A place called Javier.

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No hay cereal más hermoso y noble que el trigo.
No hay cereal más hermoso y noble que el trigo.

Desde Olite hasta Jaca sólo hay ciento quince quilómetros, pero me llevó todo un día recorrerlos.  Viajo despacio y me detengo allá donde mis ojos y mi corazón me indican. O, bueno, más o menos: son tan hermosos los pueblos y rincones por los que voy pasando que cada uno merecería un capítulo aparte en mi cuaderno; me resultan un regalo para la vista y un verdadero bálsamo para el espíritu; y son, además, tantos estos lugares que, si me parase en cada uno hacia el que mi vista vuela, no me alcanzaría la vida para conocerlos ni describirlos.
A poco de alejarse el viajero hacia el nordeste desde Olite, empieza el terreno a ondularse, la moto se alegra con algunas curvas y cambios de rasante, y da comienzo el muestrario de pueblos navarros y aragoneses por los que he tenido la suerte o el tino de pasar.
Ahí está San Martín de Unx, lugar de fuerte herencia románica, construido en piedra sobre la piedra, en lo alto de un otero y dominando una vistosa campiña; con sus tres iglesias, sus escudos y sus fierros castellanos. Lugar de buenos vinos.
Hermosa vista desde la iglesia de San Martín.
Hermosa vista desde lo alto de San Martín de Unx.

Pórtico de la iglesia de San Martín
Pórtico de la iglesia de San Martín

Ahí está también Lerga, modesta aldea de la que poquísima gente habrá oído hablar aparte sus parroquianos, pero que puede rivalizar en atractivo con la mejor. Encantadora es su modesta iglesia, anchas y luminosas sus calles, recias sus casonas blasonadas y primorosa la plaza del ayuntamiento.
Casas en Lerga.
Casas en Lerga.

iglesia
Iglesia de Lerga.

plaza
Plaza de Lerga.

O Eslava, trepando por una colina y asomándose al sur.
Eslava
Eslava

Sangüesa es ya localidad más conocida, y con título de ciudad, por ende; municipio grande de la zona, bañado por el río Aragón y varias veces inundado por él. Ahí me detuve a tomar unas tapas y algún vino en uno de los muchos y atractivos bares que hay a lo largo de su animada calle Mayor, peatonal, así como en las calles aledañas, dentro del casco antiguo. Había ese día un mercadillo bajo los umbríos arcos del ayuntamiento que parecía un cuadro medieval.
Soberbia portada románica de Santa María la Real, en Sangüesa.
Soberbia portada románica de Santa María la Real, en Sangüesa.

Pero, con diferencia, el que me ha cautivado esta jornada ha sido uno de esos sitios que no vienen ni en los mapas: por una carretera de tercer orden, y aun así escondido y a trasmano, apenas sin señalizar, al tomar un desvío que pasaría desapercibido al conductor más atento, se encuentra un extraño lugar llamado Javier. En la ladera de un monte, frente a un delicioso valle arbolado, surge gallardo entre el verde del paisaje el castillo de Javier, llamado así porque fue la cuna de San Francisco Javier. En las proximidades, dos conventos, una basílica, un restaurante cerrado y un hotel. Eso es todo. Un conjunto llamativo y sorprendente, por lo bonito y perdido. Como una pequeña Arcadia divina, que lo mueve a uno preguntarse: ¿qué hace esto aquí? Quizá tenga su pequeño secreto… o quizá no, pero es mejor no saberlo porque así conservará en mi memoria el encanto de lo incógnito y remoto.
Castillo de Javier, cuna de San Francisco Javier.
Castillo e iglesia, cuna de San Francisco Javier.

patioAbadiaJavier
Patio de la basílica de Javier.

Al salir de aquel valle y volver a la “civilización” se desemboca a la altura de Yesa en la pintoresca carretera N-240, el llamado Eje pirenaico, que ahí empieza a bordear un embalse abundantísimo en preciosas vistas, de las que no tomé ni una foto porque me dediqué a juguetear con la moto en las curvas. Lo que sí hice fue apartarme por un camino y quitarme el pegajoso calor de ese día bochornoso dándome un baño en el agua del lago, que me dejó como nuevo.
rosauraYesa
Rosaura, deseando darse un baño. Embalse de Yesa.

El vagabundo tras darse un baño en el embalse de Yesa.
El vagabundo tras darse un baño en el embalse de Yesa.

En un entorno ya más terrenal y prosaico, entre tierras de cultivo y al borde de la carretera, se yergue imponente sobre una cresta rocosa, que ha resistido a millones de años de erosión, la localidad de Berdún. Estamos ya en Aragón, provincia de Huesca (suponiendo que Huesca sea Aragón, por lo que ya diré en su momento). Berdún es otro de esos pueblos que no tienen desperdicio, bonito desde abajo y desde arriba, de frente y de perfil, por dentro y por fuera: con sus restos de la muralla medieval, sus casas haciendo balcón sobre la llanura, sus calles estrechas comunicadas por cantones y pasadizos, o su pequeña plaza recogida y discreta. Tiene, además, una pequeña colección de casas escogidas distribuidas en una sencilla ruta muy fácil y agradecida.
Berdún.
Berdún.

casaEsquinaBerdun
Mirando hacia poniente.

casaPalaciegaBerdun
Casa palaciega en Berdún.

vistaDesdeVerdun
Dominando la llanura.

Me demoré un buen rato descubriendo Berdún y haciendo fotos, y me habría quedado a dormir de no ser porque en la hospedería no quedaban habitaciones libres; así que hube de irme hasta Jaca, conduciendo entre dorados y esplendorosos campos de trigo, del que en alguna ocasión tengo dicho que no hay cereal más hermoso y noble.
Trigales llegando a Jaca.
Trigales llegando a Jaca.

Ya venía la tarde bochornosa y amenazando lluvia, y estaba yo entrando por la puerta del hotel donde me alojé en Jaca justo cuando descargaba la tormenta. Medio minuto más tarde y me calo. Después, cuando escampó, tuve ocasión de aprender lo bien que se tapea allí; un verdadero paraíso de los pinchos, y también del vino. Un final de jornada redondo. Regresé a la habitación del hotel bien satisfecho y, como diría mi madre, cantando baixiño.

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[:en]

No hay cereal más hermoso y noble que el trigo.
There’s no ceral more beautiful and noble than wheat.

There’s only one hundred fifteen kilometres from Olite to Jaca, but it took me a whole day’s ride. I travel slowly and I stop wherever my eyes and my heart take me. Or – well – kind of: the places I’m passing by are so beautiful, each deserves a separate chapter in my notebook; they’re a gift to behold, and a true balm for the spirit; moreover, there are so many of them, if I actually stopped in each one my sight fancies, my life would not last to know and describe them all. A little away from Olite to the northeast, the ground begins to undulate, the bike smiles to the road bends, and the samples start of Navarre and Aragon villages that I’ve been lucky or wise enough to come through. There you have San Martín de Unx, with a strong romanesque heritage, built on stone over the stone, on top of a ridge and towering above a pleasing countryside; with its three churches, its blazons and Castilian irons. Fine wines here, too.
Hermosa vista desde la iglesia de San Martín.
Countryside view from San Martín de Unx.

Pórtico de la iglesia de San Martín
San Martín church’s arcade

There you also have Lerga, a modest tiny village very few people will have heard of except its neighbours, but that can rival in appeal with the best. Charming church, wide streets full of light, robust emblazoned houses and a neat market square.
Casas en Lerga.
Houses in Lerga.

iglesia
Lerga’s church.

plaza
Market square of Lerga.

Or Eslava, climbing up a hill and looking out South.
Eslava
Eslava

Sangüesa is a better known city: the main township in the area, on the banks Aragón river, sometimes flooded by it. I took a break there for some wine and tapas in any of the many and appealing bars along its lively Mayor street and neighbouring ones inside the old town. There was a street market under the shady arches of the townhall, it looked like a medieval picture.
Soberbia portada románica de Santa María la Real, en Sangüesa.
Superb façade of Romanesque style, Santa María la Real church, Sangüesa.

But by far the site that captivated me this day was one of those not on the maps: taking an narrow by-road, yet hidden and underhand, barely signaled after a detour, unnoticed even by a watchful driver, there is a bizarre place called Javier. On the slope of a hill, facing a delightful wooded valley, dashing among the green fields arises the Castle of Javier, so named because it was the birthplace of St. Francisco Javier. Nearby: two convents, a basilica, a closed restaurant and a hotel; that’s it. A striking and amazing set, so beautiful and lost. Like a little divine Arcady, making me wonder: what are these buildings doing here? They may have their little secret … or may not; but it’s better not to know, so as to be kept in my memory with the charm of the unknown and the remote.
Castillo de Javier, cuna de San Francisco Javier.
Castle and church, birthplace of St. Francisco Javier.

patioAbadiaJavier
Basilica’s courtyard.

Coming out of the valley back to “civilization” you arrive to Yesa and connect with the scenic road N-240, called the Pyrenean axis, right where it begins to skirt the Yesa reservoir, plenty of awesome views of which I didn’t photographed a single one because I chose to enjoy the bike on the road corners. Well, I actually stopped once for getting to the reservoir shore and washing away the sticky heat of that sultry day by taking a bath in the lake, after which I felt a brand new bum.
rosauraYesa
Rosaura, yearning for a bath. Yesa reservoir.

El vagabundo tras darse un baño en el embalse de Yesa.
The rover after the bath.

On a more prosaic and “earthly” environment, among fertile farmlands there is Berdún, standing on a rocky ridge that has resisted millions of years of erosion. We are now in Huesca province, Aragon (well – supposing Huesca belongs to Aragon at all; I’ll say why in due time). Berdún is one of those pretty towns from beginning to end, any way you may look at it; with its outstanding location, its medieval wall remains, its houses stooping over the plain, narrow streets connected by alleys and passages, tasteful tiny market square and a number of notable houses, making for an amusing tour.
Berdún.
Berdún.

casaEsquinaBerdun
Facing sunset.

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Palace-house in Berdún.

vistaDesdeVerdun
Towering over the plain.

I stayed a good while in Berdún, discovering the village and taking pictures; and I’d have wilfully stayed overnight there had been any vacancies in the only hostel in town. But there weren’t, so I had to continue trip until Jaca, the road running among magnificent golden wheat fields, about which (the wheat) I’ve already written somewhere that there isn’t a nobler and most beautiful cereal on the planet.
Trigales llegando a Jaca.
Wheat fields on the way to Jaca.

In Jaca it was easy to find accomodation, and I was getting inside the hotel right in time for sheltering from the thunderstorm. One minute later and I’d be soaked. Afterwards, when it cleared up, I explored the city just to find out it is one of the best places for wines and tapas, ever. A true paradise, which made for a perfect end of my day trip.

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Enjoying Olite.

[:es]

Plaza de San Martín, el centro social del pueblo, y castillo al fondo.
Plaza de San Martín, el centro social de Olite, y castillo al fondo.

