Episode 4 (2nd part): Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

jokulsarlon
Desde Egilsstadir hasta Jokulsarlon

Cuando un viajero que conduzca hacia el sur desde Egilsstadir por la famosa Hring Vegur llega al solitario puerto de montaña que divide las vertientes norte y sur, una majestuosa vista, sin parangón, aparece ante sus ojos; pero es también un poco espeluznante: durante los dos primeros quilómetros desde el puerto hacia el impresionante valle glacial, la carretera tiene una pendiente de vértigo que, por si eso no bastara a erizarle a uno el vello– se vuelve en extremo resbaladiza con el hielo. Y si, para colmo, se conduce un coche muy poco de fiar, resulta imposible esquivar el miedo a caer cuneta abajo.
Tras el problema del ventilador, durante un rato que se nos antojó largo avanzamos cuesta abajo con extrema cautela, frenando con el motor y aguantando la respiración, por miedo a que el cochambroso Polo decidiese que era el momento adecuado para una avería en los frenos o en la dirección. Pero nada se rompió (como puede bien deducirse del hecho de estar ahora escribiendo esto); la pendiente fue poco a poco suavizándose hasta que pudimos nuevamente prestar nuestra atención a las espléndidas vistas.
Discurriendo por un valle glacial en el este de Islandia

Al cabo de un rato llegamos al ancho y plano lecho de valle, por el que la carretera continúa, ya casi sin pendiente alguna, hasta alcanzar el océano en Breiddalsvik; y a partir de ahí discurriría a nivel del mar, bordeando el litoral, hasta prácticament el final de nuestro viaje.
Un Montserrat islandés cerca de Eiddalsvik

El agua congelada en témpanos en las pequeñas cascadas

Sin embargo, de la mano de unas temperaturas más amables que implican la ausencia de montículos de nieve en la calzada, vendría el segundo peor enemigo del conductor islandés: la nieve húmeda; una irritante capa de hielo medio derretido, un semisólido que, como al conducir sobre arena, estorba con eficacia y, peor aún, irregularmente el giro de las ruedas sobre el piso, lo que no sólo disminuye la autonomía de viaje sino que hace difícil el manejo de la dirección, y por tanto peligrosa la conducción. De hecho, dependiendo de la consistencia de la moeve húmeda y de la pendiente de la carretera, pueden los neumáticos perder agarre por completo y quedarse uno atascado.
Pues bien, me temo que tuvimos una medida bien colmada de esa guarrería que es la nieve húmeda desde el momento en que llegamos junto al mar hasta que, durante los largos quilómetros que es necesario hacer para rodear el profundo fiordo, alcanzamos nuestra primera parada planificada de ese día: el encantador y pacífico pueblecillo pesquero de Djúpivogur. Pero, pese a nuestro lento progreso, por suerte no tuvimos ningún percance ni dejamos de disfrutar de los hermosos y extraños paisajes lunares que nos encontramos a lo largo del Berufjordur…
Los caballos se agrupan para minimizar la pérdida de calor

Berufjordur y los enormes y macizos picos glaciares en la distancia

…junto con una de las cosas más pintorescas que habíamos visto hasta entonces: un tradicional secadero de pescado, que consistía en varias series de entramados horizontales de madera a dos metros de altura, donde, una vez descabezado, cuelgan el pescado por la cola.
Secadero de pescado y sus trabajadores

Secadero de pescado al aire libre

El pescado se cuelga a secar descabezado

Justo al extremo de un pequeño cabo, al abrigo del áspero oleaje del suroeste y los gélidos vientos del nordeste, el pueblo pesquero de Djúpivogur goza de una ubicación privilegiada, con su bien protegido puertecillo, pequeño y romántico, y mirando hacia las nevadas cumbres y las laderas rocosas en la vertiente opuesta del fiordo.
El pequeño puerto pesquero de Djúpivogur

A espaldas del puerto y de las pocas casas dispersas que conforman el pueblo, la desolada montaña piramidal de Búlandstindur lo vela y vigila eternamente.
Búlandstindur, la pirámide natural de Islandia

