Treviño, a Castilian exclave in the Basque

Despite the many routes that I’ve already done around the Basque Country, I’m yet to see, in its southern part (called the Álava plain), something that does not resemble Castille; therefore I say: the fact that the Álava plain belongs to Euskadi and, worse yet, supports the Basque separatism, are things that remain beyond my understanding. Álava is historycally and culturally Castile.

But let’s start. Today I’ll take the bike for visiting the very polemic and disputed County of Treviño, which route belongs to the series The Basque Trail not for being part of Basque region, but precisely for being not: Treviño is a Castillian exclave within Álava, the anachronistic and symbolic last bastion that Burgos province is reluctant to lose. I invite the reader to make me company along this nice and interesting itinerary. Continue reading “Treviño, a Castilian exclave in the Basque”

The shortest full documentary about Poland ever made.

It happened by chance; I didn’t plan it.

I had just crossed the border and stopped in the first Polish village offering accomodation. After settling in at the hotel, I went for a walk and took the camera with me. I happened to take only two pictures, the only two things that caught my eye in my strolling mood; but, upong reviewing them, I realized that they summarized and comprised all about present-day Poland. Everything you might possibly want to know about this country’s society nowadays, you’ll find in those two pictures, which might not have been taken anywhere else.

That’s my Poland. That’s how it’s meant to be. That’s how I like it. Don’t ever change.

Worshipping the beatified John Paul II.
Worshipping the beatified John Paul II.
Four blokes "kurwing around" in the park.
Four blokes “kurwing around” in the park.

The hardest times for humankind, ever.

