Touching heaven.

[:es]Santo Domingo de Silos ha sido inolvidable y difícilmente superable. Poco imaginaba yo, cuando decidí pernoctar ahí, cuán recompensado me vería. El pueblo recogido y entrañable, el entorno natural e inmaculado, el ambiente de sosiego y silencio, el vecindario campechano y noblote, el clima idóneo… No ha habido una sola nota discordante en la melodía.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.
Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.

La misma tarde de mi llegada, ya anocheciendo, salí a reconocer los bares y procurarme algo de cenar. Tanteé dos o tres, hasta que di con el restaurante. La señora estaba cenando sentada a una de las mesas y, nada más verme entrar, me preguntó: “¿qué quieres, hijo?” Le dije que quería cenar y me ofreció el menú por diez euros. Sin sacarme una carta ni nada me iba preguntando, al estilo madraza, qué me apetecía de primero y de segundo, qué de postre y de bebida; como en las pensiones antiguas o en los restaurantes de Galicia. Bueno, pues la sopa castellana y los huevos fritos con morcilla de Burgos, entonces. Me senté y, mientras ella fue a disponer lo necesario en la cocina, me alargó una botella de vino que -me dijo- habían dejado a medias los comensales anteriores. Me fascina esa España sin complejos ni remilgos, sin florituras a la francesa, que aún queda en algunas partes. Y cené como si estuviera en mi casa de cómodo y arropado. Imagino que yo no era el único en sentirse a gusto allí, porque el lugar estaba animado mientras que los otros restaurantes se veían medio vacíos. Había unos gabachos en una mesa vecina, y otros que debían ser holandeses o alemanes, por el acento. Había también alguna gente del pueblo o de las pedanías, porque conocían a la señora y a los camareros. Se respiraba una atmósfera cálida y familiar.
Al salir había refrescado bastante y, desde la calle, el restaurante se veía aún más acogedor, si cabe: como esas imágenes navideñas donde, en contraste con un paisaje nevado, se simboliza el calor de los hogares con la luz amarillenta que escapa de sus ventanas. El resto del pueblo estaba casi desierto; los otros bares cerraban ya sus puertas. La campana de la iglesia daba un cuarto cuando pasé junto al muro. Eran ya completas. Esa noche, arrullado por el borboteo del agua en las piedras del arroyo, dormí como un bendito. Mi último pensamiento antes de caer vencido por la fatiga fue la decisión de prolongar mi estancia un día más.
Y no muy lejos de donde reposaba yo mi cabeza debió reposar la suya, hace ya casi mil años, don Rodrigo Díaz de Vivar. Se dice que el Cid Campeador, en su destierro, pasó la primera noche en Silos; y según los documentos históricos parece ser también que conoció personalmente a Domingo Manso (el futuro Santo Domingo) cuando éste era abad del antiguo monasterio de San Sebastián de Silos. Si ambas cosas son ciertas o no, ahí lo decidan los historiadores, pero desde luego la leyenda contribuye mucho al misticismo del lugar.
En cualquier caso, está fuera de duda que Rodrigo Díaz poseyó heredades en lo que ahora es término de Peñacoba, una pedanía de Silos; y en busca de esa ruta, la del destierro del Cid, fui al día siguiente en peregrinación a Peñacoba por un antiguo y evocador camino que atraviesa un laberíntico paisaje calizo donde, a tramos, sólo crecen añosas y resistentes sabinas.
Por cierto que, al final, no pasé dos noches en Silos, sino tres. Estuve tan a mis anchas allí que no me decidía a marcharme. Los alrededores de Santo Domingo son tan pastoriles como el pueblo en sí, y al caminar por ellos parece como si eso que llaman progreso no hubiera llegado a este rincón de Burgos: construcciones de piedra, tejas de barro cocido, cercados con postes de madera, sendas de herradura, ganado bovino suelto. En algunos lugares, casi nada recuerda al visitante el siglo en el que vive… si no es por los coches.
Valle de Mirandilla.
Valle de Mirandilla.

En otra de esas rutas, al coronar un collado tras una prolongada y fatigosa subida, existe a un lado del camino, frente a la espléndida vista panorámica del escondido y puro valle de Mirandilla, una estela que tiene esta hermosa e inspiradora leyenda:
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.

Y, hablando de tierra brava, resulta que en este valle de Mirandilla se rodó, hace ya nada menos que cuarenta y seis años, la película “El bueno, el feo y el malo”, todo un clásico del spaguetti protagonizado por otro clásico que estos días acaba de cumplir ochenta y cinco; así que Clint Eastwood andaba por entonces rondando los cuarenta. Un chavalín.
Por estos prados se rodó
Por estos prados se rodó “El bueno, el feo y el malo”.

Reemprendí mi viaje una preciosa mañana, alegre, soleada y fresca del mes de junio; no sin lástima de decirle adiós al restaurante donde cenaba como en casa y a las otras virtudes de Silos. Pero largo es el camino y muchas cosas habrá en él que disfrutaré igualmente.
De Santo Domingo fui a Salas de los Infantes, un pueblo por el que había pasado ya un cuarto de siglo atrás, cuando recorrí el camino de Santiago en bicicleta con otros cuatro compañeros en uno de los viajes más inolvidables de mi vida; una de esas hazañas que forman el carácter y dejan huella indeleble en el corazón y en la mente.
En Salas de los Infantes.
En Salas de los Infantes.

