Ibarra


Los días buenos de moto duran poco en estas tierras del norte y hay que aprovechar lo que queda de verano. Aun así, conviene elegir con criterio el rumbo, para sacar el mejor partido posible a la meteorología; de modo que miro la predicción del tiempo, sobre todo el viento, y según esto marco mi derrota para hoy en el mapa.
En estas salidas cortas prefiero, mientras el clima me lo permita, usar un casco jet. Ya sé que protege menos, pero… ¡me da tanta libertad!
Los primeros quilómetros, de autovía, me vienen bien para ir entrando en calor: tanto Rosaura como yo. Luego cojo una carretera de segundo o tercer orden que no tiene indicación alguna, aunque por suerte está bien asfaltada. Empieza lo interesante. Al principio voy ganando altitud por unas lomas con fuertes cambios de rasante, flanqueadas por el azul de un pantano a mi izquierda y por el verde del bosque a mi derecha. Según voy ascendiendo, la vista hacia el agua se va haciendo paisaje. Después, la carretera se adentra más en la fronda y, durante un rato, discurre bajo una cúpula de umbríos hayedos, centenarios robledales y tupidos pinares, parcheados de cuando en cuando por algún pequeño prado. En este terreno las curvas son impredecibles y los animales más aún, así que no hay que confiarse; aprovecho para disfrutar de la silva, que parece querer trasladarme a un tiempo puro y lejano.
Inesperadamente, a la vuelta de un recodo, el bosque se abre de repente y aparece ante mí un paisaje que me golpea con su belleza en el espíritu, obligándome a frenar en seco para contemplarlo. Es Aramayo, un valle asombroso e idílico; una de esas nostálgicas Arcadias de la montaña alavesa, hecha de verdes y vibrantes prados, dorados rastrojos, oscuras florestas, perdidos y humeantes caseríos, y rodeada por azuladas montañas. Abajo, en el fondo, se ven varias aldeas y, semioculto por una colina, asoma el municipio de Ibarra.

El escondido valle de Aramayo.
El escondido valle de Aramayo.

Una de las anteiglesias de la cuadrilla de Zula.

Después del collado, a medida que desciendo hacia el valle por la empinada y serpenteante carretera, Aramayo va embrujándome más y más. En este rincón del planeta aún huele a tierra húmeda y a vaca lechera, a heno y a boñiga, al campo de una era armónica y preindustrial. Es un lugar cautivador. Por la sola fuerza de su pureza, cuesta creer que fuese la cuna del sanguinario Lope de Aguirre, como algún articulista reclama para este valle; dudoso honor.
Caseríos dispersos por el valle.
Caseríos dispersos por el valle.

En cuanto entro a Ibarra, me siento observado con cierta desconfianza. Tal vez porque estoy en uno de los baluartes del euskaldunismo -inkurriñas y etxeras- donde cada forastero puede ser un enemigo; o tal vez es sólo mi sugestión. Dejo la moto bien aparcada y, como es mi costumbre, me adentro por las callejas del pueblo en busca de rincones pictóricos. Al verme pasar un par de veces, un vecino me interpela en vascuence, con tono de interrogación. Le señalo mi cámara y le digo: “turismo”. Me pregunta entonces en español: “¿Turismo interior o exterior?”. No sé qué habrá querido decir. “Simplemente turismo”, le contesto.
Ermita a la entrada de Ibarra, de origen medieval, reconstruida.
Ermita a la entrada de Ibarra, de origen medieval, reconstruida.

En la ribera del río Aramayo, que da nombre al valle, y dominado por la decimonónica iglesia de San Martín, Ibarra quizá fue, hasta hace treinta o cuarenta años, un pueblo inmaculado y lírico, con gracia rural y encanto paradisíaco: así lo dejan imaginar el trazado de sus calles, curvas y angostas, las casas tradicionales, evocadoras de antaño, las ermitas de origen medieval, las huertas en terraza e incluso el riachuelo de cantarinas aguas que lo atraviesa.