Es común, escribiendo diarios de viaje, que en cuanto te descuidas un par de días se te empiezan a acumular los eventos, vuelan las jornadas, se amontonan los lugares, las impresiones, las experiencias, y al final pierdes el hilo y la cuenta. Y lo del diario online no lo hace más fácil; al contrario: con el diario tradicionale, de a cuaderno grapado y boli Bic, que lo mismo escribes tomando el desayuno que echando un vermú en una terraza o esperando al tren, en cualquier tiempo muerto de los muchos que tiene la jornada, es más raro que esto ocurra.
La calle San Martín, con sus varias terrazas donde, tanto por la mañana como al atardecer, se está en la gloria.
La calle San Martín, con sus varias terrazas donde, tanto por la mañana como al atardecer, se está en la gloria.

Venía diciendo en el capítulo anterior, creo, que toqué el cielo con las manos -paisajísticamente hablando- a lo largo del recorrido a través de la Sierra de la Demanda, de la cual salí por una impresionante puerta natural hacia el mucho más modesto valle de Ebro. Y dije también -o, si no, lo digo ahora- que Logroño, una de las capitales de provincia más bonitas y con mejor calidad de vida, no hizo -por comparación con la sierra- gran mella en mí esta vez. De modo que sólo pasé una noche allí, y a la mañana siguiente cogí la moto y continué viaje.
La muy castellana plaza del ayuntamiento.
La muy castellana plaza del ayuntamiento.

No obstante, esta etapa fue muy corta: apenas había hecho unas decenas de quilómetros (Lodosa, Andosilla, Peralta y Marcilla) cuando, por equivocarme en un cruce, tuve la suerte de ir a parar a la noble villa de Olite, donde (aunque sin comparación con Santo Domingo) el cuerpo me pidió quedarme tres días; y es que tras haber hecho un centenar de quilómetros por el desierto estético del sur de Navarra, Olite me pareció como un oasis de armonía. Aparqué la moto en la bonita plaza del ayuntamiento, escogí el hotel que más plugo a mis sentidos y, como me acogieron con la sencillez que me gusta, hice de él mi casa.
Pasé los tres días escribiendo el diario, paseando por las calles del casco viejo -restauradas con gusto irreprochable-, haciendo mil fotos de lugares hermosos (fotos que luego, al verlas en la pantalla, siempre te decepcionan) y decorando las maletas de Rosaura con papel verde fosforito para ser más visible en la carretera.
Este atrio exterior embellece y le da enorme gracia a la plaza de los Teobaldos.
Este atrio exterior embellece y le da enorme gracia a la plaza de los Teobaldos.

Una cosa, sin embargo, no me gustó del pueblo: Olite huele a porro. Cosa, por cierto, muy común en la España vascongada. Siento mucho decirlo, pero Olite es otro de esos municipios del “norte” cuyas autoridades parecen ver con buenos ojos que la gente fume canutos por la calle, en los parques y hasta en las terrazas de los bares; y a mí, que apenas tolero el humo del tabaco, el empalagoso del hachís me pone de los nervios. Eso de darle al canuto será muy progre y muy guays, pero yo no soy ni una cosa ni otra, así que ahí queda esta crítica.
La entrañable rúa Portillo, con su virgencita sobre el arco de la puerta.
La entrañable rúa Portillo, con su virgencita sobre el arco de la puerta.

Espero que estas fotos describan Olite mejor que yo. Quizá lo que más me ha gustado del casco antiguo es el curioso conjunto arquitectónico formado por el Castillo-Palacio real, el acceso al atrio, la iglesia de Santa María la Real, el atrio mismo -con pozo y todo- y el parador Nacional. Por cierto que el castillo de Olite es muy bonito pero, para mi gusto, demasiado perfecto; le falta algo. Autenticidad quizás. Me recuerda un poco, salvando las distancias, al alcázar de Segovia: rellena muy bien una postal pero no tiene alma. Es como un Exin-castillos.
Acceso al claustro
Acceso al atrio

Este conjunto que digo tiene una combinación casi perfecta de contrastes: fuertes luces y duras sombras, los colores de la piedra y el cielo, el juego de columnas y líneas de fuga, de esquinas y peldaños, de puertas insinuadas, y el atrio a cielo abierto con su desnudez casi erótica, sugiriendo intimidades desveladas.
Frente de la iglesia BlaBla a través de las columnas del atrio.
Frente de la iglesia Sta. María la Real a través de las columnas del atrio.

Y el pozo; ese pozo que nunca falta en las leyendas y que seguro guarda, como los pozos del sur, una mujer mora en las aguas del fondo que hipnotiza y cautiva a los niños que se asoman al brocal…
Pozo del atrio.
Pozo del atrio.

Me llamó la atención, por esa vena mística que a veces me susurra en el oído, y por esa España sin complejos de la que tanto estoy hablando, el lema que esta bodega se atreve aún a ostentar sobre el dintel de su puerta. Lamentablemente, tiene poco futuro una bodega con tal estética, en los tiempos que corren, con tanto descreído suelto que anda por ahí.
¡Bravo por Vega el Castillo!
¡Bravo por Vega el Castillo!

He dicho vena mística pero, en realidad, lo mío no es nada de eso. En el fondo, soy más ateo que Marx. Lo que ocurre es que me encuentro cómodo en un mundo con iglesias, campanas, curas, procesiones y los atributos típicos del catolicismo. Es lo que mamé desde la infancia y con lo que me alimenté hasta salir de la pubertad, y por eso la cultura de rezos y misas, la liturgia, las capillas, iconos y retablos, los dichos y expresiones, los refranes… muchos detalles de nuestra vida cotidiana que vienen de ese mundo -hoy agonizante pero que sigue vivo en mi memoria-, todo eso forma parte inseparable -e irrenunciable- de mí. Me devuelve tantísimos recuerdos de la niñez que me trae paz espiritual, seguridad, y me siento en mi elemento. Quizá ahora más que nunca lo valoro, cuando viajo por estos mundos de Dios sin Dios. Por eso, aunque no soy creyente, respeto a la Iglesia y la quiero; no podría ser de otro modo sin renunciar a lo que yo soy, a la información que guardan mis neuronas y que conforma la mente del que esto escribe. Amén.
Amapolas entre el trigo, cerca de Beire.
Amapolas entre el trigo, cerca de Beire.

Por último, aprovechando mi larga estancia en Olite, di un gran paseo hasta la vecina aldea de Beire y fotografié el trigo y las amapolas que tanto placer están dándome a la vista últimamente, y también una de esas enormes casas de la rancia nobleza, por supuesto blasonada, en alguno de cuyos salones ha de haber un oscuro y grave reloj de péndulo que aún funciona, y cuyas alcobas conocieron inconfesables historias de adulterios.
Old nobility house in Beire.
Vieja casa nobiliaria en Beire.

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[:en]

Plaza de San Martín, el centro social del pueblo, y castillo al fondo.
San Martín Square, the social centre of Olite; castle in the background.

When keeping travel logs, the moment you skip a couple of day’s write, events and places start piling up, time flies, impressions and experiences mix up and, eventually, you miss the log’s thread. And blogging doesn’t make it easier. Quite the opposite: with the good old traditional diaries, filled on a stapled notebook with a Bic ballpen, which you can write while having breakfast at the hotel or drinking a vermouth on a terrace, during any of those many empty moments of a traveler’s day, keeping the journal updated is a tad bit easier.
La calle San Martín, con sus varias terrazas donde, tanto por la mañana como al atardecer, se está en la gloria.
San Martín street and its delightful terraces.

So, well, in the previous chapter I was saying I nearly touched heaven -landscape-wise- with my hands riding through Sierra de la Demanda, which I finally exited by an awesome natural gate issuing to the less exciting Valle del Ebro. And I also said that Logroño, one of the finest and best rated capitals in Spain, didn’t make a big impression on me this time, as compared to the Sierra. So, I only spent one night there, and the next morning I took the bike and rode on.
La muy castellana plaza del ayuntamiento.
The very Castilian Townhall square.

However, this stage was to be very short: I had barely done a few miles (coming through Lodosa, Andosilla, Peralta and Marcilla) when, by a chance mistake, I arrived to the noble Villa de Olite, where I felt good enough to stay three days over (nothing compared to Santo Domingo, though); and that’s because, after having ridden a hundred miles across the aesthetic desert of South Navarre, Olite seemed to me like an oasis of harmony. So, I parked the bike in the fine square hosting the townhall, I picked the hotel I fancied the best and, being welcomed the modest Castilian style that I so much like (let’s face it: though Olite belongs to Navarre, it’s deeply Castilian) I instantly decided to make a long stay here. I therefore took things easy, spending my time traipsing, visiting some wine cellars, taking nice shots of the old town -that shows itself irreproachably restored- (pictures that never look half as nice when you watch at them afterwards), and wrapping Rosaura’s side bags on a “yelling yellow” paper, for the sake of security on the road.
Este atrio exterior embellece y le da enorme gracia a la plaza de los Teobaldos.
This outdoor atrio beautifies and enriches enormously the Square of the Teobaldos.

One thing, though, I didn’t like about Olite: it smells like weed. (Something quite common in the Basque Spain, by the way.) I’m sorry to say, but local authorities in the Basque provinces seem to find perfectly fine -and therefore not finable– of people to go along smoking joints on the streets, parks or bar terraces; and me, who can barely tolerate tobacco smoke, the sickly one from cannabis gives me the headache. Smoking hashish may be trendy and cool like hell, but I’m neither trendy nor cool; so, here I leave this complaint.
La entrañable rúa Portillo, con su virgencita sobre el arco de la puerta.
The endearing rúa Portillo, with its own Virgin Mary on top of the gate’s arch.

I hope that my pictures can this time talk better than me.
Perhaps what I liked the best about the old town is the curious architectural ensemble formed by the Castle-Royal Palace, access to the atrium, the church of Santa María la Real, the atrium itself with well and all, plus the Parador Nacional (Paradores Nacionales is a chain of government run luxury hotels).
Access to the atrium
Access to the atrium

With these three photos (above and below) I hope to describe such ensemble, with its strong contrast of lights and shades, blue sky and stone colours, its play of columns and vanishing lines, of steps and corners, and the bare, outdoor atrium with its almost erotic nakedness, hinting disclosed intimacies.
Frente de la iglesia S.M.L.R. a través de las columnas del atrio.
Santa María la Real through the colonnade of the atrium.

And the well: that well always present in the Spanish legents and hosting a Moor woman in its deep waters ready to mesmerize and capture the naughty children leaning over the well’s curb…
Pozo del atrio.
Pozo del atrio.

Because of that mystical mood I’m in sometimes, and because of the “Spain without complexes” I’m often talking about, I was struck by this winery’s motto over their door’s lintel. Unfortunately, there’s no future for a company with such aesthetic nowadays, in this society that has lost its Faith: we help each other, God helps us all.
¡Bravo por Vega el Castillo!
Hurrah for Vega el Castillo!

I said mystical mood but, in fact, it’s nothing of the liket. As a matter of fact I’m more atheistic than Marx himself. But it turns out that I feel comfortable in a world with churches, belltowers, priests, processions and all the features of Catholicism. That’s what I was breastfed with, what I grew upon until my late teens; and this culture -now dying but still alive in my memory- of prayers and Masses, liturgy and songs, chapels and altarpieces, sayings and made sentences, and many details of our everyday speech; all these has become and intrinsic and inseparable part of me. It calls so many of my hard-coded memories, it brings me peace of mind; I feel at ease among them, in my natural element. Perhaps now, bumming around the globe, I appreciate it more than eve. Therefore, although I am not a believer, I respect the Church and I like it; it could not be otherwise without sacrificing who I am, without giving up the infomration treasured by my brain cells that builds up the mind of the author of these lines. Amen.
Amapolas entre el trigo, cerca de Beire.
Lollipops among the wheat, near Beire.