Esta vez, sin embargo, Salas me hizo poca impresión. Comparado con los pueblos de los que venía; comparado con Silos, sobre todo, apenas le vi atractivo. Hice un par de compras y continué por la ruta que atraviesa la Sierra de la Demanda, camino de Logroño. Esa carretera no tiene desperdicio: es uno de los recorridos más variados e impresionantes que puedan hacerse; no sólo por los paisajes, que en ocasiones quitan el aliento, sino sobre todo por su autenticidad (atributo vago -me consta- y difícil de expresar, pero fácil de aprehender cuando se pasa por allí). Y es que aquellas sierras, aquellos valles y aquellos pueblos tienen algo de genuino, de original, que parece haberse perdido ya en muchos lugares. Es una región con carácter, con una personalidad que, quizá, sólo puede apreciarse cuando se compara con otras zonas rurales.
Me resultaría casi imposible, e inaceptablemente premioso, tratar de reflejar aquí con palabras todas mis impresiones, así que me limitaré a hacer algunos comentarios sobre los pueblos y parajes que más llamaron mi atención.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.

Barbadillo de Herreros, noble villa encajada en paisaje de austera y ejemplar castellanía, fue cuna de Francisco Grandmontagne, uno de los grandes desconocidos de la Generación del 98, a quien Primo de Rivera ofreció la embajada española en Argentina. El pueblo lo conmemora con una bonita frase: el insigne escritor que supo dignamente llevar, hasta muy lueñes tierras, la cadencia y bellezas del habla castellana.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.

Ubicado en plena sierra de la Demanda, entre robledales, tierras de cultivo y de pastoreo, Barbadillo es uno de esos pueblos que yo llamo “de la España sin complejos“, como lo atestigua este viejo letrero publicitario que, no obstante sus años, aún no ha sido víctima de pintadas por parte de la intolerante progresía.
barbadilloHerreros2
En el “centro” del pueblo, a ambos lados de la carretera, se miran frente a frente dos edificios a cuál más hermoso: uno, el “Ayuntamiento y Escuelas”, que además de ambas funciones aloja también el único bar de la localidad; otro, la vieja iglesia, de la que destaco este curioso altorrelieve sobre su puerta lateral:
tallaBarbadilloHerreros
A mitad de camino entre Barbadillo y Monterrubio de la Demanda tuve ocasión de admirar uno de los paisajes más puros y castellanos por los que he pasado en mi vida, un paisaje que reúne todos los elementos que definen aquella tierra: el matorral bajo, las verdes praderas, el ganado ovino, las arboledas, la sierra y, como nota que llamó mi atención, un parche de nieve en lo alto de la montaña que aún se resiste a los calores de princpios de junio. Es una vista que, pese a lo mudable de mi carácter, creo tardaría muchos años en llegar a aburrirme.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

La noticia de la abdicación del rey Juan Carlos I a la corona de España me cogió justo cuando me tomaba una cerveza en Canales de la Sierra, otro de los varios pueblos impecablemente tradicionales de esta ruta olvidada, gracias a Dios, por el turismo; no digamos ya por la fiebre constructora.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.

El municipio de Canales está ya en Logroño, que sigue siendo provincia profundamente castellana por mucho que quieran insistir en diferenciarla administrativamente. El pueblo, con apenas cien vecinos en verano, se encuentra nada menos que a 1050 m sobre el nivel del mar.
Casa consistorial de Canales.
Casa consistorial de Canales.

Un paseo por los alrededores de Canales sitúa al caminante en mitad de una vida tan rural como pueda encontrarse en España.
Escena campestre en el municipio de Canales.
Escena campestre en el municipio de Canales.

Y la obligada visita a la iglesia de San Marcos, una magnífica muestra del románico, lo invitará a meditar unos instantes bajo el umbrío y bello pórtico.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.

Pero si hubo un pueblo en esta etapa que me dejó sin respiración, ese fue Anguiano; más concretamente Las Cuevas, uno de sus barrios. Surge de repente, sin esperarlo, tras una curva de la carretera, y se ubica justo bajo un impresionante corte en la roca de la montaña que sirve, por derecho propio, como puerta a la sierra de la Demanda. Puerta en ambos sentidos: en el más literal porque es una angostura que asemeja el vano de una puerta o, más bien, la entrada a una muralla; y en el más figurado porque, a uno y otro lado del muro de roca, el paisaje cambia drásticamente: allí acaba de sopetón la sierra y da comienzo el valle del Ebro, la vegetación varía, los bosques terminan y el clima se torna notablemente más cálido.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.

Y justo al pie de ese cortado, escondido y protegido en una garganta del Najerilla, cruzando el espectacular puente Madre de Dios, se encuentra el barrio de Las Cuevas. Pues bien, ahí la Iglesia Católica tuvo las narices de construir una iglesia, al pie mismo de la roca, que da vértigo sólo de mirar hacia arriba a lo alto de la torre.
Iglesia San Pedro de Cuevas.
Iglesia San Pedro de Cuevas.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.
Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.

El puente que da paso  al barrio de Las Cuevas es una obra de arte, no tanto por su arquitectura, de un solo arco, como por su ubicación, ya que se apoya sobre la roca natural en ambos lados de la garganta y nada menos que a treinta metros de altura sobre las aguas del Najerilla, que pasa por ese estrecho rugiente y salvaje. No fui capaz de hacer una foto que captase adecuadamente la impresión.
Y en la otra orilla de Las Cuevas, pasando la dicha puerta natural, está Anguiano, el último de los pueblos bonitos de la ruta desde Santo Domingo de Silos (que nos parece ya tan lejano).
Anguiano visto desde Las Cuevas.
Anguiano visto desde Las Cuevas.