Pero las fraguas y, con ellas, la prosperidad industrial llegaron, desde luego, antes de que las ordenanzas urbanísticas tuvieran tiempo de acotar la construcción, y en la actualidad la mitad del pueblo está estropeada por feos, discordantes y heterogéneos bloques de pisos.
Acabado mi reconocimiento de la aldea, busco una taberna donde llevar a cabo mi ritual gastronómico, pero sólo encuentro dos bares abiertos, ambos de aspecto contemporáneo y llenos de una juventud ruidosa que no me llama la atención, así que lo dejo pasar por esta vez. En otra ocasión será. Rosaura me espera al borde de la calzada y me subo a ella con cierto espíritu de complicidad, como si pudiera entenderme. Pongo en marcha el motor y paso discretamente junto a los bares, levantando algunas miradas. Por mucho que yo quiera, esta moto nunca pasa desapercibida. Ya en la incorporación, doy gas y emprendo el regreso, monte arriba, curvas arriba, inhalando a fondo el aroma del heno. Por el camino me cruzo con un grupo de moteros, pero ninguno me saluda. ¿Se están perdiendo las buenas costumbres?
Al llegar al collado me paro de nuevo y echo una postrer mirada sobre esta Arcadia milagrosa y anacrónica, como las que describía Palacio Valdés. Pese a mis propósitos, me pregunto si realmente algún día volveré.
Diciendo adiós a Arcadia.
Diciendo adiós a Arcadia.


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In this northern Spain, the fine days for biking don’t last long, and one has to make good use of the remaining summer. Yet, it’s convenient to wisely choose the course to be taken, so as to make the best of the climate. Therefore, I check the weather forecast, mainly the winds, and accordingly I set my route for today in the map.
For these short outings I’d rather take my jet helmet, as far as the weather permits. I know it’s less safe, but… it gives me such a freedom!
For the first kilometres I ride along a double laned motorway, good for warming up: same Rosaura and me. Later on, I turn off a secondary road with no signs at all, though well paved. The fun starts now. First I gain elevation along hills and brows, lined by a reservoir’s blue waters to my left and green woodlands to my right. As I get higher, the view to the water becomes landscape. Then, the road goes into the forest and, for a while, runs under a thick roof of shady beech groves, centennial oakwoods and dense pines, patched here and there with a small meadow. In this ground, the bends are as unpredictable as the wild deer crossing the road, so there’s no hurrying, and I take the chance for enjoying the woods and let them take me to a pure and distant time.
Out of the blue, at the turn of a bend, the forest clears up and all of a sudden a scenery appears before me that knocks my spirit with its beauty, forcing me to an abrupt brake to behold it. It’s Aramayo, an astonishing and idyllic valley; one of those nostalgic Arcadys of these Basque mountains, made of green lively pastures, golden stubble fields, dark woods, lost hamlets, and surrounded by blueish mountains. Down, in the botton, behind a hillock protrudes the village of Ibarra.

El escondido valle de Aramayo.
The hidden valley of Aramayo.

One of the hamlets of the Zula bunch.

Beyond the mountain pass, as I descend towards the valley along the steep and winding road, Aramayo bewitches me more and more. This corner of the planet smells to wet soil and dairy cows, to hey and cow pat, to the countryside of an harmonic preindustrial era. It’s a captivating place. By the sole strength of its purity, it’s hard to believe that this could have been the hometown of the wrathful Lope de Aguirre, the Spanish conqueror, as some historian claims.
Caseríos dispersos por el valle.
Spread out helmets.

As soon as I enter Ibarra, I feel observed with mistrust. Perhaps because I’m in one of the bastions of the basquism (all independence and vindicating flags), where every outsider can be a foe; or perhaps it’s just my suggestion. I park the bike and, as I use, I get inside the narrow streets of the village searching for pictoresque corners. On watching me passing by back and forth, a local addresses me in Basque, in an interrogating tone. I point at my camera and say: “tourism”. Then he replies in Spanish: “Interior or exterior tourism?”. I wonder what the heck he’s meaning. “Just tourism”, I answer.
Ermita a la entrada de Ibarra, de origen medieval, reconstruida.
Chapel at Ibarra’s gate, medieval origin, refurbished.