Finally, taking advantage of my long stay in Olite, I took a long walk up to Beire and photographed the wheat and the poppies which so much pleasure I take on lately; and also I took some pics of one of those huge houses from ancient nobility, emblazoned, some of whose rooms must needs host a big, dark and grave clock, and whose alcoves know unspeakable stories of adultery.
Old nobility house in Beire.
Old nobility house in Beire.

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Touching heaven.

[:es]Santo Domingo de Silos ha sido inolvidable y difícilmente superable. Poco imaginaba yo, cuando decidí pernoctar ahí, cuán recompensado me vería. El pueblo recogido y entrañable, el entorno natural e inmaculado, el ambiente de sosiego y silencio, el vecindario campechano y noblote, el clima idóneo… No ha habido una sola nota discordante en la melodía.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.
Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.

La misma tarde de mi llegada, ya anocheciendo, salí a reconocer los bares y procurarme algo de cenar. Tanteé dos o tres, hasta que di con el restaurante. La señora estaba cenando sentada a una de las mesas y, nada más verme entrar, me preguntó: “¿qué quieres, hijo?” Le dije que quería cenar y me ofreció el menú por diez euros. Sin sacarme una carta ni nada me iba preguntando, al estilo madraza, qué me apetecía de primero y de segundo, qué de postre y de bebida; como en las pensiones antiguas o en los restaurantes de Galicia. Bueno, pues la sopa castellana y los huevos fritos con morcilla de Burgos, entonces. Me senté y, mientras ella fue a disponer lo necesario en la cocina, me alargó una botella de vino que -me dijo- habían dejado a medias los comensales anteriores. Me fascina esa España sin complejos ni remilgos, sin florituras a la francesa, que aún queda en algunas partes. Y cené como si estuviera en mi casa de cómodo y arropado. Imagino que yo no era el único en sentirse a gusto allí, porque el lugar estaba animado mientras que los otros restaurantes se veían medio vacíos. Había unos gabachos en una mesa vecina, y otros que debían ser holandeses o alemanes, por el acento. Había también alguna gente del pueblo o de las pedanías, porque conocían a la señora y a los camareros. Se respiraba una atmósfera cálida y familiar.
Al salir había refrescado bastante y, desde la calle, el restaurante se veía aún más acogedor, si cabe: como esas imágenes navideñas donde, en contraste con un paisaje nevado, se simboliza el calor de los hogares con la luz amarillenta que escapa de sus ventanas. El resto del pueblo estaba casi desierto; los otros bares cerraban ya sus puertas. La campana de la iglesia daba un cuarto cuando pasé junto al muro. Eran ya completas. Esa noche, arrullado por el borboteo del agua en las piedras del arroyo, dormí como un bendito. Mi último pensamiento antes de caer vencido por la fatiga fue la decisión de prolongar mi estancia un día más.
Y no muy lejos de donde reposaba yo mi cabeza debió reposar la suya, hace ya casi mil años, don Rodrigo Díaz de Vivar. Se dice que el Cid Campeador, en su destierro, pasó la primera noche en Silos; y según los documentos históricos parece ser también que conoció personalmente a Domingo Manso (el futuro Santo Domingo) cuando éste era abad del antiguo monasterio de San Sebastián de Silos. Si ambas cosas son ciertas o no, ahí lo decidan los historiadores, pero desde luego la leyenda contribuye mucho al misticismo del lugar.
En cualquier caso, está fuera de duda que Rodrigo Díaz poseyó heredades en lo que ahora es término de Peñacoba, una pedanía de Silos; y en busca de esa ruta, la del destierro del Cid, fui al día siguiente en peregrinación a Peñacoba por un antiguo y evocador camino que atraviesa un laberíntico paisaje calizo donde, a tramos, sólo crecen añosas y resistentes sabinas.
Por cierto que, al final, no pasé dos noches en Silos, sino tres. Estuve tan a mis anchas allí que no me decidía a marcharme. Los alrededores de Santo Domingo son tan pastoriles como el pueblo en sí, y al caminar por ellos parece como si eso que llaman progreso no hubiera llegado a este rincón de Burgos: construcciones de piedra, tejas de barro cocido, cercados con postes de madera, sendas de herradura, ganado bovino suelto. En algunos lugares, casi nada recuerda al visitante el siglo en el que vive… si no es por los coches.
Valle de Mirandilla.
Valle de Mirandilla.

En otra de esas rutas, al coronar un collado tras una prolongada y fatigosa subida, existe a un lado del camino, frente a la espléndida vista panorámica del escondido y puro valle de Mirandilla, una estela que tiene esta hermosa e inspiradora leyenda:
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.

Y, hablando de tierra brava, resulta que en este valle de Mirandilla se rodó, hace ya nada menos que cuarenta y seis años, la película “El bueno, el feo y el malo”, todo un clásico del spaguetti protagonizado por otro clásico que estos días acaba de cumplir ochenta y cinco; así que Clint Eastwood andaba por entonces rondando los cuarenta. Un chavalín.
Por estos prados se rodó
Por estos prados se rodó “El bueno, el feo y el malo”.

Reemprendí mi viaje una preciosa mañana, alegre, soleada y fresca del mes de junio; no sin lástima de decirle adiós al restaurante donde cenaba como en casa y a las otras virtudes de Silos. Pero largo es el camino y muchas cosas habrá en él que disfrutaré igualmente.
De Santo Domingo fui a Salas de los Infantes, un pueblo por el que había pasado ya un cuarto de siglo atrás, cuando recorrí el camino de Santiago en bicicleta con otros cuatro compañeros en uno de los viajes más inolvidables de mi vida; una de esas hazañas que forman el carácter y dejan huella indeleble en el corazón y en la mente.
En Salas de los Infantes.
En Salas de los Infantes.

Esta vez, sin embargo, Salas me hizo poca impresión. Comparado con los pueblos de los que venía; comparado con Silos, sobre todo, apenas le vi atractivo. Hice un par de compras y continué por la ruta que atraviesa la Sierra de la Demanda, camino de Logroño. Esa carretera no tiene desperdicio: es uno de los recorridos más variados e impresionantes que puedan hacerse; no sólo por los paisajes, que en ocasiones quitan el aliento, sino sobre todo por su autenticidad (atributo vago -me consta- y difícil de expresar, pero fácil de aprehender cuando se pasa por allí). Y es que aquellas sierras, aquellos valles y aquellos pueblos tienen algo de genuino, de original, que parece haberse perdido ya en muchos lugares. Es una región con carácter, con una personalidad que, quizá, sólo puede apreciarse cuando se compara con otras zonas rurales.
Me resultaría casi imposible, e inaceptablemente premioso, tratar de reflejar aquí con palabras todas mis impresiones, así que me limitaré a hacer algunos comentarios sobre los pueblos y parajes que más llamaron mi atención.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.

Barbadillo de Herreros, noble villa encajada en paisaje de austera y ejemplar castellanía, fue cuna de Francisco Grandmontagne, uno de los grandes desconocidos de la Generación del 98, a quien Primo de Rivera ofreció la embajada española en Argentina. El pueblo lo conmemora con una bonita frase: el insigne escritor que supo dignamente llevar, hasta muy lueñes tierras, la cadencia y bellezas del habla castellana.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.

Ubicado en plena sierra de la Demanda, entre robledales, tierras de cultivo y de pastoreo, Barbadillo es uno de esos pueblos que yo llamo “de la España sin complejos“, como lo atestigua este viejo letrero publicitario que, no obstante sus años, aún no ha sido víctima de pintadas por parte de la intolerante progresía.
barbadilloHerreros2
En el “centro” del pueblo, a ambos lados de la carretera, se miran frente a frente dos edificios a cuál más hermoso: uno, el “Ayuntamiento y Escuelas”, que además de ambas funciones aloja también el único bar de la localidad; otro, la vieja iglesia, de la que destaco este curioso altorrelieve sobre su puerta lateral:
tallaBarbadilloHerreros
A mitad de camino entre Barbadillo y Monterrubio de la Demanda tuve ocasión de admirar uno de los paisajes más puros y castellanos por los que he pasado en mi vida, un paisaje que reúne todos los elementos que definen aquella tierra: el matorral bajo, las verdes praderas, el ganado ovino, las arboledas, la sierra y, como nota que llamó mi atención, un parche de nieve en lo alto de la montaña que aún se resiste a los calores de princpios de junio. Es una vista que, pese a lo mudable de mi carácter, creo tardaría muchos años en llegar a aburrirme.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

La noticia de la abdicación del rey Juan Carlos I a la corona de España me cogió justo cuando me tomaba una cerveza en Canales de la Sierra, otro de los varios pueblos impecablemente tradicionales de esta ruta olvidada, gracias a Dios, por el turismo; no digamos ya por la fiebre constructora.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.

El municipio de Canales está ya en Logroño, que sigue siendo provincia profundamente castellana por mucho que quieran insistir en diferenciarla administrativamente. El pueblo, con apenas cien vecinos en verano, se encuentra nada menos que a 1050 m sobre el nivel del mar.
Casa consistorial de Canales.
Casa consistorial de Canales.

Un paseo por los alrededores de Canales sitúa al caminante en mitad de una vida tan rural como pueda encontrarse en España.
Escena campestre en el municipio de Canales.
Escena campestre en el municipio de Canales.

Y la obligada visita a la iglesia de San Marcos, una magnífica muestra del románico, lo invitará a meditar unos instantes bajo el umbrío y bello pórtico.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.

Pero si hubo un pueblo en esta etapa que me dejó sin respiración, ese fue Anguiano; más concretamente Las Cuevas, uno de sus barrios. Surge de repente, sin esperarlo, tras una curva de la carretera, y se ubica justo bajo un impresionante corte en la roca de la montaña que sirve, por derecho propio, como puerta a la sierra de la Demanda. Puerta en ambos sentidos: en el más literal porque es una angostura que asemeja el vano de una puerta o, más bien, la entrada a una muralla; y en el más figurado porque, a uno y otro lado del muro de roca, el paisaje cambia drásticamente: allí acaba de sopetón la sierra y da comienzo el valle del Ebro, la vegetación varía, los bosques terminan y el clima se torna notablemente más cálido.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.

Y justo al pie de ese cortado, escondido y protegido en una garganta del Najerilla, cruzando el espectacular puente Madre de Dios, se encuentra el barrio de Las Cuevas. Pues bien, ahí la Iglesia Católica tuvo las narices de construir una iglesia, al pie mismo de la roca, que da vértigo sólo de mirar hacia arriba a lo alto de la torre.
Iglesia San Pedro de Cuevas.
Iglesia San Pedro de Cuevas.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.
Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.