Así que, recorridos estos dramáticos parajes, estos pueblos vistosos cargados de personalidad, ¿quién se deja impresionar por Baños del río Tobia, por Nájera o por Cenicero? Ni siquiera Logroño, esa encantadora capital del vino y del tapeo, pudo hacer mella en mis sentidos aquella tarde, como no fuese en el estómago; porque, eso sí, en Logroño no se perdonan unos riojas y unos pinchos, que los hacen tan sabrosos como los afamados de Vasconia, si no mejores. Si bien es cierto -y que me perdonen los logroñeses-, que su bonita ciudad está, económicamente, medio conquistada por los vascos, quienes poco menos que la consideran suya. Como no despabilen, en una de estas movidas políticas se la quitan.

capítulo anterior | capítulo siguiente

[:en]Santo Domingo de Silos has been unforgettable and hard to beat. Little did I know, when I decided to spend the night there, how would I be rewarded. The snug and cozy village, the natural and pristine surroundings, the peaceful and quiet atmosphere, the hearty and courteous neighbours, the perfect climate … Not a singe discordant note in the melody.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.
Santo Domingo de Silos at sunset.

The afternoon of my arrival, I went out at dusk to check on the bars and get me some dinner. I pinged two or three, until I found the restaurant. The landlady was having dinner at one of the tables and, the moment I got in, asked me, “how can I help you want, son?” I said I wanted dinner and she offered me a menu for ten euros, in quite a motherly way, asking me what did I want as a starter, and as a main dish, what for a desert and drink; like in those inns of yore. Castilian soup and fried eggs with morcilla de Burgos would do, then. I sat down and, before going into the kitchen to place the order, in the most natural way she handed me the wine bottle half full the former customers left off: “here -she said-, you’ve got more than enough, but feel free to ask more if you want”. I love this Spain without complexes nor fuss, no French-like frills, which you can still find in some regions. And I dined like at home, comfy and sheltered. And I reckon I was not alone in feeling comfortable there, because the place was hopping while other restaurants looked half empty. There were some froggies at a neighbouring table, and another couple probably Dutch or Germans, by their accent. There were also some locals, I guess, because they knew the lady and the waiters. A warm and friendly atmosphere, in short.
When I came out it was cooler and, from outside, the restaurant looked even more inviting: like those Christmas cards where, contrasting with a snowy landscape, the warmth in the homes is symbolized by the yellowish light coming out the windows. There was hardly anyone on the empty streets; other bars had already closed. The church bell was tolling a quarter when I walked by its wall. It was already compline. That night I slept like a newborn, lulled by the gurgling of the water on the stones of the brook. My last thought before falling asleep, overcome by fatigue, was the decision to extend my stay another day.
And not far from where I was resting my head must have rested his, almost one thousand years ago, Don Rodrigo Diaz de Vivar. It is said that The Cid, in his exile, spent the first night in Silos; and according to historical documents he seems to have made personal acquaintance with Manso Domingo (the to be Saint who gave his name to the monastery and the village) when the latter was but the abbot of the former monastery in Silos, called San Sebastián. Whether both things are true or not, historians will tell, but the legend certainly contributes to the mysticism of the village.
However it be, there’s no doubt that Rodrigo Diaz owned some country state within Peñacoba boundary, now a district of Silos; and after that route, “the banishment of The Cid”, I went next day on a pilgrimage to Peñacoba along an ancient and evocative path, passing through a labyrinthine limestone landscape where only grow aged and hard-wearing savins.
By the way, I finally didn’t spend two nights at Silos, but three. I was so at ease that I couldn’t make up my mind for leaving. The surroundings of Santo Domingo are as pastoral as the village itself, and when sauntering around it seems as if the so called “progress” had not yet arrived to this nook of Burgos: stone buildings, clay tiles, wooden post fences, bridle paths, spread out cattle… In some places, almost nothing reminds the visitor of the century he lives in… but for the cars.
Valle de Mirandilla.
Mirandilla Valley.

In another of these routes, when surmounting a hilloc after a long and tiring way, at the side of the road and facing the splendid panoramic view of the pure and hidden valley of Mirandilla, there is a stele with this beautiful and inspiring inscription:
“No Castilian land nor country is wilder country than this. There’s poise in the slope, there’s mysticism in the even.”
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.
And speaking about wild, it turns out that in this valley of Mirandilla was shot, no less than forty-six years ago, the movie “The Good, the Bad and the Ugly”, a classic spaghetti starring another classic who these days just turned eighty-five; Clint Eastwood was by then pushing forty. Just a kid.
Por estos prados se rodó
Around these meadows was shot “The Good, the Bad and the Ugly”.

I resumed my journey on a beautiful, cheerful, sunny and cool June morning; despite having to say goodbye to the restaurant where I dined like at home, and to the other virtues of Silos. But long is the road, and many other things along will equally bring me joy.
From Santo Domingo I went to Salas de los Infantes, a town I had already passed through a quarter of a century ago when I was making the Camino de Santiago, one of the finest and most memorable trips of my life; one of those feats that make up your character and leave an indelible mark in the heart and in the mind.
En Salas de los Infantes.
In Salas de los Infantes.

This time, though, the town made little impression on me. Compared to the villages I just passed, mostly Silos, I scarcely found any interest in it. I did a little shopping and kept going along the route through Sierra de la Demanda, on the way to Logroño. That road is priceless: it is one of the most varied and impressive tours that can be done; not only for the often breathtaking landscapes, but above all for their authenticity (vague and hard to express attribute, I know; but easy to understand when you’re there). Because those mountains, those valleys and those villages have got something genuine, original, something that many places have apparently lost. It is a region with character, with a personality that -perhaps- can only be appreciated when compared with other rural areas.
I’d find close to impossible — and unacceptably labourious — trying to elaborate here on all my impressions, so I will just make a few comments on villages and places that called my attention.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.
Pedroso river, on its way through Barbadillo de Herreros.