On the banks of Aramayo river, which names the valley, and under the towering church of San Martín (XIXth c), Ibarra has been perhaps, up to thirty or fourty years ago, a an inmaculate and lyrical village, with pastoral grace and edenic charm: thus we can imagine by the layout of the bent and narrow streets, the traditional houses, evoking of yore, the medieval chapels, the terraced gardens and even the stream of singing waters that crosses the hamlet.

But the forges and, with them, the industrial prosperity arrived here, certainly, before the urban bylaws had time to set bounds to construction, and nowadays half of the village has been spoiled by ugly, discordant and heterogeneous blocks of flats.
I finish my surbeying the place and look for a tavern where to fulfill my gastronomic ritual, a beer and a tapa; but I only see two bars, of a modern look and full of a noisy youth that doesn’t appeal to me. So, I let it be this time. Maybe next. Rosaura is awayting me by the pavement and I sit astride her with a kind of complicity feeling, as if she could understand me. I turn on the engine and pass discretely by the bars, arising some stares. No matter how hard I try, this motorbike never passes unnoticed. When I get to the junction, I open gas and return, up the hill, up the bends, eagerly inhaling the smell of the hey. Along the way I run into a bunch of bikers, but no one waves at me. Are we losing the good habits?
Upon arriving to the pass I halt again and take a last look over this miraculous and anachronistic Arcady, like those described by a Spanish writer. Despite my intentions, I wonder if I’ll ever come back.
Diciendo adiós a Arcadia.
Farewelling Arcady.

Antoñana

[:en]


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The tamed sun of late August, a few summer clouds and a Northwestern breeze entice me to take the moborbike for a day tour. I don’t know where the wheels will take me: I just pick a road and let Rosaura guide me. Astride on her saddle, I ride on the road that runs along the once camino real towards Campezo and Estella over the Azaceta mountain pass.
The fast road bends trigger my adrenaline while I check, risking a skid, the holding of the tyres. I’m writing this, therefore I had some scope yet for leaning.
Once on the south slope, after a few connected bends, behold a Renaissance scenery: to the left, bouncing to the sky the oblique sunrays of noon, the ancient roofs and walls of Antoñana stand out against the green background of a grove. At once I understand that this was my today’s destination.

Antoñana's warlike side
Antoñana’s warlike side

To my right, some government has erected a museum to the old vasco-navarro railroad; but I don’t care much and I get my bearings to the slope climbing to the knoll whereupon the village settles: on a strategic enclave within the borderlands between Navarra and Castilla, upon the meeting of two main tracks, Antoñana was founded during the deep Midel Ages as a fortified borough, on top of an ancient fortress about whose origins not much is known, except through its name, Antoñana: during the Roman times, some Antonius must have had his country estate there.

I live my mount under history's shadow.
I leave my mount under History’s shadow.

I park Rosaura by a wall, walk under the lancet arch gate and begin to go round the borough’s archaic layout. Today there’s some weekend atmosphere: the pub is full of people, some kids are playing a ball by the frontón while some others seek and hide throughout the passages, lanes and dark winding alleys, which give them endless ground for their rushabouts. A truck’s lundspeaker sells juicy Calanda peaches.
Because of the struggles between both kingdoms, Navarra and Castille, since XIst century these lands used to shift hands from crown to crown. On 1182, the king of Navarra Sancho “the wise” fortifies Antoñana and grants it the Privilege. Only twenty years later, the garrison becomes once more Castillian, this time for good, under the rule of Alfonso VIIIth. Since then, and to our era, it has belonged to Castilla.
In those times, the province of Álava was a battleground where, overlapping the wars between both kingdoms, the local feudal families settled their fights over and over for generations. The lordly families of Ayala, Orozco and Velasco split their blood and paid some lives in episodes ranging from night ambushes to plain pitched battle. Alike Capulets and Montagues, the Mendozas and Guevaras fought among themselves for over a century. These slaughters came to an end when the Mendoza lineage, of Navarra, passed to serve Castilla in XIVth century. In that atmosphere of internecine struggles, Antoñana was unattached to any lord until in 1367 was subjected to Rui Díaz de Rojas by gift from Enrique Trastámara the IInd; and one century later the borough passed to serve the lineage of Hurtado de Mendoza, whose jurisdiction was argued by its residents for decades, until, eventually, they paid to the Crown for buying the end of their serfdom.
Puerta principal, en el extremo sur, defendida por un matacán. El lateral derecho es la iglesia, que originalmente fue también fortaleza.
Main gate in the south end. The right wall is the church’s, which originally was also a fortress.

