadística fue, al menos por esta vez, acertada, porque sobrepasamos el puerto sin mayor contratiempo, aunque sólo pudimos respirar verdaderamente aliviados cuando, por fin, vinos el azul oscuro del mar tras una curva. Entonces sí que dimos pábulo a nuestra alegría.
Pero no nos duró mucho, porque fue entonces cuando un chivato rojo se encendió en el salpicadero advirtiéndonos de que algo importante acababa de estropearse en aquel astroso cochecillo; era el chivato del alternador indicando falta de carga. Probablemente se había ido la correa, en cuyo caso el suministro eléctrico para las luces y las bujías se tomaba de lo almacenado en la batería, que, no teniendo cómo reponer su carga, empezaría a agotarse inexorablemente. En otras palabras: a partir de ahora el motor funcionaría sólo durante un período de tiempo bastante limitado, hasta que la batería se descargase del todo. A partir de ahí, el silencio, la oscuridad y el frío serían los únicos señores. Una perspectiva muy poco halagüeña.
Ahora bien, ¿a cuánto ascendía ese tiempo bastante limitado? Estimé que entre quince minutos como poco y una hora como mucho, pero no supe hacer un pronóstico más preciso. Para aquella tarde habíamos proyectado llegar a Reydarfjördur, donde hay un albergue de precio asequible; pero eso quedaba aún a cincuenta quilómetros de distancia, lo cual, al lento ritmo impuesto por las condiciones climáticas y por la carretera significaba cerca de una hora. Podíamos arriesgarnos, pera era demasiado azaroso; quizá no pudiésemos llegar tan lejos, si la batería se nos agotaba antes; y entonces sí que tendríamos un serio problema, Houston. De hecho, concluimos que nos podíamos dar con un canto en los dientes si el asunto nos daba para llegar a la localidad más cercana, Egilsstadir, a unos quince quilómetros. Así que eso resolvimos.
Para mejor garantía de alcanzar esta cercana meta, y pese a que el crepúsculo se aproximaba por el este, optamos por apagar las luces de posición, ahorrándonos así algo de fluido eléctrico; y de este modo precario condujimos, con el ánimo sombrío; esperando la suerte y preparándonos para el infortunio.
Lo primero llegó antes; la suerte, quiero decir, pues al cabo de quince minutos cruzábamos ya el puente de Fellabaer y enfilábamos la recta que lleva hacia las luces de Egilsstadir. ¡Estábamos a salvo!
Ahora bien, nos quedaba aún por saber dónde íbamos a alojarnos y cómo repararíamos el coche el día siguiente. Aun a riesgo de no poder volver a arrancar el motor, dado el fuerte tirón de corriente que necesita el arranque, aparcamos junto a un supermercado para echar un vistazo bajo el capó y valorar los daños. Nos bastaron cinco segundos para confirmar la avería: el alternador había perdido la correa por el camino. No pudimos evitar hacer ciertos cálculos: a juzgar por lo cochambroso que estaba el coche y teniendo en cuenta lo mucho que el frío preserva al caucho, quizá no habían cambiado la correa en los últimos… ciento cincuenta mil quilómetros; más aún: quizá no la hubiesen sustituido nunca en la vida del vehículo. Era una inaceptable falta de responsabilidad por parte de la compañía de alquiler, aunque fuese la más barata del país. Esto nos cabreó tanto que hasta consideramos la posibilidad de dejar el coche en una cuneta; en cualquier caso, se imponía una conversación muy seria con el encargado, si no una denuncia en toda regla.
Mientras tanto, nos acercamos hasta la gasolinera del pueblo para preguntar por algún taller mecánico y también algún alojamiento. Aquí nos sonrió la suerte, pues a sólo tres minutos había dos hostales y dos talleres. Mirando las cosas objetivamente, había que admitir que habíamos sido afortunados, ya que Egilsstadir resultó ser el único pueblo con servicios en trescientos quilómetros a la redonda; si había un lugar donde podíamos encontrar mecánico y piezas de repuesto, allí habíamos ido a parar. Dadas las circunstancias, no se le podía pedir más a Fortuna. Aunque se nos había chafado el plan original de viaje, al menos habíamos salvado el día.
Cuando hablamos por teléfono con el dueño del coche, en vista de nuestra indignación aceptó pagarnos el alojamiento aquella noche, que era en realidad lo menos que podía hacer. Con este asunto resuelto, y encontrado que hubimos uno de los talleres del pueblo (casualmente, justo en las traseras del edificio donde estaba nuestro hospedaje), ya pudimos dedicar el resto de la tarde a nosotros mismos. Cenamos una sabrosa y nutritiva sopa de champiñones, nos dimos una larga caminata por la carretera (sin cruzarnos con un sólo coche, lo que daba una idea del escasísimo tráfico en esa parte de la isla) y nos tomamos una merecida cerveza en la limpia y ordenada quietud de nuestro albergue, tras comprobar que el único bar abierto del pueblo estaba desierto.
Pese a los momentos de aflicción pasados y el fastidio de no haber podido visitar Eydarfjördur como teníamos proyectado, no podíamos dejar de felicitarnos por lo bien que habían ido las cosas y por nuestra relativa suerte.