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Sin duda alguna, estamos siendo testigos — ¿qué digo?, estamos participando de los peores tiempos que la humanidad haya conocido jamás.
Porque, hasta donde sabemos -y no creo que haya nunca pruebas que indiquen lo contrario-, desde la aurora de nuestra especie, todo a lo largo de la historia humana, cada civilización o cultura, cada tribu o pueblo, cada sociedad o raza, pequeña o grande, débil o poderosa, sabia o ignorante, siempre ha creído en el más allá, de un modo u otro. Durante un millón de años no ha habido ciencia o conocimiento lo bastante avanzado para proporcionar respuestas a las cuestiones fundamentales de la vida, y la gente se volcó en la fe y las creencias. Creían en dioses, espíritus, animismo, naturaleza como un ente superior, reencarnaciones o cualquier recurso similar, todos ellos con el mismo factor en comun: una explicación para la vida, basada en otra vida tras la muerte. Cualquiera de estas creencias que analicemos apunta en la misma dirección: la vida no acaba totalmente cuando morimos.
Por tanto, para todos y cada uno de los humanos que han existido antes de nosotros (y han sido unos cuantos) la vida tenía sentido, de modo que en realidad no tenían que preocuparse por ese tema y podían así concentrarse en las rutinas diarias de “verdadera importancia” para no morir demsiado temprano: cazar, recolectar comida, reproducirse, cuidar a la prole, vestirse, ponerse bajo techo… Hasta nuestros días, lo unico de lo que teniamos que preocuparnos era, simplemente, de vivir; y esto de la mejor manera posible, sin poner cuidado a cuestiones relacionadas con el mas allá porque de esos asuntos se encargaban poderes superiores e inalcanzables para nosotros: el Sr. Trueno y el Sr. Rayo, el Sr. Sol y la Sra. Luna, Mr. Terremoto, Mr. Volcán, Madre Naturaleza, y por supuesto todo el elenco de dioses mayores y menores, espiritus, diablos, ángeles, musas de todas clases. ¿Que no habíamos podido cazar un búfalo para almorzar? Mala suerte, pero no un problema demasiado grave, porque esos hombres tenían un propósito y por tanto una fuerte motivación para seguir intentando la caza. ¿Que no se han podido recolectar raíces suficientes para la cena? Mala suerte, quizá lo hayan querido así los dioses; intentémoslo con más ahínco mañana. ¿Que un hijo murió de algunas fiebres? Otro tanto de lo mismo. Y así sucesivamente.
Pero hoy en día “sabemos mucho mejor” que antes. Llegaron los científicos, llegó ese mentado Darwin, doctores, sabios e investigadores de todo tipo llegaron que nos dejaron tan diáfanamente claro que no hay vida tras la muerte, y que la propia vida es tan absurda y por completo carente del menor sentido, que no podemos seguir ignorándolo durante mucho más tiempo. Y ahora es cuando tenemos un problema. Por primera vez en la historia de los hombres; fíjate, lector: por primerísima vez, tenemos que ocuparnos personalmente de un asunto que hasta ahora habíamos alegremente, y con éxito, delegado en criaturas imaginarias. Y no es un problema trivial, que se diga. De hecho, es el mas difícil con que cualquier persona podrá nunca enfrentarse, ya que atañe al resto de las facetas de su vida, hasta el día de su muerte.
Cierto que aún somos minoría y, a pesar de que la información está ahí para quien quiera echarle mano, todavía la mayor parte de la poblacion en la mayor parte de las sociedades escogen ignorarlo, y se aferran a las viejas creencias (por  mucho que algunos locos se crean ateos). Pero esa situacion no durará mucho. ¿Cuánto, uno o doscientos años quizá? Eso no es nada ¿Cuánto tardará la humanidad al completo en trabar conciencia de tan desastroso hecho: el absurdo de la vida? De momento, quizá la juventud sea la más expuesta, no sólo porque se ha librado de una educación religiosa en muchos casos, sino sobre todo porque los jóvenes son demasiado listos y no se les puede engañar tan facilmente respecto a esas cuestiones. Están en internet, dominan los ordenadores y pronto este conocimiento: cuando un ser vivo muere, es su final absoluto y definitivo. Punto. Nada de almas en pena vagabundeando por ahí, nada de espíritus cogiendo la lanzadera hacia el Purgatorio, nada de vírgenes esperando ser desfloradas en la otra vida si no las desfloraste en esta; nada de nada.
Y este es el peor drama que los humanos hayan podido jamás imaginar, y estoy seguro de que nunca pudieron predecirlo: el derrumbe de las creencias y los valores. Porque ahora que la vida no tiene ningún sentido, bueno… ¿pues qué sentido tiene ninguna otra cosa? ¿Para qué seguir viviendo, en primer lugar? Ningún valor consistente podrá perdurar porque los valores se arraigan en creencias más o menos persistentes; pero si no hay creencias, entonces ¿qué nos impide las conductas más grotescas? Estamos perdidos, terrible y patéticamente perdidos. Ahora sólo somos unos cuantos, pero creceremos en número y pronto todos los seres huanos estaran perdidos igualmente. Y entonces, ¿que? En nuestros días, nuestro único Dios parece ser el dinero. Y no es que antes a la gente no le importara el dinero, ni mucho menos; por supuesto les importaba; pero el dinero y el poder servían al mismo propósito que la vida misma: ad majorem gloriam de la memoria que aquí se dejaría, y para asegurarse una buena acogida allí. ¿Pero ahora? Es el dinero por el dinero, sin que sepamos realmente para qué. Pronto, estoy seguro, el dinero tampoco será suficiente a cubrir el enorme vacío dejado por el fin de las creencias.
Así, este nuevo conocimiento sobre nuestras vidas sin significado llevará, en el mejor de los casos, al hedonismo o al suicidio (sí, cuento al suicidio entre los mejores casos porque es indudable que resulta la manera más rápida y eficiente de acabar con el problema); y en el peor de los casos, nos abocará a una vida de absoluta e inevitable infelicidad.
Que Dios se apiade de nosotros, entonces.
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No doubt, we’re witnessing — nay, we’re partaking in the hardest times for humankind, ever.

For, as far as we know -and I think there’ll never be found any evidence hinting otherwise-, since the dawn of our species, all along human history, every civilization or culture, every tribe or people, every society or race, big or small, weak or powerful, wise or ignorant, have always believed in the great beyond, some way or other. For one million years there has been no science or knowledge wide enough for providing answers to the fundamental questions, and people turned to believing. They believed in gods, spirits, animism, nature, reincarnation or whatever resource that had the same common factor: an explanation to life, based on another kind of life after death. No matter which of those beliefs you examine, they all point in the same direction: life does not totally finish when we pass away.