Upon stepping across its south gate, I come across the church of San Vicente Mártir, built on top of a former fortress-church. The ashlars make a contrast with the wall’s masonry whereto it leans. Some girls, oblivious to history, play along wrought-iron gate’s bars, under the shady and secluded XVIIIth century portico, filling with childlike echoes, merry and everlasting, the place’s vaults.

Then I scout with fascination and awe the ancient streets with their matchless and authentic medieval flavour, shared with other near towns like Salvatierra; the period’s features remain present, giving the village a classic warlike look; and, but for the inevitable signs of contemporary life, I’d thought I went back nine centuries: the three main parallel streets, connected through passages, lanes and alleys; the castle-houses, the tower-strongholds, the coats of arms, stone all over…

Nowadays, contrasting with the grim and severe masonry of its old walls, there are also some colourful corners. Who knows? Maybe ten centuries ago women also decorated their houses with flower pots, whenever they could…

While scouting the borough, noon gave way to afternoon, people sought their homes and children faded away behind the mysterious corners or under the shadows of the arcades. I’m back to the main plaza. Some cars are gone, and there’s noone sitting at the pub’s tables. The waiter is clearing away. The sun pours a golden light upon the neighbouring hillside, at whose bottom lies the graveyard and the chapel. Rosaura is waiting for me at the walls foot, unshaded.
Ermita de Nuestra Señora del Campo, edificada sobre los restos de una ermita románica del s XIII
To the east, by the graveyard, the chapel of Nuestra Señora del Campo, built on top of the ramains of a former romanic chapel

Before saying farewell to Antoñana I take the customary drink and tapa of my tours. One per village. The pub’s waiter showes the typical Basque sullenness. I get served a chilled zurito (small beer) and a pincho of homemade tortilla (potatoes from the garden, countryside eggs). I enjoy it as if it was the first time in my life. Rather unexpensive, too.
It’s time to go. Jacket, helmet and gloves. I go down the street on a dead engine to the bridge over the creek and look back for the last time at the medieval borough. Now the sun is warming up its western wall, made useful and quaint by the houses. I start the motorcycle and, in a few seconds, the roar of the exhaust and the whistle of the wind in my helmet bring me back to XXIst century. The road is mine.[:es]

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El sol ya domesticado de finales de agosto, unas pocas nubes veraniegas y un vientecillo del noroeste invitan a coger la moto para una ruta local. No sé dónde me llevarán las dos ruedas: me basta escoger una carretera y dejarme guiar por Rosaura. A horcajadas sobre su asiento, recorro la calzada que cubre, con su negra cinta de asfalto, lo que fuera un camino real que buscaba Campezo y Estella por el collado de Azaceta.
Los rápidos giros del puerto me elevan la adrenalina mientras busco, a riesgo de un resbalón, el límite de adherencia de los neumáticos Continental. Si estoy escribiendo esto es porque aún me quedaba margen en la tumbada.
Ya en la vertiente sur, tras unas curvas enlazadas y al final de una breve pendiente se llena mi vista de un paisaje renacentista: a la izquierda de la carretera, reflejando al cielo el oblicuo sol del mediodía, destacan, contra el fondo verde de los prados y la arboleda, los centenarios tejados y las seculares murallas de Antoñana. Enseguida comprendo que este era mi destino para hoy.

El perfil guerrero de Antoñana
El perfil guerrero de Antoñana

Al otro lado de la vía, alguna Administración ha dedicado un museo al viejo ferrocarril vasco-navarro; pero me ofrece poco interés, así que dirigo el manillar de la BMW a la cuesta que remonta hasta el otero donde se asienta la villa: en un enclave estratégico de la región alavesa fronteriza con Castilla, confluencia de los caminos que comunicaban Logroño con el Cantábrico y la Llanada alavesa con Pamplona, fundóse Antoñana en el corazón del medievo, como villa fortificada, sobre una primitiva fortaleza cuyos antecedentes pueden apenas inferirse por su nombre, Antoñana: durante la romanización, debió existir allí la finca de algún Antonius.