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On asking the employee in the Reykjavik tourist office what there is between Mývatn and Egilsstadir, i.e. the upper leftt quarter of the island, he had quickly replied: Nothing; and then added: but it’s a beautiful Nothing. And it was a splendent sunny morning when we set forth for this beautiful Nothing.
Though far from being perfect, the repair job we had done to the car was effective enough to keep the engine at a reasonable temperature despite the cold outside, and this sufficed to keep us reasonably warm inside–as far as there were no blizzards nor fights against the snow. In this way we drove for some hours throughout whitey landscapes, the ice crystals reflecting with violent radiance and one million shines all the light of the gleaming sun above.

Ljósavatn

Godafoss means waterfall of the gods. Well, perhaps the Icelandic gods have a preference for dreary and sinister whereabouts, but to us this dismal ice-age corner of the world could have rather been named waterfall of the demons.
Godafoss, the ice hell-mouth

Oh!, sorry: this is an old picture of the same place, I confess. But I don’t want to cheat on the reader. By the time we arrived to Godafoss this day, this is more how it looked:
Godafoss under the sun

Icelandic winter never stops surprising the beholder with bizarre exhibitions:
Spring thaw

Fanciful snow shapes worked by the wind

Ice nebulose

It wasn’t until mid afternoon that we arrived to the active volcanic region of lake Mývatn, with its craters, steaming grounds and geothermal waters. At this time of the year, the lake is frozen.
Lake Mývatn (snow covered) and a crater behind

But only at some kilometres’ distance we found quite a different type of lake, steaming and perfect for a bath in a natural hot-tub:
Geothermal emerald-blue lake and power plant

And in Iceland there is always natural beauty beyond every turn of the road:
The pond of serenity, as we baptised it

Also we saw some shows of the power underneath:
Steaming ground, hot to the touch, never covered by ice

Along the Ring Road, driving clockwise, lake Mývatn resort is the last enclave Icelanders have gained to the hostile volcanic island; and there is a dramatic contrast between the life-rich soil and warm enjoyable waters, to the west, and the barren, desolate stony highlands that lay beyond, to the east: one hundred miles of just lava, snow, rocks and icy waters: the beautiful Nothing. The inmense grandiosity of the white desert.
The beautiful nothing

And it was in this beautiful Nothing where we had our share of adventure that day. As the afternoon was going by, the sky got darker and cloudier. The infallible Icelandic Weather Service had forecasted some light snowfall for the region, and as most of the road runs along highlands, while driving we pored over the mountain passes in our map, accounting every single metre we gained in altitude, afraid of being caught in another of those terrible blizzards like our first day, or simply afraid of getting trapped in any of the many sudden snow heaps along the road. Taking into account that virtually no trafic goes that way, getting stuck in the middle of nothing (no matter how beautiful this Nothing is) could have tragic consequences. Well, at least we had learnt a vital lesson two days ago: to always drive with a full tank in chill weather, so as to, in the case of an accident forcing us to spend the night onto the wild, we could at least leave the engine running and thus have some heating.

There were two passes we had to go past, though we didn’t know exactly how high, our map not providing detailed information. When approaching the first, the wind got stronger–as expected–and we saw again the awesome but dreary sight of dry snowdust blown across the road, and soon we came by the first snow heaps on the road shoulders, when not right in the middle of the pavement, which shrunk our hearts every time. What makes them so fearful is not so much their size or scope–as most of them sit on one side of the road and cars can drive past the mounds pulling to the other side–but their unpredictability: you can find them anywhere: round a bend, behind a foggy stretch or–the easiest–camouflaged with the rest of the white or even the snowfall itself: in conditions of very diffused light, shapes totally lose their reliefs and our sight can’t have any reference; it’s like becoming blind, our sight sense gets completely fooled and all our eyes can perceive is a uniform depthless curtain.