El puente que da paso  al barrio de Las Cuevas es una obra de arte, no tanto por su arquitectura, de un solo arco, como por su ubicación, ya que se apoya sobre la roca natural en ambos lados de la garganta y nada menos que a treinta metros de altura sobre las aguas del Najerilla, que pasa por ese estrecho rugiente y salvaje. No fui capaz de hacer una foto que captase adecuadamente la impresión.
Y en la otra orilla de Las Cuevas, pasando la dicha puerta natural, está Anguiano, el último de los pueblos bonitos de la ruta desde Santo Domingo de Silos (que nos parece ya tan lejano).
Anguiano visto desde Las Cuevas.
Anguiano visto desde Las Cuevas.

Así que, recorridos estos dramáticos parajes, estos pueblos vistosos cargados de personalidad, ¿quién se deja impresionar por Baños del río Tobia, por Nájera o por Cenicero? Ni siquiera Logroño, esa encantadora capital del vino y del tapeo, pudo hacer mella en mis sentidos aquella tarde, como no fuese en el estómago; porque, eso sí, en Logroño no se perdonan unos riojas y unos pinchos, que los hacen tan sabrosos como los afamados de Vasconia, si no mejores. Si bien es cierto -y que me perdonen los logroñeses-, que su bonita ciudad está, económicamente, medio conquistada por los vascos, quienes poco menos que la consideran suya. Como no despabilen, en una de estas movidas políticas se la quitan.

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[:en]Santo Domingo de Silos has been unforgettable and hard to beat. Little did I know, when I decided to spend the night there, how would I be rewarded. The snug and cozy village, the natural and pristine surroundings, the peaceful and quiet atmosphere, the hearty and courteous neighbours, the perfect climate … Not a singe discordant note in the melody.

Vista de Santo Domingo de Silos al atardecer.
Santo Domingo de Silos at sunset.

The afternoon of my arrival, I went out at dusk to check on the bars and get me some dinner. I pinged two or three, until I found the restaurant. The landlady was having dinner at one of the tables and, the moment I got in, asked me, “how can I help you want, son?” I said I wanted dinner and she offered me a menu for ten euros, in quite a motherly way, asking me what did I want as a starter, and as a main dish, what for a desert and drink; like in those inns of yore. Castilian soup and fried eggs with morcilla de Burgos would do, then. I sat down and, before going into the kitchen to place the order, in the most natural way she handed me the wine bottle half full the former customers left off: “here -she said-, you’ve got more than enough, but feel free to ask more if you want”. I love this Spain without complexes nor fuss, no French-like frills, which you can still find in some regions. And I dined like at home, comfy and sheltered. And I reckon I was not alone in feeling comfortable there, because the place was hopping while other restaurants looked half empty. There were some froggies at a neighbouring table, and another couple probably Dutch or Germans, by their accent. There were also some locals, I guess, because they knew the lady and the waiters. A warm and friendly atmosphere, in short.
When I came out it was cooler and, from outside, the restaurant looked even more inviting: like those Christmas cards where, contrasting with a snowy landscape, the warmth in the homes is symbolized by the yellowish light coming out the windows. There was hardly anyone on the empty streets; other bars had already closed. The church bell was tolling a quarter when I walked by its wall. It was already compline. That night I slept like a newborn, lulled by the gurgling of the water on the stones of the brook. My last thought before falling asleep, overcome by fatigue, was the decision to extend my stay another day.
And not far from where I was resting my head must have rested his, almost one thousand years ago, Don Rodrigo Diaz de Vivar. It is said that The Cid, in his exile, spent the first night in Silos; and according to historical documents he seems to have made personal acquaintance with Manso Domingo (the to be Saint who gave his name to the monastery and the village) when the latter was but the abbot of the former monastery in Silos, called San Sebastián. Whether both things are true or not, historians will tell, but the legend certainly contributes to the mysticism of the village.
However it be, there’s no doubt that Rodrigo Diaz owned some country state within Peñacoba boundary, now a district of Silos; and after that route, “the banishment of The Cid”, I went next day on a pilgrimage to Peñacoba along an ancient and evocative path, passing through a labyrinthine limestone landscape where only grow aged and hard-wearing savins.
By the way, I finally didn’t spend two nights at Silos, but three. I was so at ease that I couldn’t make up my mind for leaving. The surroundings of Santo Domingo are as pastoral as the village itself, and when sauntering around it seems as if the so called “progress” had not yet arrived to this nook of Burgos: stone buildings, clay tiles, wooden post fences, bridle paths, spread out cattle… In some places, almost nothing reminds the visitor of the century he lives in… but for the cars.
Valle de Mirandilla.
Mirandilla Valley.

In another of these routes, when surmounting a hilloc after a long and tiring way, at the side of the road and facing the splendid panoramic view of the pure and hidden valley of Mirandilla, there is a stele with this beautiful and inspiring inscription:
“No Castilian land nor country is wilder country than this. There’s poise in the slope, there’s mysticism in the even.”
No hay paisaje castellano ni tierra más brava que esta. Gallardía hay en la cuesta y misticismo en el llano.
And speaking about wild, it turns out that in this valley of Mirandilla was shot, no less than forty-six years ago, the movie “The Good, the Bad and the Ugly”, a classic spaghetti starring another classic who these days just turned eighty-five; Clint Eastwood was by then pushing forty. Just a kid.
Por estos prados se rodó
Around these meadows was shot “The Good, the Bad and the Ugly”.

I resumed my journey on a beautiful, cheerful, sunny and cool June morning; despite having to say goodbye to the restaurant where I dined like at home, and to the other virtues of Silos. But long is the road, and many other things along will equally bring me joy.
From Santo Domingo I went to Salas de los Infantes, a town I had already passed through a quarter of a century ago when I was making the Camino de Santiago, one of the finest and most memorable trips of my life; one of those feats that make up your character and leave an indelible mark in the heart and in the mind.
En Salas de los Infantes.
In Salas de los Infantes.

This time, though, the town made little impression on me. Compared to the villages I just passed, mostly Silos, I scarcely found any interest in it. I did a little shopping and kept going along the route through Sierra de la Demanda, on the way to Logroño. That road is priceless: it is one of the most varied and impressive tours that can be done; not only for the often breathtaking landscapes, but above all for their authenticity (vague and hard to express attribute, I know; but easy to understand when you’re there). Because those mountains, those valleys and those villages have got something genuine, original, something that many places have apparently lost. It is a region with character, with a personality that -perhaps- can only be appreciated when compared with other rural areas.
I’d find close to impossible — and unacceptably labourious — trying to elaborate here on all my impressions, so I will just make a few comments on villages and places that called my attention.
Río Pedroso, a su paso por Barbadillo de Herreros.
Pedroso river, on its way through Barbadillo de Herreros.

Barbadillo de Herreros, noble borough fit in an austere and exemplary Castile landscape, hometown to Francisco Grandmontagne, one of the great forgotten writers of the Generation of ’98, who was offered by Primo de Rivera the Spanish embassy in Argentina. The town remembers him with a memorial plate reading like this: the distinguished writer who managed to bring with dignity, to far off lands, the cadence and beauty of the Spanish language.
Palacete nobiliario a la entrada de Barbadillo de Herreros.
Nobility mansion with its coat of arms. Barbadillo de Herreros.

Barbadillo, located right in the middle of Sierra de la Demanda, among groves, farmlands and grazing pastures, belongs to what I call “the Spain without complexes”, as evidenced by this old advertising that, despite age, has not been graffitied by the intolerant so-called liberals.
barbadilloHerreros2
Catholic Circle Savings Bank.

“Downtown”, facing off on both sides of the road, two buildings rival each other in beauty: one, the “Townhall and School” which, in addition to both purposes, also hosts the only bar in town; another one is the old church, of which I outline this curious high relief on top of its side door:
tallaBarbadilloHerreros
Halfway between Barbadillo and Monterrubio de la Demanda I had the chance to admire one of the purest and most Castilian landscapes I’ve ever seen; one that has all the elements defining the country: brushwoods, green meadows, sheep, groves, the sierra, catching my attention, a snow patch standing the June heat on top of the mountain. Despite my ficklish character, it’d take me years in getting bored of this view.
Entre Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.
Between Barbadillo de Herreros y Monterrubio de la Demanda.

The news of the abdication of our King Juan Carlos I got me when I was drinking a beer in Canales de la Sierra, another one of the several impeccably traditional villages along this route, thank God missed by tourism; let alone by the building frenzy.
Canales, con su peculiar ermita de San Cristóbal.
Canales, with its peculiar Hermitage of San Cristóbal.

The township of Canales is actually in Logroño, a province which remains deeply Castilian despite their people (and politics) insisting in differentiating it administratively. Canales, holding barely a hundred neighbors (in summer), is nothing less than 1050 m above sea level.
Casa consistorial de Canales.
Canales Townhall.

Promenading on the surroundings of Canales places the walker right in the middle of as rural a life as can be found in Spain.
Escena campestre en el municipio de Canales.
Country scene in Canales.

And the must-see visit to the Hermitage of San Marcos, a splendid example of Romanesque, will invite you to meditate for a moment under the shady and fine portico.
Pórtico de la ermita de San Marcos, con columnas de mucho mérito.
San Marcos’ arcade, with a worthy colonnade.

But if I had to pick a village taking my breath away in this day’s journey, that was Anguiano; more precisely, Las Cuevas, one of its neighborhoods. It suddenly spouts out, unexpectedly, behind a bend in the road; and it’s located right at the foot of an impressive cliff making a gate to Sierra de la Demanda. Gate in both senses: literally because it is a gorge resembling a doorway or, rather, an entrance through a wall; and in the figurative because, on either side of the ravine, the landscape changes dramatically: just there, the Sierra abruptly ends and the Ebro valley begins; the vegetation also changes, forests reach an end, and weather gets noticeably warmer.
Cortado en la roca. Uno de los flancos de la entrada natural a la Demanda.
One of the sides of the gorge, the natural gate to La Demanda.

Right at the foot of such cut, hidden and sheltered in a ravine of the Najerilla river, across the spectacular bridge called “Mother of God” (better translated as “Oh my God!”), we find the neighbourhood of Las Cuevas. The Catholic Church had the nerve to build a church at the foot of the very rock, which makes me dizzy just by looking up to the top of the tower. A very impressive view, you can take my word for it.
Iglesia San Pedro de Cuevas.
San Pedro de Cuevas church.

Torre de la Iglesia de San Pedro de Cuevas, vista desde la base.
Tower of San Pedro de Cuevas church, as seen from its foundations.

The bridge leading to Las Cuevas is a true work of art; not so much for its architecture, a single arch, as for its location, as it stands on the rock on both sides of the ravine, no less than one hundred feet above the waters, that go wild and roaring. Unfurtunately I wasn’t able to take a shot properly capturing the scene.
And on the other shore, passing through the aforementioned natural gate, there is Anguiano, the last of the pretty villages on the route from Santo Domingo de Silos (which now seems so long ago).
Anguiano visto desde Las Cuevas.
Anguiano from Las Cuevas.

So, once toured these dramatic landscapes, these colorful villages full of character, who will be impressed by Baños del río Toba, by Najera or Cenicero? Not even Logroño, that charming capital of wine and tapas, could ring my senses that afternoon, except for my stomach, as surely you won’t miss some wines and tapas in Logroño, where you can find them as fine as those in Basque Country, if not better. It is true though that such beautiful city is economically half conquered by the Basques, who consider it theirs. If the inhabitants of Logroño don’t wake up, a fine morning they’ll find their city taken away by those.