Dejo la montura a la sombra de la historia.
Dejo la montura a la sombra de la historia.

Aparco la moto al pie de un muro, traspaso la puerta de arco apuntado y empiezo a recorrer el arcaico trazado de esta villa. Hay hoy, en ella, ambiente de fin de semana: el club social lleno de gente, unos niños jugando a la pelota junto al frontón y otros persiguiéndose por las callejas, pasadizos y oscuros vericuetos, que ofrecen a sus correrías un sinfín de escondites. Una fragoneta vocifera, a paso de peatón, melocotones de Calanda.
Desde el s XI, debido a las pugnas entre ambos reinos, estas tierras venían pasando de una a otra corona. En el año de 1182, perteneciendo a Navarra, Sancho el sabio fortifica la plaza y le otorga la “Carta puebla” o fuero de población; y tan sólo veinte años más tarde pasa de nuevo, esta vez definitivamente, a la corona de Castilla, siendo rey Alfonso VIII; y castellana permaneció hasta nuestra era.
Por aquella época y hasta que, en el s XIV y bajo el reinado de Alfonso XI, el linaje navarro de los Mendoza pasara al servicio de Castilla, Álava fue un campo de batalla donde, superponiéndose a las luchas entre ambos reinos, las familias señoriales dirimieron sus contiendas durante generaciones: Ayalas, Orozcos y Velascos derramaron sangre y perdieron vidas en escabechinas que podían ser simples emboscadas nocturnas o verdaderas batallas campales. Como en la leyenda hicieran Capuletos y Montescos, los Mendoza y los Guevara batallaron entre sí durante más de un siglo. En esa atmósfera de luchas intestinas, Antoñana permaneció de carácter realengo hasta que en 1367 pasó, por merced de Enrique II de Trastámara, a Ruy Díaz de Rojas; y un siglo más tarde pasaría al linaje de los Hurtado de Mendoza (herederos del afamado almirante de Castilla), cuya jurisdicción sobre la villa fue pleiteada durante largas décadas por sus habitantes, hasta que en 1635 compraron a la Corona el fin de su vasallaje.
Puerta principal, en el extremo sur, defendida por un matacán. El lateral derecho es la iglesia, que originalmente fue también fortaleza.

Nada más cruzar bajo el arco de su puerta sur, me encuentro con su iglesia, dedicada a San Vicente Mártir. Está edificada sobre la que había sido iglesia-fortaleza, y contrastan sus sillares con la mampostería de la muralla, a la que está adosada. Las niñas juegan, ajenas a la historia, entre los barrotes de la cancela, bajo los arcos del recogido y umbrío pórtico del s XVIII, llenando de ecos infantiles, alegres y eternos, los muros del ámbito.

Luego exploro con fascinación, casi con reverencia, las vetustas calles de la villa, de inigualable y genuino sabor medieval que comparte con otras localidades de la zona, como Salvatierra; sus rasgos de aquella época permanecen presentes, dotándola del clásico aspecto guerrero; y de no ser por las inevitables manifestaciones de la vida contemporánea creería haber retrocedido nueve siglos: sus tres calles principales, paralelas, comunicadas por callejones, pasadizos y cantones; sus casas-fortaleza, como la casa-torre del s XIII que, se cree, habitaron los Hurtado de Mendoza, o la torre-fortaleza del s XVI erigida por los Elorza; sus otras casas, blasonadas o populares, pero casi todas de piedra…

Mas también hay hogaño, en bello contraste con la adusta y fiera mampostería de sus antiguos muros, algunos detalles de color. ¿Y quién sabe si diez siglos atrás las mujeres también adornaban, cuando podían, sus casas con flores y macetas?

Mientras tanto, el mediodía solar da paso a la tarde, las gentes buscan sus hogares y los niños desaparecen tras las misteriosas esquinas de los pasadizos o bajo las sombras de los soportales. Regreso a la plaza principal. Varios vehículos se han marchado y las mesas del club social están ya vacías. El camarero recoge. El sol ilumina con luz dorada la ladera del monte vecino, a cuyo pie se ubican el cementerio y la ermita. Rosaura me espera al pie del muro; ya no hay sombra que la proteja.
Hacia levante, junto al cementerio, la ermita de Nuestra Señora del Campo, edificada sobre ruinas románicas.