Barbadillo de Herreros, noble borough fit in an austere and exemplary Castile landscape, hometown to Francisco Grandmontagne, one of the great forgotten writers of the Generation of ’98, who was offered by Primo de Rivera the Spanish embassy in Argentina. The town remembers him with a memorial plate reading like this: the distinguished writer who managed to bring with dignity, to far off lands, the cadence and beauty of the Spanish language.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.
Nobility mansion with its coat of arms. Barbadillo de Herreros.

Barbadillo, located right in the middle of Sierra de la Demanda, among groves, farmlands and grazing pastures, belongs to what I call “the Spain without complexes”, as evidenced by this old advertising that, despite age, has not been graffitied by the intolerant so-called liberals.
barbadilloHerreros2
Catholic Circle Savings Bank.

“Downtown”, facing off on both sides of the road, two buildings rival each other in beauty: one, the “Townhall and School” which, in addition to both purposes, also hosts the only bar in town; another one is the old church, of which I outline this curious high relief on top of its side door:
tallaBarbadilloHerreros
Halfway between Barbadillo and Monterrubio de la Demanda I had the chance to admire one of the purest and most Castilian landscapes I’ve ever seen; one that has all the elements defining the country: brushwoods, green meadows, sheep, groves, the sierra, catching my attention, a snow patch standing the June heat on top of the mountain. Despite my ficklish character, it’d take me years in getting bored of this view.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.
Between Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

The news of the abdication of our King Juan Carlos I got me when I was drinking a beer in Canales de la Sierra, another one of the several impeccably traditional villages along this route, thank God missed by tourism; let alone by the building frenzy.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.
Canales, with its peculiar Hermitage of San Cristóbal.

The township of Canales is actually in Logroño, a province which remains deeply Castilian despite their people (and politics) insisting in differentiating it administratively. Canales, holding barely a hundred neighbors (in summer), is nothing less than 1050 m above sea level.
Casa consistorial de Canales.
Canales Townhall.

Promenading on the surroundings of Canales places the walker right in the middle of as rural a life as can be found in Spain.
Escena campestre en el municipio de Canales.
Country scene in Canales.

And the must-see visit to the Hermitage of San Marcos, a splendid example of Romanesque, will invite you to meditate for a moment under the shady and fine portico.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.
San Marcos’ arcade, with a worthy colonnade.

But if I had to pick a village taking my breath away in this day’s journey, that was Anguiano; more precisely, Las Cuevas, one of its neighborhoods. It suddenly spouts out, unexpectedly, behind a bend in the road; and it’s located right at the foot of an impressive cliff making a gate to Sierra de la Demanda. Gate in both senses: literally because it is a gorge resembling a doorway or, rather, an entrance through a wall; and in the figurative because, on either side of the ravine, the landscape changes dramatically: just there, the Sierra abruptly ends and the Ebro valley begins; the vegetation also changes, forests reach an end, and weather gets noticeably warmer.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.
One of the sides of the gorge, the natural gate to La Demanda.

Right at the foot of such cut, hidden and sheltered in a ravine of the Najerilla river, across the spectacular bridge called “Mother of God” (better translated as “Oh my God!”), we find the neighbourhood of Las Cuevas. The Catholic Church had the nerve to build a church at the foot of the very rock, which makes me dizzy just by looking up to the top of the tower. A very impressive view, you can take my word for it.
Iglesia San Pedro de Cuevas.
San Pedro de Cuevas church.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.
Tower of San Pedro de Cuevas church, as seen from its foundations.

The bridge leading to Las Cuevas is a true work of art; not so much for its architecture, a single arch, as for its location, as it stands on the rock on both sides of the ravine, no less than one hundred feet above the waters, that go wild and roaring. Unfurtunately I wasn’t able to take a shot properly capturing the scene.
And on the other shore, passing through the aforementioned natural gate, there is Anguiano, the last of the pretty villages on the route from Santo Domingo de Silos (which now seems so long ago).
Anguiano visto desde Las Cuevas.
Anguiano from Las Cuevas.

So, once toured these dramatic landscapes, these colorful villages full of character, who will be impressed by Baños del río Toba, by Najera or Cenicero? Not even Logroño, that charming capital of wine and tapas, could ring my senses that afternoon, except for my stomach, as surely you won’t miss some wines and tapas in Logroño, where you can find them as fine as those in Basque Country, if not better. It is true though that such beautiful city is economically half conquered by the Basques, who consider it theirs. If the inhabitants of Logroño don’t wake up, a fine morning they’ll find their city taken away by those.

capítulo anterior | capítulo siguiente

[:]

A monastic life?

[:es]Atrás quedan Peñafiel, su castillo y sus afamadas bodegas; por delante la meseta, que va dulcificándose a medida que asciende hacia tierras más lueñes y hermosas. El cielo está poblado de cumulus humilis, el viento racheado acaricia las mieses, llenando de matices el verde y oro de los trigales; entre nube y nube, el sol brilla con suave dulzura y arranca a las flores, a los árboles, a las piedras, a los sembrados, al campo todo sus mejores colores. Ha quedado una tarde soberbia, gloriosa, capaz de contagiar al más desdichado alegría de vivir.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.
Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.