Therefore, to every single human before us (and there have been quite a lot) life made sense, so that they didn’t really need to worry about this and they could focus in the “important” everyday routines in order not to die too early: hunting, food collecting, reproduction, taking care of the offspring, clothing, housing… Up until our times, all we had to care about was to just live, and do it the best way we could, disregarding the questions related with beyond because those matters were taken care of by superior and unreachable powers: Mr. Thunder and Lighting, Mr. Sun, Mrs. Moon, Mr. Earthquaque, Mr. Volcano, Mother Nature, and of course the full board of Gods. Life was a bliss! No buffalo for lunch? Too bad, yet not a big issue, because they had a reason and a strong motivation to keep going hunting. No herbs to collect? Too bad, maybe that’s the will of such and such gods; let’s try harder. Son died off some fever? Same thing. And so on.

But nowadays we “know better”. Scientists came along, that goddam Darwin came along, doctors, researchers and all kind of sages came along that made it so chrystal clear to us, that there’s no life after death, and life itself is utterly absurd and wholly purposeless, that we can’t keep ignoring it any longer. And now we have a problem. For the first time in the history of humans; mark, reader: for the very first time, we have to deal ourselves with an issue we used to shod onto imaginary creatures. And not a petty issue, for that matter. Actually, the most important a person can come across, because it will determine all the rest of questions in their life.

True: we’re still a minority; even though the knowledge is out there at anyone’s reach, yet most of the societies chose to ignore it and stick to the old beliefs. But this situation won’t last too long. One?, two hundred years perhaps? That’s nothing. How long will it take for all humans to get acquainted with that disastrous fact: the absurd of life? For the moment, probably the youth are the most exposed, not only because they’re been spared religious education, but mostly because they’re way too smart and can’t be fooled that easily about such things. They’re on the internet, they master the computers, they’ll soon master the knowledge: any live thing which dies, that’s the end of it. Period. No souls bumming around, no spirits shuttling to the Purgatory, no virgins awaiting to be shagged beyond if you didn’t shag them here, no nothing.

And this is the worst drama that humans could have possibly imagined (and I’m sure they didn’t foresee such a tragedy). Because now that life doesn’t have any meaning whatsoever, well… what’s the sense of it, and of anytihng? What’s the point in living, in the first place? There can’t last any consistent values because all values are rooted in more or less solid and persistent beliefs; but if there aren’t beliefs, then what prevents us from any kind of behaviour? We’re lost, terribly and pitifully lost. It’s only a few of us now, but we’ll grow in numbers, and soon all humans will be equally lost. And then what? In recent times, our only God seems to be Money. Not that our ancestors didn’t care about it; of course they did; but then again, money and power served to the same purpose that life itself; they catered for the same thing, ad majorem gloriam of one’s memory here, and for granting a good welcome there. But now? It’s money just because, we don’t really know what for. So, soon money will also fail to help. In the best of cases, this new knowledge about our meaningless lifes will lead to hedonism and suicide (yes, suicide among the best of cases, because that’s the best, fastest and most lucid way of ending the problem); in the worst of cases, it will lead to an utter and lifelasting wretchedness.

May God have mercy on us, then.

Religions and social evolution

Premise nr 1: Religions are but a sedative; nothing else. They help us to bear life and, eventually, to face death. In this way, they act like painkillers, dumbing our mind, and even our senses in some cases.
This is why all religions involve some way or other of continuity along the existence beyond death. It’s easier to accept death knowing that our soul, energy, spirit or whatever, are millionaires in eternity.
This is well known.
Premise nr 2: Also, it’s an obvious fact that religions are evolutionally advantageous. More than a fact, this is actually a tautology. I can’t comprehend the means by which religions are beneficial to human nations, but they must needs be: otherwise, they wouldn’t have survived to this day. (I’m talking, of course, about social, not genetic, evolution.) So, there has to be some advantage for a people in the fact of their individuals being religious; but which advantage this is, I know not.
Now my only doubt is, when connecting the above premises, how come that atheists have not taken over the nations? Because an atheist knows he will not live forever, a stronger drive for remaining alive can reasonably be presumed in him, thus having more chances to survive and disseminate his beliefs (in the same way he’d spread his genes). For the same reason, suicide would be expected to occur more often among believers, as atheists “have more to lose”. So, why atheists have not overtaken the human populations?
Or is it that, despite being spiritually perennial, the drive for accomplishing their “mission” gives an advantage to believers comparatively stronger than that of atheists?
Please comment if you know the answer to this, or recommend me some lectures on the role of religion on social evolution.