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[:]

A monastic life?

[:es]Atrás quedan Peñafiel, su castillo y sus afamadas bodegas; por delante la meseta, que va dulcificándose a medida que asciende hacia tierras más lueñes y hermosas. El cielo está poblado de cumulus humilis, el viento racheado acaricia las mieses, llenando de matices el verde y oro de los trigales; entre nube y nube, el sol brilla con suave dulzura y arranca a las flores, a los árboles, a las piedras, a los sembrados, al campo todo sus mejores colores. Ha quedado una tarde soberbia, gloriosa, capaz de contagiar al más desdichado alegría de vivir.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.
Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.

No sé si a estas alturas habrá algún lector que no esté al tanto de mi preferencia por lugares apartados y poco poblados, o por entornos naturales y rurales, así que nadie se sorprenderá al saber que, pasado el “bullicioso” Peñafiel, abandoné la carretera general (que se decía en mis tiempos) N-122 y cogí una local según mi rumbo nordeste, en dirección a Roa. No me detuve aquí, sin embargo: ya tenía bastante, por el momento, en cuanto a pueblos viticultores, así que continué hacia donde mi instinto me dirigía: camino de La Horra, Sotillo de la Ribera, Cabañes de Esgueva… Lo mejor -paísajísticamente hablando- de la jornada acababa de empezar, y en esos tramos del altiplano, sembrados de inacabables trigales, tuve la suerte de fotografiar algunos panoramas que -lástima- habrían merecido un mejor cámara que yo.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.

Entre uno y otro de estos pueblos el paisaje comienza poco a poco a cambiar: la árida llanura va quedando abajo, atrás, y, entre valles y lomas, la carretera asciende de manera casi imperceptible, pero cierta, hacia mayores alturas. A medida que me aproximo a las primeras estribaciones que rematarán en la sierra de la Demanda, empiezo a encontrarme con más zonas de arboleda. La carretera, casi desierta, me permite parar en cualquier momento y ensayar, por ejemplo, una fotografía de mí mismo, tal que esta:
“Selfie”, en algún lugar entre La Horra y Bahabón.

Estoy disfrutando tanto que, antes de darme cuenta, he llegado ya a la radial Asepsia-1 y, cruzando al otro lado, me veo consultando el mapa para saber a dónde quiero ir. Mientras estoy detenido al borde de la calzada un paisano se para y me pregunta: “¿todo bien, necesitas ayuda?”. Le agradezco, me sonríe y se marcha. Estoy en el buen camino -me digo. Hace muchos, muchos años, cuando yo era tan joven que el mundo no tenía límites ni espaciales ni temporales, tuve una novia con la que hice algunos de mis primeros viajes; en uno de ellos habíamos pasado por Santo Domingo de Silos; y de aquella visita, aparte una buena impresión general, me había quedado sólo una imagen en el recuerdo: un monasterio con un enorme abeto en el recinto frente a su entrada. De ese monasterio y de ese abeto, de ese lugar en mi pasado, quise hacer mi meta para hoy.
Y acerté. Pero, antes, ¿qué hermosos pueblos no habré cruzado? ¿Qué paisajes no me habrán regalado los dioses? A lo largo de una carretera de tercer orden, sin prisa sobre mi cabalgadura, ataviado con armadura blanca, voy admirando el campo a mi alrededor y pienso que me han hecho falta treinta años de viajar para venir a aprender ahora que la mejor manera de hacerlo -quizá la única auténtica- es despacio.
Me detengo en un lugar llamado Pinilla Trasmonte y aparco junto a la iglesia. Ya he expresado en algún otro lugar de este blog la admiración que no deja de causarme el frenesí constructor que ha mostrado la Iglesia Católica durante dos mil años. Aunque sólo sea por esto merece ya mi respeto. No hay aldea ni pueblo apartado, barrio ni pedanía, en región alguna española (de la España con mayúscula) donde la Iglesia no haya erigido una parroquia, una basílica, un monasterio, una catedral, una seo, una humilde ermita, una capilla. No puedo ocultar mi admiración e incluso mi envidia: ¿qué fe no habrá alimentado a ese ímpetu! Y es igual que se trate de una fe absurda y sin fundamento (¿acaso toda fe no lo es?) porque, quienes la hayan tenido, nunca pueden haberse sentido vacíos, como a menudo me siento yo. El párroco local, el obispo de turno, el cura, el prior, el abad, el simple monje… ninguno de ellos sintió -quiero pensar- la loca necesidad que a mí me empuja de viajar hacia Ninguna Parte: todos ellos supueron quiénes eran, todos creyeron -equivocados o no- en su labor, rara vez los inmovilizó la duda; vivieron y murieron donde pensaron que Dios los había puesto, y sus vidas significaron algo para ellos mismos.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.

Los rincones de los pueblos ejercen sobre mí un magnetismo con frecuencia irresistible, y allá donde atisbo una casa antigua, un techo de teja árabe, una pared de adobe, una puerta de madera, allá me encamino como hipnotizado. Tras la iglesia de Pinilla hay este romántico rincón, dos o tres casas que quizá no ha más de tres décadas estaban aún habitadas por viejos matrimonios que también supieron quienes eran, cuyos huesos reposan ya -sin duda- en algún descuidado cementerio rural invadido por las ortigas.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.

Y ahí está ella, mi “fiel” Rosaura, cual montura embridada que espera con paciencia a que su jinete acabe la breve visita al pueblo.
rosaura
Pero Pinilla no será más que una -y no la más bonita- de las varias aldehuelas que jalonan mi camino hasta Silos. Una legua hacia el este llego a Santa María del mercadillo, donde soy bien acogido: los paisanos son amables, serviciales, y se sienten honrados por la visita; hablan conmigo, me preguntan, me indican, me sugieren. Hay en una loma detrás del pueblo un antiguo cementerio, muy antiguo y pequeño, circundado por recio murete de piedra, en cuyo interior la hierba, muy crecida, cubre casi por completo la única cruz, herrumbrosa, que ha pervivido al paso de los siglos. Subo y allí me detengo un momento a meditar. Es una melancólica imagen la de esa cruz, olvidada y solitaria en su recinto sagrado, medio caída sobre la mies que el viento arremolina, aguardando aún el día del juicio final.
Haz clic para entender este momento.
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Encuentro, además, otros pequeños detalles en este pueblo que me emocionan, que me transportan a mi más tierna infancia, vivida en una España profundamente -casi primitivamente- rural y sin complejos, cuando las escuelas no necesitaban instalaciones especiales, cuando los profesores se llamaban maestros y no precisaban, para enseñar, más que un encerado, un puñado de tizas y una recia regla de madera, y cuando a las calles podía aún ponerse el nombre de José Antonio sin que viniera ningún gilipollas a llamarte nazi.
Escuela vieja de chicos. en Sta María del Mercadillo.
Escuela vieja de chicos, en Sta María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.
Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.

Acabada mi visita (me habría quedado a pernoctar si hubiese habido hospedería) me despido de los hombres –vayan ustedes con Dios, les digo al estilo antiguo, y me miran algo extrañados-y, subiendo a la moto, arranco y continúo camino.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.

Los neumáticos de Rosaura han de cruzar aún las breves calles de Cieruelos y Brihongos (de Cervera); el aire refresca, las zonas de arboleda menudean, el paisaje se hace soberbio ya cuando enlazo con la panorámica ruta que lleva desde Aranda hasta Silos: doquiera que dirijo la mirada es un regalo para la vista; y, por fin, casi en llegando a mi destino, como un heraldo del recinto natural al que precede, se abre la puerta gigante y magnífica de La Yecla, el desfiladero que sirve de entrada meridional al valle del Mataviejas.
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas

El paso entre ambas crestas rocosas es tan angosto que no da para el ancho de la carretera, que ha tenido que ser excavada en la piedra.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.

De hecho, el paso natural es en algunos puntos tan estrecho que puede tocarse cada lado con una mano sin apenas estirar los brazos. Sólo el agua, con su fuerza erosiva y por disolución, a lo largo de millones de años se ha abierto camino aprovechando una fractura en la piedra; pero un camino estrecho por donde no puede discurrir más que ella.
En esta foto se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo
Detalle donde se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo “Cauce”, de originalísimo nombre.

Una vez contemplada y recorrida -a pie- la pequeña maravilla de la naturaleza que es Yecla, sólo una legua me resta por hacer en esta completa jornada antes de llegar, por fin, a Santo Domingo de Silos.
Nada más entrar, a la derecha, está la valla del monasterio y, pasando su cancilla, me veo -treinta años más tarde- en el patio con el recordado abeto centenario.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.

Mi intuición, de la mano de mi instinto viajero, me hacen descartar los tres primeros hoteles de sugerente aspecto que, al borde de la carretera, abren sus puertas al turista. Sigo apenas cien metros y, doblando la esquina de la iglesia aneja al monasterio, a mi derecha, desciende una calle adoquinada que remata en un pequeño arco, al otro lado del cual y pasando el río se ve un hotel, al pie mismo de una verde loma a la que el sol de la tarde enciende con los colores más hermosos y relucientes que puedan desearse. El conjunto me enamora con un flechazo de amor verdadero: la calle empedrada, el pequeño hotel algo apartado, el arco de piedra, una acequia que vierte sus impacientes aguas al Mataviejas, la colina verdecida, la ermita de piedra ocre que se yergue en su ladera… todo, cada uno de esos elementos, parece haber sido puesto allí por encargo expreso de mi gusto.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.

En el hotel me atiende un hombre sencillo, que se conduce con naturalidad, tan sin pretensiones como el hotel que regenta. El precio de las habitaciones me cae bien al presupuesto. Le pido que me enseñe una de ellas y, al subir y mirar por la ventana, esto es lo que veo:
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.

Pedir más sería un delito. Allí me quedo. Estoy feliz: he acertado en todo durante este día, que remato de manera intachable. Aparco la moto junto al hotel, subo las maletas, me cambio de calzado y lo primero que hago, libre ya de impedimenta, es subir por esa ladera con su ermita que están llamándome a gritos desde que les he echado el ojo. ¡Dios mío, qué bien se está! ¡Qué delicia de temperatura, qué silencio! Tan sólo se escuchan unas esquilas en la lejanía, las voces distantes de unos niños y, a ratos, una campana dando los cuartos sin alboroto.
Vista desde la ermita de Silos.
Vista desde la ermita de Silos.

Sobre la hierba de la ladera, al pie de la ermita, hay un via crucis de piedra que parece quiere decirme algo. Al mirar hacia atrás, el monasterio, el pueblo, el valle entero me sonríen, reflejando el sol en los tejados, en la piedra, en los árboles y en las mieses.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.

Me llego hasta la ermita, dedicada a la virgen del Camino; nombre muy adecuado, pues -casualidad o no- se sitúa junto al camino por donde pasó, yendo hacia su destierro, don Rodrigo Díaz de Vivar. Sólo contemplarla allí, en su ladera, con los ojos de sus ventanas mirando hacia el sol poniente, como llamando a la esperanza, es una vista que alegra el corazón.
Ermita de la virgen del Camino.
Ermita de la virgen del Camino.