No sé si a estas alturas habrá algún lector que no esté al tanto de mi preferencia por lugares apartados y poco poblados, o por entornos naturales y rurales, así que nadie se sorprenderá al saber que, pasado el “bullicioso” Peñafiel, abandoné la carretera general (que se decía en mis tiempos) N-122 y cogí una local según mi rumbo nordeste, en dirección a Roa. No me detuve aquí, sin embargo: ya tenía bastante, por el momento, en cuanto a pueblos viticultores, así que continué hacia donde mi instinto me dirigía: camino de La Horra, Sotillo de la Ribera, Cabañes de Esgueva… Lo mejor -paísajísticamente hablando- de la jornada acababa de empezar, y en esos tramos del altiplano, sembrados de inacabables trigales, tuve la suerte de fotografiar algunos panoramas que -lástima- habrían merecido un mejor cámara que yo.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.

Entre uno y otro de estos pueblos el paisaje comienza poco a poco a cambiar: la árida llanura va quedando abajo, atrás, y, entre valles y lomas, la carretera asciende de manera casi imperceptible, pero cierta, hacia mayores alturas. A medida que me aproximo a las primeras estribaciones que rematarán en la sierra de la Demanda, empiezo a encontrarme con más zonas de arboleda. La carretera, casi desierta, me permite parar en cualquier momento y ensayar, por ejemplo, una fotografía de mí mismo, tal que esta:
“Selfie”, en algún lugar entre La Horra y Bahabón.

Estoy disfrutando tanto que, antes de darme cuenta, he llegado ya a la radial Asepsia-1 y, cruzando al otro lado, me veo consultando el mapa para saber a dónde quiero ir. Mientras estoy detenido al borde de la calzada un paisano se para y me pregunta: “¿todo bien, necesitas ayuda?”. Le agradezco, me sonríe y se marcha. Estoy en el buen camino -me digo. Hace muchos, muchos años, cuando yo era tan joven que el mundo no tenía límites ni espaciales ni temporales, tuve una novia con la que hice algunos de mis primeros viajes; en uno de ellos habíamos pasado por Santo Domingo de Silos; y de aquella visita, aparte una buena impresión general, me había quedado sólo una imagen en el recuerdo: un monasterio con un enorme abeto en el recinto frente a su entrada. De ese monasterio y de ese abeto, de ese lugar en mi pasado, quise hacer mi meta para hoy.
Y acerté. Pero, antes, ¿qué hermosos pueblos no habré cruzado? ¿Qué paisajes no me habrán regalado los dioses? A lo largo de una carretera de tercer orden, sin prisa sobre mi cabalgadura, ataviado con armadura blanca, voy admirando el campo a mi alrededor y pienso que me han hecho falta treinta años de viajar para venir a aprender ahora que la mejor manera de hacerlo -quizá la única auténtica- es despacio.
Me detengo en un lugar llamado Pinilla Trasmonte y aparco junto a la iglesia. Ya he expresado en algún otro lugar de este blog la admiración que no deja de causarme el frenesí constructor que ha mostrado la Iglesia Católica durante dos mil años. Aunque sólo sea por esto merece ya mi respeto. No hay aldea ni pueblo apartado, barrio ni pedanía, en región alguna española (de la España con mayúscula) donde la Iglesia no haya erigido una parroquia, una basílica, un monasterio, una catedral, una seo, una humilde ermita, una capilla. No puedo ocultar mi admiración e incluso mi envidia: ¿qué fe no habrá alimentado a ese ímpetu! Y es igual que se trate de una fe absurda y sin fundamento (¿acaso toda fe no lo es?) porque, quienes la hayan tenido, nunca pueden haberse sentido vacíos, como a menudo me siento yo. El párroco local, el obispo de turno, el cura, el prior, el abad, el simple monje… ninguno de ellos sintió -quiero pensar- la loca necesidad que a mí me empuja de viajar hacia Ninguna Parte: todos ellos supueron quiénes eran, todos creyeron -equivocados o no- en su labor, rara vez los inmovilizó la duda; vivieron y murieron donde pensaron que Dios los había puesto, y sus vidas significaron algo para ellos mismos.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.

Los rincones de los pueblos ejercen sobre mí un magnetismo con frecuencia irresistible, y allá donde atisbo una casa antigua, un techo de teja árabe, una pared de adobe, una puerta de madera, allá me encamino como hipnotizado. Tras la iglesia de Pinilla hay este romántico rincón, dos o tres casas que quizá no ha más de tres décadas estaban aún habitadas por viejos matrimonios que también supieron quienes eran, cuyos huesos reposan ya -sin duda- en algún descuidado cementerio rural invadido por las ortigas.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.

Y ahí está ella, mi “fiel” Rosaura, cual montura embridada que espera con paciencia a que su jinete acabe la breve visita al pueblo.
rosaura
Pero Pinilla no será más que una -y no la más bonita- de las varias aldehuelas que jalonan mi camino hasta Silos. Una legua hacia el este llego a Santa María del mercadillo, donde soy bien acogido: los paisanos son amables, serviciales, y se sienten honrados por la visita; hablan conmigo, me preguntan, me indican, me sugieren. Hay en una loma detrás del pueblo un antiguo cementerio, muy antiguo y pequeño, circundado por recio murete de piedra, en cuyo interior la hierba, muy crecida, cubre casi por completo la única cruz, herrumbrosa, que ha pervivido al paso de los siglos. Subo y allí me detengo un momento a meditar. Es una melancólica imagen la de esa cruz, olvidada y solitaria en su recinto sagrado, medio caída sobre la mies que el viento arremolina, aguardando aún el día del juicio final.
Haz clic para entender este momento.
HAZ CLIC EN ESTA FOTO PARA ENTENDER BIEN ESTE MOMENTO.