Antes de despedirme de Antoñana llevo a cabo el ritual de mis rutas turísticas: un trago y un pincho en cada pueblo. El camarero del club social me recibe con la característica sobriedad vascuence. Me pone un zurito bien frío y un pincho de tortilla casera hecha con patatas de la huerta y huevos del campo. La disfruto como si la comiese por primera vez en mi vida. El precio me sorprende por lo barato.
Es hora de partir. Cazadora, casco y guantes. Bajo a motor parado hasta el puente sobre el arroyo y echo un último vistazo a la villa medieval. Ahora el sol calienta ya su muralla oeste, que las casas han hecho útil y pintoresca. Arranco y, en unos segundos, el rumor del escape y el silbido del aire en el casco me devuelven al siglo XXI. La carretera es mía.[:]

Peñacerrada

(Haz clic sobre cualquier imagen para verla con detalle.)

Es un espléndido día soleado de mediados del verano en Álava, ideal para una pequeña excursión en moto. Cojo el mapa y elijo al azar una ruta. Me pongo en marcha. La carretera culebrea en una sucesión de divertidas curvas que la horquilla delantera de Rosaura toma con aplomo. Asciendo un pequeño puerto y noto, traspasándome la ropa, el aire fresco y húmedo de la fronda que atravieso, impregnado de un aroma verde y tonificante. Cambia el paisaje: fértiles campos, ajedrezados de pastos y agostados cereales, coronados con manchas de oscuro boscaje. Ahora huele a paja y estío. Al cabo de un rato diviso en la distancia, sobre un promontorio, el campanario de una iglesia y, a su alrededor, el racimo de los tejados: es la pequeña villa medieval de Peñacerrada.

Carretera a Treviño y Vitoria
Carretera a Treviño y Vitoria

Rebautizada Urizaharra, con escaso fundamento, por parte de las autoridades regionales (en su orwelliano proyecto de crear una nueva historia), tiene el pueblo su origen, al parecer, en una aldea navarra (Uria-Zarra) del s. VIII que se emplazaba en un monte vecino, hasta que fue abandonado por sus habitantes para trasladarse a la nueva población, Peñacerrada, donde el vascuence, andando el tiempo, cayó en total desuso. Primero, en el s. XII, se erigió la iglesia y, en torno a ella, pronto creció la que sería villa de Peñacerrada al recibir en el s. XII los fueros por parte de Alfonso X “El Sabio”. Y aunque durante el primer siglo tras su fundación hubo décadas en que perteneció a la corona de Navarra, fue aldea eminentemente castellana y conservó siempre el mismo nombre (hasta nuestros días, en que quieren eclipsarse setecientos años de historia con un decreto administrativo).
Tierras al pie de Peñacerrada
Tierras al pie de Peñacerrada

Dejo la moto a la sombra de unos árboles, cabe una tapia que asoma sobre un cuidado huerto, y contemplo el horizonte que se ofrece ante mi vista. El pueblo se asienta en lo alto de una loma de estratégica ubicación, dominando los antiguos caminos que, desde Vitoria y Treviño, conducían a La Rioja y Navarra, unión entre este reino y el de Castilla. De hecho, el término municipal de Peñacerrada es en la actualidad el único que aísla, de Burgos, al Condado de Treviño.
Emprendo el ascenso
Emprendo el ascenso hacia la iglesia.

Guiado por la torre del campanario, me adentro por las solitarias calles que ascienden hasta la plaza. El pueblo comienza a aprestarse ya para la siesta y, durante mi visita, apenas veo a algún que otro vecino, que procura buscar las breves sombras del mediodía solar.
El pueblo se presenta medio vacío
El pueblo se presenta medio vacío

Enseguida llego donde la iglesia, dedicada a San Martín. Es adusta construcción de estilo románico erigida en el s. XII, tan antigua como la propia villa. Hay una plaza en cada uno de sus flancos, y ninguna de las casas que las bordean ofrece una nota discordante.
Iglesia de San Martín, en la plaza oeste.
Iglesia de San Martín, vista desde la plaza sur.