En su flanco sur, a resguardo del vientecillo norte que sopla fresco, y asoleada por este día radiante, hay una piedra de tamaño regular, con la superficie algo cóncava de tantos miles de posaderas que allí han descansado. Ahí me acomodo, cierro los ojos y me dejo llevar un largo rato por el sueño y el ensueño, reposando la nutrida jornada…
alSolEnSilos
A medida que va el sol acercándose al horizonte la tarde refresca y, aunque estoy a sotavento, empiezo a sentir frío. Es hora de bajar y buscar algún sitio donde pueda cenar algo. Paso primero por la habitación para echarme una cazadora por los hombros y luego me encamino al “centro” del pueblo. Según voy llegando al flanco de la iglesia, mi vista se posa sobre un enorme mural que no advertí al llegar. Un mural devoto que, teniendo en cuenta mis pensamientos desde que di comienzo este viaje, entre todos los visitantes del pueblo parece estar hablándome exclusivamente a mí:
feQueVenceDuda
Sí, esa fe… ¡ah, quién la tuviera?

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[:en]I leave behind Peñafiel, its castle and famous wineries; ahead is the plain, losing its harshness as it slowly gets higher, towards more beautiful and faraway regions. The blue sky is partly cloudy with cumulus humilis, the wind caresses the wheat fields, putting a dozen shades on the green and gold; the sun shines behind the clouds every now and then with sweet tenderness and gets the best colours from the flowers, the trees, the stones, the fields, the whole countryside. It’s a superb afternoon, full of glory, able to bestow onto the most wretched one some joy of life.

Momento de beatitud entre La Horra y Cabañes.
Beatifying moment between La Horra and Cabañes.

I guess that, by now, every of my readers has been acquainted with my preference for natural and off route places; so, noone will be surprised to learn that, once I left the “busy” Peñafiel, I moved away from the highway N-122 and, pulling to the left, I took a secondary road going Northeast, towards Roa, which is also a wine-centered town. I didn’t stop here, though: for the moment being I had enough of wine making and vineyard cultives. So, I headed where my instinct took me, on the way to La Horra, Sotillo de la Ribera, Cabañes de Esgueva… Landscape-wise, the best of this day’s journey had but started, and along these stretches in the flat highlands, sown with wheat, oats and barley, I was lucky enough to take some splendid shots.
Trigales entre Sotillo de la Ribera y Cabañes de Esgueva.
Wheat fields between Sotillo de la Ribera and Cabañes de Esgueva.

Along these villages the landscape starts changing little by little, leaving behind and below the arid plains; the road climbs slowly among valleys and ridges towards higher lands. As I approach the first foothills of the Sierra de la Demanda, I start coming across some forest patches. The road, almost empty, allows for a sudden stop anywhere, and I can try some selfies like this (which you’ve already seen):
Selfie, somewhere between La Horra and Bahabón.

I’m enjoying so much that, before I realize, I’ve already crossed the route A(septic)-1, and I need to check the map to know where I want to go. As I’m standing by Rosaura on the road shoulder, a man stops by and asks me: “everything ok, do you need some help?” I thank him, he smiles back and leaves. I’m on the right way, I say to myself.
Many years ago, when I was so young that the world had no limits, spatial nor temporal, I had a girlfriend with whom I took some of my first trips; during one of these, we passed a village called Santo Domingo de Silos; from that visit, besides a good imprint, I keep only an image in my memory: a monastery with a huge fir tree in its entrance’s courtyard. I wanted now to make a destination out of that monastery and that fir tree, that place in my past.
And I hit it. But, before that, I’ve ridden through lovely villages, and I’ve been gifted with gorgeous landscapes. Along this minor route, slowly riding my bike, wrapped in my white armour, I contemplate the landscape around me and I think: thirty years of coming and going have been needed for me to learn that the best way of traveling is… just slowly.
I halt at a village called Pinilla Trasmonte and park by the church. I’ve already said in this blog that I never stop being amazed by the Catholic Church constructing zeal along one the past fifteen hundred years. Even if only for this, it deserves my respect. There is no hamlet nor small village, district nor county, quarter nor town in Spain where the Church has not erected a church, a parish, a sanctuary, a chapel, a cathedral, a monastery or a shrine. I can’t conceal my admiration nor -I admit- my envy: what kind of faith is needed for such energy, for such momentum? And I don’t care if it’s an absurd and baseless faith! All faith is; so, what? The main thing is: whomever has such faith, has never felt empty as I often feel. The local priest, the bishop, the prior, the abbot, the monk… probably none of them ever felt this fool urge, this yearning to journeying to nowhere: all of them knew who they were, all believed -mistaken or not, who cares?- in what they were doing; they lived and died where they thought God had placed them, and their lives meant something for themselves.
Iglesia de Pinilla Trasmonte, bajo un sol que empieza a declinar.
Church at Pinilla Trasmonte, under the early evening sun.

Every cozy corner in a villages attracts me as a magnet, sometimes irresistibly: wherever I glimpse an old house, a tiled roof, an adobe wall, a wooden old door, I walk there like hypnotized. Now, right behind the church of Pinilla there is one of those romantic corners: two or three empty houses in a row that, probably, no more than three dacades ago were inhabited by old couples who also knew who they were, and whose remains rest now -no doubt- in some neglected graveyard invaded by nettles.
Rinconcito tras la iglesia de Pinilla Trasmonte.
Cozy corner behind the church of Pinilla Trasmonte.

And there she is, my “faithful” Rosaura, as a bridled mount waiting for the rider to finish visiting the village.
rosaura
But Pinilla is just one among the many small villages along my way to Silos. One league eastwards I arrive to Santa María del Mercadillo, where I’m quite welcome: the locals are kind, serviceable, and they feel honoured by my visit; they talk to me, ask me, direct me, suggest me. On top of a ridge behind the village there is an old graveyard, very old and very small, surrounded by a sturdy stone wall; inside, the grass is so overgrown that it almost hides the only cross, rusty, enduring the pass of centuries. I climb the ridge and stop there for a moment. It’s a melancholy view: the forgotten cross, lonely inside its sacred enclosure, leaning on the grass whirled by the wind, still waiting for the Judgement day.
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Besides, I find some other little gifts in this village that move me, bringing me back to the days of my childhood, when Spain was as deeply -almost primitively- rural as deprived of any complexes:mschools didn’t need special facilities, teachers were called maestros (an old fashion way of saying teacher in Spanish) and, for doing their job, they only needed a blackboard, a piece of chalk and a stout wooden ruler; in those times, streets could be called after José Antonio (a Spanish politician prior to Franco seized the power) without some asshole calling you nazi.
Escuela vieja de chicos. en Sta María del Mercadillo.
Old boys’ school, in Sta María del Mercadillo.

Calle José Antonio, en Sta. María del Mercadillo.
José Antonio street, in Sta. María del Mercadillo.

Once I finish my visit to this hamlet (I’d have stayed overnight had there been a hostage) I say farewell to the old men –may God be with you, I say, old style, and they stare at me a bit amazed- and, getting on the bike, I start and keep going.
Estos sí que no tienen ya prisa alguna.
These ones, they’re certainly not in a hurry at all.

Rosaura’s tyres shall yet roll over the streets of Cieruelos and Brihongos (de Cervera); the air is getting cooler, the forest patches happen more frequently, the landscape becomes magnificent, superb when I join the panoramic route from Aranda to Silos: wherever you look at, it’s a gift for the senses. Finally, shortly before arriving to my destination, there opens the giant and gorgeous Yecla, the defile that makes for the southern gate to the Mataviejas’ valley; Yecla is like a herald to the region whereof it is the natural entrance.
Las dos crestas rocosas que forman La Yecla, el desfiladero de entrada al valle del Mataviejas
The two rocky crests forming La Yecla, the defile gate to the valley where Silos sits.

The defile is so narrow that there was no room for the road, and a tunnel had to be carved in the rock.
A medida que se aproxima uno a La Yecla, se adivina la angostura.
When you get closer to La Yecla, you can guess how narrow.

As a matter of fact, the natural pass is so narrow in some spots that you can touch both sides with each hand without stretching your arms. Only the water, with its erosive force, has been able to make its way through this crack in the rock wall, along millions of years; but a narrow way, where only the water can go.
En esta foto se percibe el grado de angostura; por abajo discurre el arroyo
Here you can perceive the narrowness; underneath goes the stream quite originally called Cauce (means “Riverbed”).

After beholding this wonder of Nature and walking the short sightseeing route, it’s only one league left to finally get to Santo Domingo de Silos.
Silos is famous for its monastery, Santo Domingo, and there’s actually not much more to it. Everything here spins around the church, the cloister, the monks. But for a few old neighbours, all the rest is hotels, gift shops, restaurants, bars. But, at this time of the year, it’s not yet too busy. Not at all, I’d say.
Upon arriving, to my right, I find the monastery’s wall, then the gate, and in the middle of the courtyard across this gate… there it is, the giant centennial fir tree I recalled from my youth, only thirty years older, both the tree and me.
Abeto centenario en el patio de entrada del monasterio de Silos.
Centennial fir by the monastery’s entrance.

My intuition, hand in hand with my traveler’s instinct, advise me to disregard the first three suggestive hotels offering accomodation to the tourists, alongside the road. I ride barely one hundred metres further and, around the monastery’s church corner, a cobbled street to my right goes down to the riverside and underneath a stone archway, at the other side of which there’s another, more hidden hotel, at the very foot of a green hill onto where the reddish sun is shining beautifully, getting from the land and vegetation the most beautiful colours you can asl for. I instantly fall in love with the whole, a true love at first sight: the cobblestones, the small hotel, the arch, a dyke along the street, pouring its water to the Mataviejas river, the bright green hillside with a stone hermitage in the middle… everything, everyone of these elements seems to have been placed there for suiting my tastes.
Mi hotelillo, al pie de la ladera.
Mi hotel, at the foot of the hill.

The owner is a simple man, as non-pretentious as the hotel he manages. The room price suits well my budget. I ask him to show me around and, when checking the room, this is what I see:
Iglesia del monasterio de Santo Domingo, desde la ventana de mi hotel.
Church of the monastery of Santo Domingo, from my hotel’s window.

Asking for more would be a sin. I’m staying here. I feel happy: my instinct and my intuition have served me quite well all along this day. I park Rosaura by the hotel, take the suitcases to the room, change shoes and then the first thing I do is climb the slope to the hermitage, which is calling me since I set my eyes on it. What a pleasant feeling! What a lovely weather!, what a silence! You can only hear the cowbells in the distance, some infants’ voices far away, and, every now and then, a bell telling the quarters.
Vista desde la ermita de Silos.
View from the hermitage of Silos.

On the slope, below the hermitage, there is a Way of the Cross, built on stone, and I feel as if it wanted to tell me something. When I turn my head back, the monastery, the village, the whole valley are smiling to me with the sun shining on the roofs, on the stone, the trees and the fields.
Santo Domingo de Silos y el valle del Mataviejas.
Santo Domingo de Silos and the valley of Mataviejas river.

I get to the hermitage, called Virgen del Camino; a very suitable name, because (coincidence or not) here goes the way (camino, in Spanish) that Rodrigo Díaz de Vivar (the moor-killer medieval hero), nicknamed Cid Campeador, took when he was banished from Castile. And it’s a sight that lightens my heart, this hermitage looking towards the setting sun with its window-eyes, surrounded by greeenery, there on the hill slope.
Ermita de la virgen del Camino.
Hermitage Virgen del Camino.