Encuentro, además, otros pequeños detalles en este pueblo que me emocionan, que me transportan a mi más tierna infancia, vivida en una España profundamente -casi primitivamente- rural y sin complejos, cuando las escuelas no necesitaban instalaciones especiales, cuando los profesores se llamaban maestros y no precisaban, para enseñar, más que un encerado, un puñado de tizas y una recia regla de madera, y cuando a las calles podía aún ponerse el nombre de José Antonio sin que viniera ningún gilipollas a llamarte nazi.
Escuela vieja de chicos. en Sta María del Mercadillo.
Escuela vieja de chicos, en Sta María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.
Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.

Acabada mi visita (me habría quedado a pernoctar si hubiese habido hospedería) me despido de los hombres –vayan ustedes con Dios, les digo al estilo antiguo, y me miran algo extrañados-y, subiendo a la moto, arranco y continúo camino.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.

Los neumáticos de Rosaura han de cruzar aún las breves calles de Cieruelos y Brihongos (de Cervera); el aire refresca, las zonas de arboleda menudean, el paisaje se hace soberbio ya cuando enlazo con la panorámica ruta que lleva desde Aranda hasta Silos: doquiera que dirijo la mirada es un regalo para la vista; y, por fin, casi en llegando a mi destino, como un heraldo del recinto natural al que precede, se abre la puerta gigante y magnífica de La Yecla, el desfiladero que sirve de entrada meridional al valle del Mataviejas.
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas

El paso entre ambas crestas rocosas es tan angosto que no da para el ancho de la carretera, que ha tenido que ser excavada en la piedra.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.

De hecho, el paso natural es en algunos puntos tan estrecho que puede tocarse cada lado con una mano sin apenas estirar los brazos. Sólo el agua, con su fuerza erosiva y por disolución, a lo largo de millones de años se ha abierto camino aprovechando una fractura en la piedra; pero un camino estrecho por donde no puede discurrir más que ella.
En esta foto se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo
Detalle donde se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo “Cauce”, de originalísimo nombre.

Una vez contemplada y recorrida -a pie- la pequeña maravilla de la naturaleza que es Yecla, sólo una legua me resta por hacer en esta completa jornada antes de llegar, por fin, a Santo Domingo de Silos.
Nada más entrar, a la derecha, está la valla del monasterio y, pasando su cancilla, me veo -treinta años más tarde- en el patio con el recordado abeto centenario.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.

Mi intuición, de la mano de mi instinto viajero, me hacen descartar los tres primeros hoteles de sugerente aspecto que, al borde de la carretera, abren sus puertas al turista. Sigo apenas cien metros y, doblando la esquina de la iglesia aneja al monasterio, a mi derecha, desciende una calle adoquinada que remata en un pequeño arco, al otro lado del cual y pasando el río se ve un hotel, al pie mismo de una verde loma a la que el sol de la tarde enciende con los colores más hermosos y relucientes que puedan desearse. El conjunto me enamora con un flechazo de amor verdadero: la calle empedrada, el pequeño hotel algo apartado, el arco de piedra, una acequia que vierte sus impacientes aguas al Mataviejas, la colina verdecida, la ermita de piedra ocre que se yergue en su ladera… todo, cada uno de esos elementos, parece haber sido puesto allí por encargo expreso de mi gusto.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.

En el hotel me atiende un hombre sencillo, que se conduce con naturalidad, tan sin pretensiones como el hotel que regenta. El precio de las habitaciones me cae bien al presupuesto. Le pido que me enseñe una de ellas y, al subir y mirar por la ventana, esto es lo que veo:
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.

Pedir más sería un delito. Allí me quedo. Estoy feliz: he acertado en todo durante este día, que remato de manera intachable. Aparco la moto junto al hotel, subo las maletas, me cambio de calzado y lo primero que hago, libre ya de impedimenta, es subir por esa ladera con su ermita que están llamándome a gritos desde que les he echado el ojo. ¡Dios mío, qué bien se está! ¡Qué delicia de temperatura, qué silencio! Tan sólo se escuchan unas esquilas en la lejanía, las voces distantes de unos niños y, a ratos, una campana dando los cuartos sin alboroto.
Vista desde la ermita de Silos.
Vista desde la ermita de Silos.

Sobre la hierba de la ladera, al pie de la ermita, hay un via crucis de piedra que parece quiere decirme algo. Al mirar hacia atrás, el monasterio, el pueblo, el valle entero me sonríen, reflejando el sol en los tejados, en la piedra, en los árboles y en las mieses.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.

Me llego hasta la ermita, dedicada a la virgen del Camino; nombre muy adecuado, pues -casualidad o no- se sitúa junto al camino por donde pasó, yendo hacia su destierro, don Rodrigo Díaz de Vivar. Sólo contemplarla allí, en su ladera, con los ojos de sus ventanas mirando hacia el sol poniente, como llamando a la esperanza, es una vista que alegra el corazón.
Ermita de la virgen del Camino.
Ermita de la virgen del Camino.