Ice, rock and water, the only masters of this land

And, as such was the case, for an anguished while we drove with extreme care, and our nerves only got some relief when we noticed the car was rolling downhill, which meant less chances of back luck. So we congratulated ourselves and felt in the mood for even joking. First challenge passed! Now if we could only get over the next mountain pass, the worst stretch of the evening–and our fears for that day–would be gone, because after that there was the coast, with better temperature and way less dangers. Or so we thought, at least. Also we had some reason for optimism, because–according to our map–the next pass, second and last one of the day, was lower than the first. And indeed we drove it without any further drawbacks; so when we finally saw the dark-blue ocean after a turn of the road we really gave vent to our relief, celebrating our success with almost hysterical expressions of joy.
But this wouldn’t last long, because soon afterwards an indicator in the dashboard started flasihng red, telling us that something important had got broken again in that crappy Polo: it was the alternator lamp, meaning it was not generating electricity. When this happens, the only electrical supply for the car lights and engine spark plugs to work comes from the the power accumulated in the battery, but as this is not getting recharged, there is only a limited time for everything to keep running before–once the accumulator gets drained–total comma of the car occurs; and then comes the freezing cold, and darkness befalls…
And how long is this limited time? We didn’t know. My guess was: no less than fifteen minutes and no more than one hour; but really, no clue. Our scheduled destination for that day was Reydarfjördur, where there is an affordable youth hostel; but that town was fifty kilometres away, which–considering the slow average speed we could make on such roads–meant a one hour drive, more or less. We might risk it, but it was too hazardous, as we didn’t have any guarantee the battery would last that much. So, we ought to give up on Reydarfjördur. Actually we’d be lucky if we just could get to the nearest town, Egilsstadir, around fifteen kilometres from our position. So we switched off the headlights–despite dusk was getting closer–lest they helped drain the battery too fast, and we gloomily (pun intended) drove on, yet hoping for the best.
Fifteen minutes later we were crossing the bridge in Fellabaer and headed the long straight leading to the street lights of Egilsstadir. We were reasonably safe for that evening.
But what then? Deliberating about our next steps on a running engine meant wasting precious electrical watts we might need afterwards; but on the other hand, stopping the engine might mean even more watts later on, as every time you trigger the starter it sucks the battery badly. Whatever we were to do was to be decided now, without delay. So, well, we pulled the car by a supermarket’s lot and stopped it there, took a look under the hood and needed only five seconds to spot the breakdown: the alternator belt was gone. Considering how long cold climates preserve belts’ rubber, the thought came to me that it probably had not been replaced for over at least one hundred thousand miles; actually, perhaps it had never been replaced during the whole car’s lifespan. How irresponsible! We were totally mad at the company, and our first impulse was to dump the car to the ditch and leave it there. Definitely, some very serious talk with the manager was required, if not a full denounce in the nearest police station.
On the other hand, looking at it from a positive perspective, we have to admit we had been very lucky. According to our travel book, Egilsstadir was the service town for east Iceland. So, if there was a place where we could find a mechanic and spare parts, it was Egilsstadir. Therefore we had had the breakdown in the best possible spot of the road that day (if there is any good spot for a breakdown). And indeed, when we walked to a nearby petrol station, the tender told us that there were two guesthouses and two car workshops at a three minutes’ walk from there. Yes, that was lucky, and we couldn’t have asked for more. One of the guesthouses was located in the same building as one of the workshops; so we took a room and telephoned the rental car guy, who upon our complaints agreed on paying for our accomodation that night (and of course the repair); which was the least he could do, honestly.
Thus arranged, and though a bit frustrated for the dire straits we had gone through, we devoted the rest of the evening to tranquilly enjoying ourselves the best we could. We first ate a tasty and nourishing mushroom soup for dinner, then took a very long walk along the road in the still night, and finally drunk a couple of well deserved beers in the clean quietness of our room, after popping in and out the local bar, which was desertic. Despite all and the nuisance of not being able to visit Eydarfjördur, we couldn’t stop congratulating ourselves for our really good luck. Another relatively happy end to an eventful day.

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