Era ya hora de almorzar, y no podríamos hallar mejor lugar para ello que aquel pueblo pesquero, en el que había dos sitios donde servían comidas: el hotel y la tienda; y dando por sentado que el primero quedaría más bien fuera de nuestro presupuesto, escogimos el segundo. Era un local que combinaba una tienda de abarrotes con un modesto pero acogedor restaurante, apenas cuatro o cinco mesas junto a unos enormes ventanales que daban hacia el puerto, ofreciendo una vista magnífica. Ni que decir tiene que pedimos pescado, que estaba delicioso; y junto con el bonito día y la relajante vista tras los cristales resultó un almuerzo en extremo agradable: las montañas, vestidas de blanco bajo el sol, hacían un soberbio contraste con el azul oscuro del mar y, entre medias, unos pocos barquitos pesqueros que dormitaban flotando sobre las aguas encalmadas del puerto.
Antes de seguir viaje, consultamos la información más actualizada del pronóstico meteorológico para el resto del día, que vino a confirmar el de la mañana: a partir del ocaso tendríamos nieve. Es decir, que aún nos quedaban unas pocas horas de buen tiempo, aunque quizá no suficientes para llegar con buena luz a uno de los lugares más destacados de Islandia: Jökulsarlon, la laguna donde muere un glaciar. Entonces, ¿debíamos apresurarnos para intentar llegar esa misma tarde, o más bien tomárnoslo con calma, conducir despacio, pasar la noche en Höfn (a 80 km de Djúpivogur) y visitar Jökulsarlon a la mañana siguiente? Como es tan difícil hacer proyectos de viaje en Islandia, con esa climatología extrema y caprichosa y el impredecible estado de las carreteras, más en nuestro caso un coche que podía dejarnos tirados en cualquier momento, optamos simplemente por no proyectar nada: seguir conduciendo a nuestro aire y decidir sobre la marcha. Por suerte había varias alternativas para pasar la noche a lo largo de la ruta, y malo sería que ninguna de ellas nos cuadrase.
¡Y vaya si cambian, en Islandia, el clima y el paisaje!: en cuanto dejamos atrás el aletargado Djúpivogur, tras sobrepasar la primera curva amplia de la carretera, de repente pareció que estábamos en otro planeta… o, mejor dicho, de regreso a nuestro planeta: el aire templado, la tarde soleada y el campo un poco verdoso y sin un parche de nieve, pertenecían sin duda a la Tierra.
Sueños de primavera en el suroeste

Ya es primavera junto al mar, pero aún duro invierno en la sierra

Por cierto que muchas de las montañas a lo largo de esta parte del Hring vegur están flanqueadas (cuando no formadas) por desnudos y altísimos taludes de piedra suelta; ingentes masas de cascotes vertidos desde cráteres o derramados desde prehistóricas alturas, al ser rotas y desmenuzadas las rocas por la erosión y los hielos. Y dichos taludes se forman naturalmente según la máxima pendiente para sólidos granulados, próxima al 90%; una pendiente vertiginosa que, al mirarla desde su base, produce un cosquilleo en el estómago semejante al de las alturas, y tiene uno la sensación de que podría caerse hacia arriba, suponiendo que tal cosa tenga sentido; una pendiente, además, muy poco estable, por lo cual hay constantes desprendimientos de roca en esa zona y es impepinable encontrarse con cascotes en mitad de la calzada; otra razón más para hacer de la conducción por Islandia casi un deporte de riesgo.
A cierta distancia, esas laderas semejan la pezuña de un colosal ungulado.
Taludes que parecen pezuñas gigantes

Llevábamos, después de todo, un ritmo aceptable y cuando pasamos por Höfn, una de las alternativas de hospedaje que barajábamos, decidimos dejarla pasar confiando en que podríamos llegar hasta Jökulsarlon aún con luz. Y fue una suerte que así lo hiciéramos, porque a partir de Höfn comienza un tramo que es la mejor pasarela de Islandia para observar los glaciares desde la carretera. ¡Qué maravilla tan sobrecogedora, los glaciares! ¡Yo os canto, colosales masas de nieve acumulada y compacta, durante siglos, hasta convertiros en pétreo hielo de inquietante y extraño color blanquiazul, derramándoos desde las altas cuencas por valles que erosionáis con majestuosa lentitud!
Uno de los muchos brazos del glaciar Vatnajökull

Gracias al sol poniente y a un cielo sin nubes, no anduvimos escasos de extraordinarias vistas…
Las montañas donde nacen los glaciares, al atardecer

Las sombras del ocaso se ciernen sobre los valles

…hasta que por fin llegamos al magnífico Jökullsarlón, la laguna donde el brazo más importante del glaciar Vatnajökull viene a morir, derretido por el mar.
Vista desde un satélite de la lengua glaciar que muere en Jökulsarlon