En su flanco sur, a resguardo del vientecillo norte que sopla fresco, y asoleada por este día radiante, hay una piedra de tamaño regular, con la superficie algo cóncava de tantos miles de posaderas que allí han descansado. Ahí me acomodo, cierro los ojos y me dejo llevar un largo rato por el sueño y el ensueño, reposando la nutrida jornada…
alSolEnSilos
A medida que va el sol acercándose al horizonte la tarde refresca y, aunque estoy a sotavento, empiezo a sentir frío. Es hora de bajar y buscar algún sitio donde pueda cenar algo. Paso primero por la habitación para echarme una cazadora por los hombros y luego me encamino al “centro” del pueblo. Según voy llegando al flanco de la iglesia, mi vista se posa sobre un enorme mural que no advertí al llegar. Un mural devoto que, teniendo en cuenta mis pensamientos desde que di comienzo este viaje, entre todos los visitantes del pueblo parece estar hablándome exclusivamente a mí:
feQueVenceDuda
Sí, esa fe… ¡ah, quién la tuviera?

capítulo anterior | capítulo siguiente

[:en]I leave behind Peñafiel, its castle and famous wineries; ahead is the plain, losing its harshness as it slowly gets higher, towards more beautiful and faraway regions. The blue sky is partly cloudy with cumulus humilis, the wind caresses the wheat fields, putting a dozen shades on the green and gold; the sun shines behind the clouds every now and then with sweet tenderness and gets the best colours from the flowers, the trees, the stones, the fields, the whole countryside. It’s a superb afternoon, full of glory, able to bestow onto the most wretched one some joy of life.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.
Beatifying moment between La Horra and Cabañes.

I guess that, by now, every of my readers has been acquainted with my preference for natural and off route places; so, noone will be surprised to learn that, once I left the “busy” Peñafiel, I moved away from the highway N-122 and, pulling to the left, I took a secondary road going Northeast, towards Roa, which is also a wine-centered town. I didn’t stop here, though: for the moment being I had enough of wine making and vineyard cultives. So, I headed where my instinct took me, on the way to La Horra, Sotillo de la Ribera, Cabañes de Esgueva… Landscape-wise, the best of this day’s journey had but started, and along these stretches in the flat highlands, sown with wheat, oats and barley, I was lucky enough to take some splendid shots.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.
Wheat fields between Sotillo de la Ribera and Cabañes de Esgueva.

Along these villages the landscape starts changing little by little, leaving behind and below the arid plains; the road climbs slowly among valleys and ridges towards higher lands. As I approach the first foothills of the Sierra de la Demanda, I start coming across some forest patches. The road, almost empty, allows for a sudden stop anywhere, and I can try some selfies like this (which you’ve already seen):
Selfie, somewhere between La Horra and Bahabón.

I’m enjoying so much that, before I realize, I’ve already crossed the route A(septic)-1, and I need to check the map to know where I want to go. As I’m standing by Rosaura on the road shoulder, a man stops by and asks me: “everything ok, do you need some help?” I thank him, he smiles back and leaves. I’m on the right way, I say to myself.
Many years ago, when I was so young that the world had no limits, spatial nor temporal, I had a girlfriend with whom I took some of my first trips; during one of these, we passed a village called Santo Domingo de Silos; from that visit, besides a good imprint, I keep only an image in my memory: a monastery with a huge fir tree in its entrance’s courtyard. I wanted now to make a destination out of that monastery and that fir tree, that place in my past.
And I hit it. But, before that, I’ve ridden through lovely villages, and I’ve been gifted with gorgeous landscapes. Along this minor route, slowly riding my bike, wrapped in my white armour, I contemplate the landscape around me and I think: thirty years of coming and going have been needed for me to learn that the best way of traveling is… just slowly.
I halt at a village called Pinilla Trasmonte and park by the church. I’ve already said in this blog that I never stop being amazed by the Catholic Church constructing zeal along one the past fifteen hundred years. Even if only for this, it deserves my respect. There is no hamlet nor small village, district nor county, quarter nor town in Spain where the Church has not erected a church, a parish, a sanctuary, a chapel, a cathedral, a monastery or a shrine. I can’t conceal my admiration nor -I admit- my envy: what kind of faith is needed for such energy, for such momentum? And I don’t care if it’s an absurd and baseless faith! All faith is; so, what? The main thing is: whomever has such faith, has never felt empty as I often feel. The local priest, the bishop, the prior, the abbot, the monk… probably none of them ever felt this fool urge, this yearning to journeying to nowhere: all of them knew who they were, all believed -mistaken or not, who cares?- in what they were doing; they lived and died where they thought God had placed them, and their lives meant something for themselves.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.
Church at Pinilla Trasmonte, under the early evening sun.

Every cozy corner in a villages attracts me as a magnet, sometimes irresistibly: wherever I glimpse an old house, a tiled roof, an adobe wall, a wooden old door, I walk there like hypnotized. Now, right behind the church of Pinilla there is one of those romantic corners: two or three empty houses in a row that, probably, no more than three dacades ago were inhabited by old couples who also knew who they were, and whose remains rest now -no doubt- in some neglected graveyard invaded by nettles.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.
Cozy corner behind the church of Pinilla Trasmonte.

And there she is, my “faithful” Rosaura, as a bridled mount waiting for the rider to finish visiting the village.
rosaura
But Pinilla is just one among the many small villages along my way to Silos. One league eastwards I arrive to Santa María del Mercadillo, where I’m quite welcome: the locals are kind, serviceable, and they feel honoured by my visit; they talk to me, ask me, direct me, suggest me. On top of a ridge behind the village there is an old graveyard, very old and very small, surrounded by a sturdy stone wall; inside, the grass is so overgrown that it almost hides the only cross, rusty, enduring the pass of centuries. I climb the ridge and stop there for a moment. It’s a melancholy view: the forgotten cross, lonely inside its sacred enclosure, leaning on the grass whirled by the wind, still waiting for the Judgement day.
Haz clic para entender este momento.
CLICK ON THIS SHORT VIDEO FOR BETTER UNDERSTANDING THIS MOMENT.