Bethlehem of Galilee, Jesus' birthplace?

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While yahooing “Bethlehem” on the internet, a couple of results stating a curious theory caught my eye: namely, that Jesus’ birthplace might not have been the famous Bethlehem of Judea, but a much smaller–and closer to Nazareth–Bethlehem of Galilee (Beit Lehem Haglilit). Further research rendered abuntant results, though all of them lead to the same character: Aviram Oshri, a Jewish archeologist. According to Wikipedia

“it was originally known as Bethlehem of Zebulun […] Archaeological findings from the early Roman Period show it was a prosperous city. Due to its proximity to Nazareth, Aviram Oshri, a senior archaeologist with the Israeli Antiquities Authority, believes that this is the Bethlehem where Jesus was born.”

Whereas, with an excessive touristic zeal, IsraelTraveler.org says that

“it is perhaps one of the more picturesque places in the whole of Israel […] a place of a prominent European atmosphere, with its elegant stone houses, the impressive tile roofs and the wide main street into which everything flows. Here one can find today Zimmers, a unique Visitors Center, restaurants and cafés, small shops, art galleries and a large herbs farm rich in scents. It is recommended to visit the historic House of the People and the impressive round water tower at the top of which is a water pool.”

So I decided to visit the place. I was curious about this discovery and, sojourning in Nazareth by that time, I didn’t want to lose the opportunity of stepping on perhaps the real land that saw the birth of  Jesus.

However, though barely six miles away from Nazareth as the crow flies, to get there without my own vehicle was not such a simple task as it looked. To start with, none of the locals I asked seemed to know the place, and even a man who drove daily along the nearby road had never realized its existence. This shocked me a bit, having taken for granted that, at least around Nazareth, everyone should be aware of a neighbouring location competing for such a honour as being the birthplace of God’s son. But I was resolved to go; so I had to device my own route. GPS in hand, I first took a bus to Haifa and asked the driver to drop me at the junction with road 7626, where I could hitchhike or, if unlucky, walk the three remaining miles to the village. Under a merciless sun, it took me quite a while to get a ride. A young Jewish guy, honest enough to admit that it was easier to hitchhike in this region because Muslims were friendlier, picked me up and dropped me at highway 77, little more than one mile away from my destination. Yet, no sign of it was to be seen.

As a side note, let me say here that most of the population in the North District of Israel, whose capital is Nazareth, are Arabs (70% Muslims and 30% Christians, pacifically coexisting) who submitted to the Israeli occupation of their land in 1948, and consequently disapprove of the Jewish as much as they can. During my short stay in Nazareth I could sometimes hear words of animosity and even hatred, and I understood why my Jewish friend from Jerusalem used to tell me that it was not particularly safe for her to travel to some parts of the country.

So, there I was, standing by highway 77 and GPSing my way to a presumed landmark of universal importance that, notwithstanding, didn’t even have a road sign pointing to it. As a matter of fact, shortly after a quarter of a mile, and much to my astonishment, I had to leave the asphalt and take the dirt road supposedly leading to this mysterious Bethlehem. For the moment, all I could see of it was an isolated gardening shed. At both sides of the road lay meager farming lots and famine olive tree orchards. Finally I came to a fence whereof the gate stopped the way to vehicles. A town behind a wire fence?, I asked to myself.


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Beyond the gate the road was paved again. I passed by a few scattered houses (not older than two or three decades), most of which had some or other kind of dog, not altogether friendly, guarding the property. I could hear one of them growling behind me along thirty endless steps. Yet not a soul appeared to my sight. Further on, the street forked and I kept walking along what I then clearly realized was an urbanization, on a layout much like what you can find all over North America: plot, house, garage, yard, grass, spread out toys, mailbox, little gate; then another plot, and another one… At length, I came across an old couple walking a dog, people  sitting at their front yard’s table, someone driving a huge 4WD or a group holding a jolly meeting under somebody’s tree. Voices could be heard speaking in Hebrew, others in USan English, and the children in a playground were fair haired like angels. Contrary to what happened in Nazareth, nobody nodded nor said hello to me, much after the riches’ stiff ways. Then I understood the fence and the gate: this was a hostile Jewish-American settlement in the middle of a hostile Arab territory; a fistful of wealthy families living in relatively expensive houses one mile away from average low class Muslim populations. Why here? God knows, as there are much nicer places in Israel where to build a country house rather than this dry, bare and ugly land. Maybe they’re subsidized by the Israeli government same as the settlements in Palestine?

