Shame on Spain

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With the help of media, grudge and nescience can grow really powerful. And now, in Spain, they’re achieving their goal: presently, the main national and international news about the Pope’s visit to Madrid is not the event itself, nor Benedict XVI himself, but the protests against.
 
Demonstrations against papal visit to Madrid

 
Indeed, hordes of misinformed unoccupieds or opinionated progresists, alleged atheists or presumed egalitarians, and a fistful of sciolists, have come to complain about the Spanish government’s favoritism towards Catholics and the Pope (with respect to other religions and visitors), and about the expenses that, in spite of the crisis, the privileges granted to the «piligrims» (subsidized transport, food and shelter) mean for the country. By giving a special treatment to this visit and their followers, the government -they say- is discriminating against another religions (Spain being «officially» a secular country), events or personages, while at the same time incurring in costs that will not pay off.
But is this true?
Certainly, one of the articles in our Constitution says that «no creed will be official», but then it goes on: «the religious beliefs of Spanish society will be taken into account by authorities, and the consequent cooperation with Catholic Church and the rest of creeds will be kept». However, these crusaders of our democracy (who probably get married by church and then baptise their children, both things under some feeble excuse) seem to only be aware of the first part of that article, but not the second: they either ignore it, or think that the explicit mention to Catholicism is a mere ornament, like an example in a textbook. They clutch the «we’re a secular country» idea, stick to it as if it was a life ring, and forget (or chose to obliterate) an essential part of our history, disregarding by the way the fact that a good portion of Spain’s revenues comes thanks to Christendom (though this is surely more arguable).
 
Some criticism device smart puns

 
Another thing that these complaining philistines forget is the undisguised hostility that our governing socialist party -in special Zapatero, that unfortunate and shameful prime minister- has opposed to the Catholic Church during the long eight years of his two terms (hopefully close to expire). How can anyone, having some wits and a little awareness, believe that this country is favoring anything that comes from the Vatican? Not at all; the political crew ruling Spain these days can’t care less about the Pope and the pilgrims; but, having had the -possibly- worst economical management since our democracy, they do care about one thing now: money! And this brings us to the perhaps most important side of this controversy: is the visit of Benedict XVI going to mean an economical burden to our nation?
Definitely not. Though there are -as usual- many different flavours of the estimate expenses (quantifiable or not) concerning this visit, from 50 to 100 million euros, we only need to use the most fundamental maths to realize that, even under the worst of scenarios, more than one million pilgrims bring to Spain considerably more money than than those expenses. The volunteers (organizers) have free shelter and transport, but: the salaries of the transport workers has to be paid all the same, and without the Pope’s visit those tourists wouldn’t come; so, there is no money loss on this side. On the other hand, the sheltered offered to these volunteers is poor: they sleep on the floor; no money loss here either. They’re also subsidized food, but that’s basically what they paid for when volunteering (yes, they had to pay a fee). Therefore, no much expenses on the part of the Administration here either… And let’s be honest: everything in this capitalistic world is about money. If the visit of the Pope would not mean business, it would not take place.
 
Placards shown by some demonstrators.

 
So, let’s not be hypocrites: these demonstrations and criticisms are not about favoritism, nor about laicism, nor about money: they are about resentment, animosity and even hatred; and those who dissent and disapprove — those who protest against the expenses and against the simplicity of the believers, those are the benighted and narrow-minded; those are the real bigots in this society.
Shame on Spain.
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En esta España nuestra parece que siempre ha de haber alguien salvando a alguien. Durante siglos, se adjudicaron esta función la iglesia católica y sus fieles: devotos laicos y aplicados religiosos se han afanado durante décadas sin fin, aquí y allende los mares, por convertirnos a la fe o regresarnos a ella, siempre para guardarnos de las trampas del Maligno, alejarnos del pecado y salvarnos de la condenación eterna, amén.

Pero en estos albores del siglo veintiuno corren malos tiempos para los evangelios: la ciencia ha acorralado a la fe -si bien en menor medida de lo que se piensa- y, dejándonos desamparados frente al absurdo, le ha abierto de par en par las puertas al consumismo, ese nuevo opio que los tahúres de la mercadotecnia se han apresurado a explotar. Cuando ya no podemos creer en Dios, ni en la otra vida, tenemos que buscarle un nuevo sentido a esta.
Sin embargo, curiosamente, no nos hemos quedado huérfanos de salvadores; nuestro quijotesco carácter siempre empuja a algunos al histrionismo. Y ahora, proliferando como lo hacen, ante la presencia de un herbicida que elimine las especies dominantes, las plantas que han estado sometidas por ellas, ha venido a aparecer en nuestra sociedad una iluminada casta de salvadores: son los ociosos descreídos y los filisteos, los resentidos y los envidiosos, los que se dicen ateos y se erigen en paladines de la igualdad (sin saber que sólo aclaman al igualitarismo), en cruzados de una dudosa Constitución y una paupérrima democracia, quienes ahora han venido a salvarnos… ¡de la Fe!
 
Un hábil fotógrafo ha logrado reunir en una instantánea a varios manifestantes adultos.

 
Estos son los nuevos mesías. Bien los hemos visto con ocasión de la visita a Madrid del Papa Benedicto XVI, protestando y manifestándose, tras la tísica disculpa de un gasto desmesurado o una discriminación frente a otros credos, contra una mayoría aún religiosa y católica. Ahí estaban estos salvadores en plena función, elevando sus gritos y alzando sus pancartas hacia todos aquellos que aún tiene la bendita fortuna de poder creer en Algo.
 
¿Se trataba de derogar la ley del aborto?

 
Pero esta atolondrada oposición no buscaba, en realidad, salvaguardar nuestra economía en crisis, ya que sólo un necio puede pensar que el balance económico de la visita papal vaya a ser negativo para el país; ni buscaba tampoco defender (dando la espalda a la verdadera realidad de nuestra sociedad) el supuesto -y muy controvertido- laicismo oficial español, ya que estos mismos títeres que se manifiestan contra la acogida gubernamental para Benedicto XVI no se habrían atrevido a levantar una voz, a proferir un susurro, si el visitante hubiera sido el caudillo de cualquier otra religión; antes al contrario, habrían sido los primeros en declararse a favor y, de paso, colgarse las medallas de la tolerancia y de la pluralidad.
 
O cómo confundir la velocidad con el tocino.

 
No, nada de esto. Se ha tratado de algo mucho más tragicómico; mucho más carpetovetónico: estas protestas, reflejo de nuestra patria ignorancia, de nuestra secular intransigencia, en realidad no buscaban nada grande ni elevado, nada noble, sino que han brotado al son y al Sol del Madrid estival, abonadas por una varia casuística: muchos, para dar salida al resentimiento incubado durante generaciones; otros, por la envidia que siente el agnóstico del creyente; muchos, para desahogar frustraciones personales; quién, para alcanzar el dudoso crédito de «haber luchado contra el sistema», pero sin discriminar objetivos; no pocos, para amenizar el caluroso ocio de las noches veraniegas, o por simple esnobismo; algunos, por último, porque cualquier excusa les vale para reivindicar su homosexualidad o enseñarnos las tetas. En cualquier caso, la mayoría de estos confundidos progresistas, de estos eruditos a la violeta, se han cultivado en el caldo de la desinformación, el dogmatismo o el rencor.
 
¡Quién fuera bicicleta!

 
Pero son ellos, estos nuevos mesías que quieren salvarnos del catolicismo, los verdaderos intolerantes de esta incorregible España nuestra.
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