...gratamente restauradas.
Otras casas de la plaza sur.

Plaza norte, Ayuntamiento y Casa cural de Peñacerrada.
Plaza norte, Ayuntamiento y Casa cural de Peñacerrada.

Desde aquí continúo mi recorrido por el pequeño pueblo y me recreo en la homogeneidad y armonía de sus casas, magníficamente conservadas o restauradas. Atraen de manera especial mi atención algunas fachadas blasonadas, llenas de historia y de herrumbrosos barrotes seculares; como la casa del Duque de Híjar, señor que fue de aquellas tierras allá por el s. XVII tras haber pertenecido éstas, durante nada menos que dos siglos, a la familia de los Sarmiento; y es que, en el s. XV, el rey Enrique II cedió la villa a su repostero mayor, D. Diego Gómez Sarmiento, “por sus buenos servicios”.
Una de las muchas casas antiguas, bien reformada.
Una de las muchas casas antiguas, bien reformada.

Soy un enamorado de los pueblos antiguos y decadentes, de las paredes de piedra y del romanticismo de los huertos abandonados, y siempre me cautivan la belleza y la quietud de estos pequeños remansos del tiempo, la historia y la vida.
Otra muestra de las viviendas de esta bonita localidad.
Otra muestra de las viviendas de esta bonita localidad.

Lástima que siempre hay algún alcalde o algún artista, o una combinación de ambos, que consiguen burlar el buen gusto de sus vecinos y las ordenanzas urbanísticas, perpetrando el adorno de sus calles y plazas en detrimento de la armonía y en perjuicio de la estética.
Ejemplos de cómo...
Ejemplos de cómo…

...una arquitectura modernista...
…una arquitectura modernista…

...puede estropear un pueblo.
…puede estropear un pueblo.

El calor aprieta dentro de mis botas y pantalones de motorista, así que voy concluyendo la visita antes de que me cierren el único bar del pueblo. Ya me queda poco. Recorro el perímetro del recinto, que aún conserva algunos trozos de la muralla que lo defendió en sus días, y me encuentro con la impresionante mole de la puerta Sur, flanqueada por dos grandes columnas macizas y coronada por un matacán sobre el arco de la puerta. Junto a ella, y obstaculizando parcialmente su vista, una fea construcción de bloque y cemento constituye un verdadero e imperdonable despropósito urbanístico.
Impresionante aspecto de la puerta Sur, con columnas macizas y matacán.
Impresionante aspecto de la puerta Sur, con columnas macizas y matacán.

Vuelvo sobre mis pasos para regresar junto a mi montura, pero antes quiero echar un vistazo al bienintencionado, aunque estéticamente desafortunado, museo etnográfico. Alguien, en este pueblo, ha debido comprar con entusiasmo la dudosa idea de que lo vanguardista hace bello contraste con lo clásico.
museo
Uno de los varios pabellones del pseudo-vanguardista museo etnográfico.

Las piezas que encuentro en el museo hacen que, durante unos minutos, me invada la nostalgia: muchas de ellas no son tan antiguas, o quizá yo soy más antiguo aún, pero el caso es que las he visto utilizar en los dulces años de mi niñez: la desgranadora que tenía mi tío en el galpón de su cortijo, el trillo que usaba mi abuelo en las eras, o incluso la mochila metálica para sulfatar que yo mismo me echaba, trabajosamente, sobre las infantiles espaldas.
trillo
Un trillo como el que tenía mi abuelo.

grano
Máquina para separar el grano de la paja.

mochila
Mochilas con bomba para sulfatar y fumigar.

Es hora de marchar. Me subo a lomos de Rosaura y, sin arrancar el motor, la dejo rodar calle abajo. No quiero rasgar, con el ruido del escape, la gasa del silencio. El bar está aún abierto y unos amigos apuran sus consumiciones. Por mi parte, me he ganado un zurito bien frío y un delicioso pincho de tortilla, que engullo con fruición antes de alejarme de Peñacerrada y darle, ya en el horizonte, el último adiós desde el azogue de mis retrovisores.