However it be, after walking along the whole place -around 3/4 ml long- I didn’t find any sign whatsoever of ancient remnants or archaeological sites, nor an information board mentioning anything related to Jesus’ birth or a former settlement. Needless to say that I also didn’t find any of the picturesque things mentioned in IsraelTraveler.org: no European atmosphere, no elegant stone houses, no restaurants or cafés, no art galleries and no nothing flowing into the wide main street… So, what the hell was all that? A bad joke?

On my way back to Nazareth, helped by three Arab drivers, I was meditating. Perhaps there was some hidden corner within the urbanization where excavations had been done? Perhaps there were remains of a two thousand year old village, now wholly extinguished, two meters below the ground? Or perhaps this claim for the real birthplace of Jesus is only the whim of  a zealot Jew too willing to take from the Palestinians the relevance of their Bethlehem? Unless further information be published in the future, the incognita about this place’s authenticity will remain.

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Cuando buscaba “Belén” en internet, me llamaron la atención un par de resultados que hablaban de una curiosa teoría: a saber, que Jesús podría no haber nacido en la famosa Belén de Judea, sino en una mucho más pequeña (y cercana a Nazaret) Belén de Galilea (Beit Lehem Haglilit). Una búsqueda más en profundidad me mostró abundancia de otros resultados, aunque todos parecen llevar hacia el mismo personaje, un arqueólogo judío llamado Aviram Oshri. Así, según la Wikipedia, Belén de Galilea

“se llamó originalmente Belén de Zebulón […] Descubrimientos arqueológicos del período romano temprano muestran que era una ciudad próspera. A causa de su proximidad a Nazaret, Aviram Oshri, un arqueólogo de la Autoridad de Antigüedades Israelíes, cree que este es el Belén donde Jesús nació.

Mientras, con un excesivo fervor turístico, la web IsraelTraveler.org dice que

“es quizá uno de los lugares más pintorescos de todo Israel […] un lugar de predominante atmósfera europea, con sus elegantes casas de piedra, los impresionantes tejados de tejas y la amplia calle principal hacia la que todo fluye. Aquí puede uno encontrar Zimmers, un Centro de Visitantes único, restaurantes y cafés, pequeñas tiendas, galerías de arte y un gran semillero de hierbas rico en aromas. Se recomienda visitar la histórica Casa del Pueblo y la impresionante torre redonda de agua en cuyo tope hay un depósito de agua.”

Así que decidí hacerle una visita. Me resultaba curioso este descubrimiento y, puesto que pasaba esos días en Nazaret, no quise perder la oportunidad de pisar la misma tierra que quizá fue donde verdaderamente nació el Salvador.

Esta empresa, sin embargo, no era tan sencilla como parecía sin tener vehículo propio, pese a estar el pueblo sólo a diez kilómetros en línea recta de Nazaret. Para empezar, ninguno de los lugareños a quienes pregunté parecía conocer el lugar, e incluso un hombre que pasaba por allí a diario con su coche nunca había advertido su existencia. Esto me sorprendió un tanto, ya que di por sentado que alrededor de Nazaret todo el mundo estaría familiarizado con la cercana ubicación de una localidad que competía por el honor de, nada menos, haber sido la cuna del hijo de Dios. Pero yo estaba resuelto a ir, y tuve que trazar mi propia ruta. Con el GPS en la mano, cogí primero un autobús que iba hacia Haiffa y le pedí al conductor que me dejara en el cruce con la carretera 7626, desde donde podía intentar ir a dedo o incluso caminar hasta Belén, a sólo cinco quilómetros del cruce. Un joven judío, lo bastante honesto como para admitir que era más fácil hacer dedo en esta región porque los musulmanes son más amables, me acercó con su coche hasta la autovía 77, ya a sólo quilómetro y medio de mi destino. Pero aún no había ni una señal de éste.

Como nota aparte, conviene apuntar que la mayoría de la población en el distrito Norte de Israel, cuya capital es Nazaret, son árabes (70% musulmanes y 30% cristianos, ambos en pacífica coexistencia) que se sometieron a la ocupación israelí de su tierra en el 1948 y que, por tanto, detestan a los judíos tanto como pueden. Durante mi breve estancia en Nazaret pude a veces escuchar palabras de animadversión e incluso de odio, y comprendí por qué mi amiga judía de Jerusalén solía decirme que no era especialmente seguro para ella viajar por algunas partes del país.