Besides, I find some other little gifts in this village that move me, bringing me back to the days of my childhood, when Spain was as deeply -almost primitively- rural as deprived of any complexes:mschools didn’t need special facilities, teachers were called maestros (an old fashion way of saying teacher in Spanish) and, for doing their job, they only needed a blackboard, a piece of chalk and a stout wooden ruler; in those times, streets could be called after José Antonio (a Spanish politician prior to Franco seized the power) without some asshole calling you nazi.
Escuela vieja de chicos. en Sta María del Mercadillo.
Old boys’ school, in Sta María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.
José Antonio street, in Sta. María del Mercadillo.

Once I finish my visit to this hamlet (I’d have stayed overnight had there been a hostage) I say farewell to the old men –may God be with you, I say, old style, and they stare at me a bit amazed- and, getting on the bike, I start and keep going.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.
These ones, they’re certainly not in a hurry at all.

Rosaura’s tyres shall yet roll over the streets of Cieruelos and Brihongos (de Cervera); the air is getting cooler, the forest patches happen more frequently, the landscape becomes magnificent, superb when I join the panoramic route from Aranda to Silos: wherever you look at, it’s a gift for the senses. Finally, shortly before arriving to my destination, there opens the giant and gorgeous Yecla, the defile that makes for the southern gate to the Mataviejas’ valley; Yecla is like a herald to the region whereof it is the natural entrance.
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas
The two rocky crests forming La Yecla, the defile gate to the valley where Silos sits.

The defile is so narrow that there was no room for the road, and a tunnel had to be carved in the rock.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.
When you get closer to La Yecla, you can guess how narrow.

As a matter of fact, the natural pass is so narrow in some spots that you can touch both sides with each hand without stretching your arms. Only the water, with its erosive force, has been able to make its way through this crack in the rock wall, along millions of years; but a narrow way, where only the water can go.
En esta foto se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo
Here you can perceive the narrowness; underneath goes the stream quite originally called Cauce (means “Riverbed”).

After beholding this wonder of Nature and walking the short sightseeing route, it’s only one league left to finally get to Santo Domingo de Silos.
Silos is famous for its monastery, Santo Domingo, and there’s actually not much more to it. Everything here spins around the church, the cloister, the monks. But for a few old neighbours, all the rest is hotels, gift shops, restaurants, bars. But, at this time of the year, it’s not yet too busy. Not at all, I’d say.
Upon arriving, to my right, I find the monastery’s wall, then the gate, and in the middle of the courtyard across this gate… there it is, the giant centennial fir tree I recalled from my youth, only thirty years older, both the tree and me.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.
Centennial fir by the monastery’s entrance.

My intuition, hand in hand with my traveler’s instinct, advise me to disregard the first three suggestive hotels offering accomodation to the tourists, alongside the road. I ride barely one hundred metres further and, around the monastery’s church corner, a cobbled street to my right goes down to the riverside and underneath a stone archway, at the other side of which there’s another, more hidden hotel, at the very foot of a green hill onto where the reddish sun is shining beautifully, getting from the land and vegetation the most beautiful colours you can asl for. I instantly fall in love with the whole, a true love at first sight: the cobblestones, the small hotel, the arch, a dyke along the street, pouring its water to the Mataviejas river, the bright green hillside with a stone hermitage in the middle… everything, everyone of these elements seems to have been placed there for suiting my tastes.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.
Mi hotel, at the foot of the hill.

The owner is a simple man, as non-pretentious as the hotel he manages. The room price suits well my budget. I ask him to show me around and, when checking the room, this is what I see:
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.
Church of the monastery of Santo Domingo, from my hotel’s window.

Asking for more would be a sin. I’m staying here. I feel happy: my instinct and my intuition have served me quite well all along this day. I park Rosaura by the hotel, take the suitcases to the room, change shoes and then the first thing I do is climb the slope to the hermitage, which is calling me since I set my eyes on it. What a pleasant feeling! What a lovely weather!, what a silence! You can only hear the cowbells in the distance, some infants’ voices far away, and, every now and then, a bell telling the quarters.
Vista desde la ermita de Silos.
View from the hermitage of Silos.

On the slope, below the hermitage, there is a Way of the Cross, built on stone, and I feel as if it wanted to tell me something. When I turn my head back, the monastery, the village, the whole valley are smiling to me with the sun shining on the roofs, on the stone, the trees and the fields.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.
Santo Domingo de Silos and the valley of Mataviejas river.

I get to the hermitage, called Virgen del Camino; a very suitable name, because (coincidence or not) here goes the way (camino, in Spanish) that Rodrigo Díaz de Vivar (the moor-killer medieval hero), nicknamed Cid Campeador, took when he was banished from Castile. And it’s a sight that lightens my heart, this hermitage looking towards the setting sun with its window-eyes, surrounded by greeenery, there on the hill slope.
Ermita de la virgen del Camino.
Hermitage Virgen del Camino.

On its southern side, shielded from the cool breeze, sunbathed, there is a stone whose surface is polished and worn by thousands of people who sat on it. And there I sit myself, closing my eyes, letting the slumber get hold of me, resting from this long and eventful day…
alSolEnSilos
As the sun sets and dusk comes, the evening gets a bit cooler and, though I’m sheltered from the breeze, and sunbathing, I start feeling cold. It’s about time for going down to the village and looking for somewhere to have dinner. As I pass by the basilica’s side, I notice a huge mural that passed unnoticed when I arrived. It’s a pious mural that, considering my last days’ thoughts, among all the village’s visitors seems to be addressed only to me:
feQueVenceDuda
“A faith that defeats doubt” it says. Oh, yes, that faith..! If only I could feel it!

previous chapter | next chapter

[:]