On its southern side, shielded from the cool breeze, sunbathed, there is a stone whose surface is polished and worn by thousands of people who sat on it. And there I sit myself, closing my eyes, letting the slumber get hold of me, resting from this long and eventful day…
alSolEnSilos
As the sun sets and dusk comes, the evening gets a bit cooler and, though I’m sheltered from the breeze, and sunbathing, I start feeling cold. It’s about time for going down to the village and looking for somewhere to have dinner. As I pass by the basilica’s side, I notice a huge mural that passed unnoticed when I arrived. It’s a pious mural that, considering my last days’ thoughts, among all the village’s visitors seems to be addressed only to me:
feQueVenceDuda
“A faith that defeats doubt” it says. Oh, yes, that faith..! If only I could feel it!

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The blind sun…

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Los inacabables llanos de Castilla
Los inacabables llanos de Castilla

Empieza el segundo día de mi viaje a ninguna parte con un pequeño susto: justo antes de subir a la moto me entra el pánico porque no encuentro el teléfono móvil. Vuelvo al hotel y remuevo Roma con Santiago; pongo a todo el mundo alerta a buscar mi travieso duendecillo, y así es como, pese a que muchas veces lo he intuido, comprendo en toda su magnitud hasta qué punto dependemos de esos pequeños instrumentos diabólicos. Me prometo tener más cuidado en el futuro y llevar a cabo un plan de copias de seguridad con lo más importante que el teléfono guarde; plan que pospondré un día tras otro en imperdonable procrastination. Rebusco en la habitación de arriba a abajo, en la sala de masajes, en el restaurante, pero en vano. Al final -cómo no- lo tenía en la mochila. Pido disculpas en recepción por el revuelo y, ya tranquilo, subo a lomos de Rosaura, donde empiezo a sentirme como en casa.
Es curioso: suelo ser crítico con quienes vuelcan sus sentimientos y afectos sobre animales porque no entiendo cómo pueden satisfacerse de modo tan simple las necesidades implicadas: con seres que no pueden entenderlas, no hablemos ya de corresponderlas; y de pronto me descubro a mí mismo sintiendo una especie de compenetración con la moto, que ni siquiera es un ser sino un objeto. Aunque, a decir verdad, tanto puede comprender y retribuir mis sentimientos un animal como una máquina, de modo que, en lo que a este absurdo respecta, no estoy mucho peor que otros: personificar objetos está sólo un paso más cerca de la locura que personalizar animales (algunos humanos inclusive). Pero, cuando sigo dándole vueltas al asunto, comprendo que en el fondo, al empatizar con moto, en realidad estoy haciendo comunión con quienes la diseñaron y fabricaron; si me dirijo verbal o mentalmente a ella, de un modo muy indirecto estoy hablando con todos los que intervinieron en su proceso productivo. Cuando “confío” en Rosaura, estoy confiando en ellos, y si me siento satisfecho con ella es porque lo estoy con sus creadores. No obstante -admito- no deja de ser un poco necio sentir que “allí estamos ella y yo, en mutua compañía, dispuestos a atravesar las tierras castellanas”.
Entre Olmedo y Pedrajas de San Esteban
Carretera de Olmedo a Pedrajas de San Esteban

Pues lo dicho: enfilamos Rosaura y yo con espíritu ligero los monótonos llanos de Castilla, yendo hacia el nordeste, buscando a Burgos y la sierra de la Demanda. Tenemos por delante una jornada a través de las míticas tierras del Cid; tierras moteadas de pueblos con nombres sonoros de cadencias históricas: Pedrajas, Íscar, Mata de Cuéllar, Vallelado, Torregutiérrez (donde no sé lo que quedará de Gutiérrez pero donde, de torre, no quedan ni los restos: un lugar llano como la palma de la mano, cuya casa más alta no levanta un piso). Pueblos calizos y polvorientos, feúchos, de ladrillo pobre, sin vida, que parecen dormitar en una siesta permanente.
Al cabo de un rato llegamos… quiero decir llego a Cuéllar, la del castillo habitado; una villa con cien casas blasonadas, por la que pasaron el moro Almanzor y José de Espronceda, cuna de descubridores como Diego Velázquez o Juan de Grijalba, donde desposó el rey Pedro I y murió la reina Leonor. No le faltan referencias para quien se interese por la historia; y para el viajero común, para mí, Cuéllar supone una ruptura de la monotonía castellana: aquí el llano se interrumpe, y el pueblo, que abunda en empinadas calles y revirados pasajes escalonados, se asienta sobre una abrupta ladera entre la planicie y el valle; geológicamente, hace decenas de millones de años estas tierras fueron fondos marinos.
Cuéllar parece que hubiese nacido de la piedra blanquecina y luminosa sobre la que se erige; la misma que forma sus cimientos; aquí cobran fuerza y significado los versos del poeta: el ciego sol se estrella sobre las duras aristas de las armas. Andando por sus calles, visitando su castillo, es fácil imaginarse al Cid (que nunca estuvo aquí) con doce de los suyos camino del destierro, sudor bajo los petos y espaldares, destellos en los yelmos y azagayas.
Castillo y murallas de Cuéllar, bajo el inclemente sol.
Castillo y murallas de Cuéllar, bajo el inclemente sol.

Entro a la villa por una de las puertas de la muralla y me imagino medieval caballero a lomos de brioso rocín. Aparco mi cabalgadura (¿cómo sería recorrer España a caballo?) junto al castillo y me acerco hasta su puerta; pero cerrado está el mesón a piedra y lodo, nadie responde. Los funcionarios locales guardan con celo la carpetovetónica tradición del escaqueo. Vislumbro otra puerta lateral, entornada, y me cuelo por ella (otra carpetovetónica costumbre, esto de colarse).
Castillo de Cuéllar. Puerta, y peldaños en voladizo que subían a las almenas.
Castillo de Cuéllar. Puerta, y peldaños en voladizo que subían a las almenas.

Asomo el hocico despreciando las amenazas de excomunión y hoguera que olvidados letreros anuncian para quien penetrare al recinto sin la bendición municipal, y me hallo en el amplio patio interior, bien conservado, con una bella columnata al fondo. Unas señoras de la limpieza trajinan ignorando mi presencia.
Patio interior del castillo de Cuéllar.
Patio interior del castillo de Cuéllar.

Cuando asumo que de allí no voy a sacar nada en limpio vuelvo sobre mis pasos, salgo del castillo y atravieso la gran explanada desierta que hay al otro lado del foso, sin agua desde hace siglos. La enorme muralla, rehabilitada, es visitable, pero el torno que da acceso a la subida funciona con fichas que se venden en las oficinas cerradas del castillo, así que doy la espalda a este fracaso y me encamino hacia el centro urbano.
Cuéllar es como un parque de recreo para una imaginación infantil cual la mía -pese a mis años-: disfruto recorriendo el laberinto de sus calles y cantones, pasando bajo arcos que me evocan misterios que acaso jamás existieron, subiendo por los peldaños que salvan las pinas cuestas, atravesando angostos pasajes, y me sorprendo, aún como un niño (pero, ¡ay!, sin la inocencia), con la vista que se me ofrece al doblar cada esquina.
Vista de la villa baja desde la mesetilla donde se ubica el castillo.
Vista de la villa baja desde la mesetilla donde se ubica el castillo.

De pronto, al subir una calleja y doblar un pasadizo, junto a un huerto me encuentro este solitario estanque donde vierte sus aguas una cantarina acequia; el lugar está en silencio, sólo unos pájaros trinan en los árboles vecinos, y el suave ruido del agua al fluir invita al ensueño y al olvido:
acequia
Me quedo allí unos momentos, absorto en pensamientos, fantasías y recuerdos. Luego continúo la visita. A medida que desciendo, voy encontrando más actividad y gente por las calles, algunas tiendas abiertas, algunos bares. Cerca del ayuntamiento se me ofrece una vista que me sugiere lo sabio del pueblo de Cuéllar, que ha desamortizado bienes eclesiásticos para el mejor uso que cabría darles:
Iglesia bar; la salvación y el pecado en un solo edificio.
Iglesia bar; la salvación y el pecado en un solo edificio.

Me cae bien este lugar. Pero entre unas cosas y otras se me ha pasado la hora de almorzar y corro el riesgo de que me cierren todos los bares. Entro primero en uno donde el camarero, que reparte pinchos con generosidad entre sus conocidos, no me pone ni una mala aceituna con el vino que le he pedido, así que lo apuro deprisa y busco otro donde, ahora sí, me atienden como es debido. Estamos en tierra de vinos y la enología local se inclina por los verdejos, así que en cualquier sitio te lo dan bueno. Mato la gazuza con un pincho de tortilla y unas croquetas caseras y, al acabar, encamino los pasos otra vez hacia el castillo, donde dejé a Rosaura. Queda aún mucho camino por delante, muchos pueblos por descubrir, muchos paisajes por admirar.
Miro el mapa y decido continuar el mismo rumbo que tomé por la mañana: hacia el nordeste. Por esta ruta continúa el rosario de pueblos con nombres sonoros: Campaspero, Fompedraza, Peñafiel, villa de las muchas bodegas.
El imponente -y bien conservado- castillo de Peñafiel.
El imponente -y bien conservado- castillo de Peñafiel.

El castillo de Peñafiel descuella sobre el llano desde muchas leguas a la distancia, haciendo un magnífico reclamo para el turismo. (¡Leguas! ¿Es necesario venir a Castilla en moto para comprender, e incluso añorar, el uso de esta medida? Es posible que ningún lugar de España como este para darse cuenta de la utilidad de semejante unidad.) Es un castillo con fuerza y carácter: una vez llegas al pueblo te atrae como un imán pese a estar en una loma a considerable altura sobre el casco urbano. Antes de acometer la subida a pie, hago un alto para descansar unos minutos a la sombra de una arboleda junto a la iglesia, cabe el arroyo cuyas aguas movían al viejo molino; iglesia, arroyo y molino forman un conjunto armonioso, evocador y romántico, uno de esos tripletes que, no sé por qué, me recuerdan siempre a Tess de los d’Urberville, de Hardy; la cuitadiña, la desdichada Tess.
Viejo molino en Peñafiel.
Viejo molino en Peñafiel.

Me tumbo en la hierba, bajo los árboles, escuchando el murmullo del agua y me quedo adormilado unos instantes. ¡Qué paz! Es un lugar tan idílico y fantástico, tan milagrosamente respetado por la turba moderna, que parece de cuento de hadas. Pero como, aunque llevo toda la mañana en danza, apenas he recorrido unos pocos quilómetros desde Olmedo, y hoy quiero avanzar algo más, me levanto y, tras darle una vueltecita a la iglesia y hacerle un par de fotos, emprendo por fin la subida al castillo.
Iglesia parroquia de Peafiel.
Iglesia parroquia de Peafiel.