De modo que ahí estaba yo, de pie junto a la autovía 77 y tratando de encontrar, con el GPS, mi camino hacia un supuesto hito de importancia universal que, no obstante, no tenía ni un letrero que lo indicase. De hecho, al cabo de unos de cientos de metros de camino, para mi asombro tuve que dejar el asfalto y coger por un camino de tierra que, al parecer, llevaba a esta misteriosa Belén. Al principio, todo lo que pude ver de la villa era una especie de gran invernadero de plástico. A ambos lados del camino había algunos barbechos de pobre tierra y unas estacadas de enclenques olivos con riego por goteo. Al final, llegué hasta una valla cuya puerta cerraba el paso a los vehículos. ¿Un pueblo vallado?, me pregunté.


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Pasada la puerta, el camino era de nuevo pavimentado. Dejé atrás algunas casas dispersas, de construcción más bien contemporánea, que en su mayoría tenían algún perro guardián muy poco amistoso. Pude escuchar a uno de ellos gruñéndome tras los tobillos a lo largo de treinta inacabables pasos… Pero aún no se mostró ni un alma ante mi vista. Más adelante, la calle se bifurcaba y continué andando a lo largo de que, ahora, se me aparecía ya claramente como una urbanización, de estructura muy similar a cualquier vecindario norteamericano: parcela, casa, cochera, jardín, juguetes esparcidos por el césped, buzón sobre un poste, pequeña cancela de paso; y luego otra parcela, y otra… Por fin me crucé con alguna gente: un viejo matrimonio que paseaba al perro, gente sentada a la mesa de su jardín delantero, algún que otro gigante 4×4 por la calle, o un grupo en alegre francachela bajo el árbol de algún vecino. De las voces que escuché, unas hablaban en hebreo y otras en inglés norteamericano; y los niños en unos columpios cercanos eran rubios como querubines. Al contrario de lo que ocurría en Nazaret, aquí nadie me hacía un gesto con la cabeza ni me saludaba, como es frecuente entre la gente rica y estirada. Entonces comprendí la valla y la puerta: se trataba de un asentamiento hostil judío-americano en mitad de un territorio hostil árabe; un puñado de familias adineradas que vivían en casas relativamente caras a tan sólo dos quilómetros de poblaciones musulmanas de clase baja. ¿Y por qué aquí? Dios sabrá, porque hay lugares mucho más bonitos en Israel donde construir un chalet, antes que en esta tierra seca, desnuda y fea. ¿Quizá estén subvencionados por el gobierno israelí como lo están los asentamientos dentro de Palestina?

Sea como sea, tras caminar por toda la urbanización, que tendría un quilómetro de largo, no encontré el menor signo de ruinas antiguas ni de excavaciones arqueológicas, ni un cartel informativo respecto a ese tipo de actividad, o relacionado con el nacimiento de Jesús, o un asentamiento anterior. Y no es necesario que diga que, desde luego, tampoco vi ninguna de las cosas “pintorescas” mencionadas en IsraelTraveler.org: ni la menor atmósfera europea, ni casas de piedra elegantes, ni restaurantes ni cafés, ni galerías de artes, ni nada que fluyera hacia la amplia calle principal… Así que, ¿de qué iba todo eso? ¿Se trataba de un chiste malo?

De vuelta a Nazaret, que corrió a cargo de tres conductores árabes, iba yo meditando. ¿Tal vez había alguna esquina escondida en la urbanización con los restos de las excavaciones que se hubieran hecho? ¿Puede que hubiera ruinas de un asentamiento de hace dos mil años, ya del todo extinguido, yaciendo tres metros bajo el suelo? ¿O acaso esta pretensión sobre el verdadero lugar donde nació Jesús no pasaba de ser la fantasía de un entusiasta judío con demasiado interés en quitarles a los palestinos la relevancia de su Belén? No creo que llegue a saberlo, salvo que en un futuro se reabran las investigaciones al respecto y nos lleguen nuevas noticias en un sentido o en otro. Mientras tanto, permanece la incógnita sobre la autenticidad de este sitio.