Acometo la cuesta a pie. Podría subir en la moto, pero prefiero no dejarme llevar por la molicie; es conveniente mover las piernas también. Miro hacia arriba y, sólo con ver la altura a que hay que subir, parece que se cansa uno de antemano. La subida es fatigosa y no adecuada para peatones, ya que no hay caminito ni escaleras, de modo que hay que seguir el curso de la carretera. Me empujan las espléndidas vistas que presiento desde lo alto.
Vista del castillo desde el pie de la loma.
Vista del castillo desde el pie de la loma.

He olvidado cambiarme el calzado al dejar la moto abajo, así que voy con las botas de motorista que, como están nuevas, me van haciendo rozaduras; pero media hora más tarde mi pequeño esfuerzo se ve recompensado -tal como esperaba- con el magnífico paisaje que se vislumbra desde la loma: el sol ilumina en diagonal, medio a contraluz, la arboleda sacándole algunos brillos intensos; destaca el rojo de los tejados, y las nubes dibujan bonitos parches de sombra sobre los sembrados del valle.
Peñafiel desde la carretera que va al castillo.
Peñafiel desde la carretera que va al castillo.

Lástima que mi talento como fotógrafo no esté a la altura de lo que el paisaje se merece.
peñafielDesdeArriba2
Cuando por fin corono el otero encuentro un buen número de turistas esperando a que empiece la visita guiada, pero a mí no me ineteresa: tales visitas suelen ser más cortas y menos interesantes de lo que prometen, y por mi parte ya he hecho lo que vine a hacer aquí, que era superar el reto de subir, y tener el gusto de contemplar las leguas y leguas de llano que se divisan a la redonda. Ahora debo regresar, porque otros lugares me esperan -antes de que muera el día- que harán palidecer a Peñafiel: pueblos y paisajes que me quitarán el aliento.

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[:en]

Los inacabables llanos de Castilla
The endless plains of Castile

The second day of my journey to nowhere starts with a little start: right before getting on the motorcycle, I panic because I can’t find my cellular on me. I go back to the hotel and set everyone on alert to look for it, which is when, despite having often suspected it, I fully realize to what point we rely on those little devilish thingies; so, I promise to be more careful in the future and to carry out a daily backup plan… which I’ll procrastinate, no doubt, unforgivable me. I search the room, the massage cabin, the restaurant, but to no avail. Finally -and not surprisingly- I find it was inside my own backpack. I apologize to the receptionists and, quite relieved, I ride on Rosaura, where I start feeling like at home.
Funny how me, so often critical with those investing their feelings and fondness onto animals -I can’t understand how they’re able to satisfy their affective needs in such a cheap way, with animals that can’t know about their favours, leave aside returning them!-, suddenly I find myself experiencing a fellow feeling with the bike, which is not even a being, but an object. Truth is, though, that my feelings can as well be understood and rewarded by a machine as by an animal; that is: zero; so, in this regard, I’m not much worse than others. “Humanizing” objects is only one step closer to foolery than humanizing animals (some humans included). But, after further pondering the issue, I understand that, in the bottom, when I empathize with the motorcycle I’m actually blending with those who designed it and built it; and if I address to her, I’m indirectly trying to talk with all who partook in her productive process. When I rely on Rosaura, I’m in fact relying on them, and when I feel satisfied with the bike, that’s because I’m satisfied with her creators. However -I admit- I can’t help feeling a bit silly when thinking: “there we are, she and me in mutual company, ready to cross the lands of Castile”.
Entre Olmedo y Pedrajas de San Esteban
Road from Olmedo to Pedrajas de San Esteban.

As I was saying, Rosaura and me made for the boring planes of Castile with a light heart, heading Northeast, towards Burgos and the mountains called Sierra de la Demanda. Ahead lies a day’s journey across the legendary lands of the Cid, that Spanish medieval hero, the moor slaughter; and these lands are specked with sonorously named villages with a touch of history: Pedrajas, Íscar, Mata de Cuéllar, Vallelado, Torregutiérrez… Dusty towns, distasteful, built with ugly brick, lifeless, seemingly dozing an everlasting nap.
Eventually, we… I mean I arrive to Cuéllar, town of the inhabited castle; a village with one hundred emblazoned houses, centuries ago trodden by Almanzor (the moor), José de Espronceda (the poet), a village that craddled discoverers like Diego Velázquez or Juan de Grijalba, where the king Pedro I got married and where the queen Leonor passed away. There are no shortage of landmarks in Cuéllar, fit for those interested in History; and for a plain traveler like me, Cuéllar means a break in the humdrum Castile: the flat lands come here to an end, as the town settles -full of steep streets and stepped passageways- on a sharp hillside between the plain and the valley; geologically, tenths of millions years ago, this was an ocean’s bed.
Cuéllar seems to stem from the underlying limestone, dusty and whitish, upon which it is erected, serving as its foundation. In this environment, the verses of the poet take on strength: el ciego sol se estrella sobre las duras aristas de las armas (The bright sun crashes onto the harsh edges of the weapons.) Strolling along Cuéllar and visiting its castle it’s easy to picture the Cid (who was never here, I believe) as he’s described in the famous poem, on his way to banishment, along with twelfe of his men, sweating under the helmets and breastplates, the sun fiercly shining on the swords and spears’ steel.
Castillo y murallas de Cuéllar, bajo el inclemente sol.
Castle and walls of Cuéllar under the fierce sun.

I get into the village through one of the wall’s gates and I feel for a moment like a knight on horseback. I park my mount (how would it be like to travel around Spain on horseback?) by the castle and I walk to its gate; but nobody answers. The local civil servants zealously keep the very Spanish tradition of sloping off. I get a glimpse of a side door, ajar, and I slip through it (quite another Spanish habit, gate-crashing).
Castillo de Cuéllar. Puerta, y peldaños en voladizo que subían a las almenas.
Cuéllar castle. Gate, and steps on the wall leading to the battlements.

I peep inside, despising the excommunication and bonfire threats written on signs for those who enter the premises without the staff’s blessings, and I find myself in the wide inner courtyard, well preserved, that sports a fine colonnade. A few cleaning ladies are on the run, ignoring my presence.
Patio interior del castillo de Cuéllar.
Inner courtyard of Cuéllar’s castle.

When I acknowledge that there’s nothing for me to do there, I go back, get out of the castle and cross the wide and empty esplanade across the moat, which is waterless for centuries. The long wall, restored, can theoretically be visited, but it’s entrance is locked and the unlocking tokens are only sold in the closed down offices; so, I turn my back to this failure and head to the town centre.
Cuéllar is like an amusement park for a childlish imagination like mine — despite my age: I enjoy walking the streets and passageways’ labirynth, passing underneath archways that evoque mysteries which perhaps never existed, climbing the steps up the steep streets, stepping on the narrow alleys; and -yet like a child, but ah! without the innocence- I get surprised with the view I behold around every bend.
Vista de la villa baja desde la mesetilla donde se ubica el castillo.
View of the lower village from the plane where the castle standes.

Suddenly, after climbing an alley and turning a corner, I find this solitary pond onto which a dyke pours its babbling waters; the place is all silent, by a garden; only a few birds trill in the neighbouring trees, and the soft sound of the flowing water is an invitation to slumber and forgetfulness.
acequia
I remain there for a few moments, absorbed in my thoughts, fantasies and recollections. Then I continue my visit. As I go down, there is more life in the town, more people on the streets, some open shops, a few bars… Nearby the city hall I see something I’d hever seen before, and the view gives me a hint about how wise these people are, who have given the Church’s property the best and most practical possible use:
Iglesia bar; la salvación y el pecado en un solo edificio.
Church-bar; redemption and sin in a single building.

I like this town; but time passes fast and lunch time is well over, so I look for some bar where to eat something, lest they all close on me before I can say amen. I first get into one whose waiter, sharing merrily out pinchos among his acquaintances, doesn’t however offer me a fucking olive with my wine; so, I drink it quick and look for another. This time I’m luckier, the barman tends to me decently, knowing his office, and I order a white wine, a local variety which makes for a safe bet. I numb my hunger with a pincho de tortilla and a few homemade croquetas, and when I’m done I head back for the castle, where I left Rosaura. We still have a lot of way ahead of us, many villages to discover, many landscapes to behold.
I take a look at the map and decide on keeping the same course I took in the morning: towards the Northeast. Along the way, again I pass through villages whose names sound rich and full (though of course you won’t notice this in English): Campaspero, Fompedraza, Peñafiel, borough of the thousand wineries.
El imponente -y bien conservado- castillo de Peñafiel.
Impressive and well preserved castle of Peñafiel.

The castle of Peñafiel outstands the surrounding plain from many leagues in the distance, serving as a perfect decoy for tourists. (Leagues! Did I need to tour Castile on a motorbie for understanding, and even missing, such a distance unit? Maybe; no other Spanish region like this for realizing how useful the league was.) It’s a castle with a character of its own, inspiring strength and impregnability: once you arrive to town it attracts you like a magnet, despite being on top of a hill at a considerable height above the urban centre. Before undertaking the ascent, though, I take a break under the shade of some trees by the church, close to the river whose waters used to move the old mill; church, brook and mill make a harmonious, balanced set, romantic and dreamy; one of those combinations that -I don’t know why- always remind me of Tess of the d’Urberville, by Thomas Hardy; the wretched, unhappy Tess.
Viejo molino en Peñafiel.
Peñafiels’s old mill.

I lay on the grass under the trees, listening to the babbling water, and I fall asleep for a moment. What a peacefulness! It’s such an idyllic spot, so miraculously respected by the modern maddening mob, that seems fairy tale-ish. But, despite having been up the whole morning now, I’ve barely ridden a few kilometres since Olmedo, and I want to get a bit further today -or otherwise I’ll never get Anywhere, which is not where I’m going: I’m going Nowhere, if you remember-. So I wake up from the grass and, after taking a look at the church and behind, I start climbing to the castle.
Iglesia parroquia de Peafiel.
Peñafiel church.

I walk up the road. Could have taken Rosaura, but I’d rather not let myself spoiled by lazyness; it’s good to move my legs and muscles. I stare upwards and I feel tired when realizing how high I need to go yet, on a warm afternoon like this. The ascent is tiresome and not geared for pedestrians: they haven’t yet built any steps nor a path, so you need to walk along the road’s asphalt. But I get my energy by anticipating the magnificent views I’ll see from above.
Vista del castillo desde el pie de la loma.
The castle as seen from the foot of the hill.

Unfortunately I forgot to change shoes: I’m on my riding boots, which, being new, are causing me abrasions; but after half an hour I see my sacrifice rewarded -just as I expected- with the awesome landscape from the top: the sun’s slant rays backlight the trees with bright greens, emphasizes the tiled roofs, and the clouds draw fine patches of shade on the valley’s sown fields.
Peñafiel desde la carretera que va al castillo.
Peñafiel as seen from the road to its castle.

Pity that I’m not as talented a photographer as the occasion demands.
peñafielDesdeArriba2
When I finally surmount the ridge, I see a bunch of tourists waiting for the guided tour to the castle; but I’m not interested: such visits are usually much shorter and less interesting than they should, and I’ve already fulfilled what I came to do here, which was to win the challenge of climbing to the castle and the pleasure of behiolding leagues and leagues of land around, full of planted vineyards. I must now go back down, as other places are waiting for me, before the day expires, which will make Peñafiel look dull in comparison: breathtaking villages and lands.

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