Cuando dejamos el coche y caminamos hasta la orilla del mar, nos quedamos asombrados: habíamos llegado a la hora precisa en que tiene lugar uno de los fenómenos más asombrosos que contemplarse puedan: la marea creciente entrando y fluyendo, con la fuerza de una torrentera, entre los dos brazos de tierra que encierran la laguna, y elevando con su empuje a los enormes bloques de hielo, pequeños icebergs desgajados del glaciar.
La marea entrante llena la laguna y derrite el hielo

Este es el breve vídeo que, a toda prisa, pudimos grabar en aquel momento:

Así que sin proponérnoslo y ni tan siquiera saber de su existencia, habíamos llegado a una de las dos citas diarias que se da el glaciar con el océano. Frente a esa belleza todo se nos iba en exclamaciones de admiración mientras contemplábamos boquiabiertos el espectáculo: la agonía y muerte de un hielo formado, quizá, hace diez milenios.

Jökulsarlón, una visita a la aurora de los tiempos

Para quien tenga curiosidad, el proceso es como sigue: al subir la marea, el agua del océano entra en la laguna y empapa el hielo del extremo del glaciar, arrancándole enormes bloques que, con el paso de los días, van derritiéndose, desmenuzándose y menguando. Cuando las mareas son grandes, la entrada de agua por el estrecho es tan fuerte y rápida que parece un río que fluye hacia tierra. Benito yo pudimos ver cómo el agua provinientes del océano, de un bello azul marino, empujaba los grandes témpanos de hielo, se deslizaba bajo ellos formando pequeños vórtices y los alzaba en su flujo, humedeciéndolos y tornando su opacidad en transparencia.
Bloques de hielo del glaciar en el ocaso de sus días

Esta es otra toma que pudimos realizar antes de que la marea dejase de subir:

Horas después, al descender la marea, el agua que ha entrado en la laguna se retira, fluyendo de nuevo hacia el mar y arrastrando consigo los témpanos que han menguado lo bastante como para caber por el canal. Muchos de ellos se pierden mar adentro a la deriva, donde acabarán de fundirse con relativa rapidez, pero otros quedan depositados sobre la negra arena volcánica de la playa durante días, adquiriendo formas extraordinariamente caprichosas.

Los trozos del glaciar yacen sobre la arena en un contraste sublime

Así año tras año, durante siglos y siglos, dos veces cada día el mar se cobra un pequeño mordisco del glaciar y lo incorpora a sí mismo, reclamando lo que es suyo, devolviendo, tras un ciclo de diez mil años, el agua congelada al lugar de donde salió: el océano eterno. Los restos de aquello que durante toda una era fue un orgulloso glaciar yacen ahora en la playa, exhalando su último aliento; una belleza natural sin parangón hasta el postrer minuto, que adorna con sus aristas de joya las negras arenas volcánicas, creando un paisaje tan insólito que no parece de este mundo.
Lo que otrora fue un glaciar imita al diamante en sus últimos días de vida…

…y el mar lametea estos diamantes hasta convertirlos en mar

Estando allí, no pude evitar el impulso de morder y comerme un pedacito de ese hielo, haciéndome la ilusión de que, al incorporar a mi organismo aquellas moléculas desprendidas de las nubes diez mil años antes, me convertía con ellas también en prehistoria.
Benito sosteniendo un hielo de diez milenios de antigüedad

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jokulsarlon
From Egilsstadir to Jokulsarlon

When the traveller driving south from Egilsstadir along the famous Icelandic Hring Vegur (the Ring Way) reaches the solitary mountain pass dividing the northern and southeastern basins, there appears before his eyes a magnificent view; but also a dismal one: for the first mile from the pass towards the impressive glacial valley, the road has a very steep slope that, being dismaying enough on its own, can get also quite slippery. If, besides, you’re driving an unreliable and unpredictable car, the hair-rising fear of plunging into the abyss is hard to escape.
After the incident with the fan, for long and slow minutes we proceeded downhill with extreme caution, engine-braking, holding our breath and knocking on wood, lest our shoddy Polo decided it was the right time for a break failure, or the steering wheel broke down when in a hairpin turn. But nothing of this happened, obviously, or I wouldn’t be writing this now. The incline became gradually softer, and eventually we were again able to enjoy the astounding environment.
Along a glacial valley on East Iceland

Farther on we reached the flat wide valley-bed and drove along it until we finally arrived to the ocean at Breiddalsvik, from where–and almost until the end of our trip–the road would run skirting the coast, therefore entirely at sea level.
Needle peaks close to Eiddalsvik

Frozen cascades

However, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came the second worst enemy of the arctic driver: the wet snow, an annoying layer of half melted ice, a semisolid that, like when driving on sand, severely and unevenly hampers the wheels’ advance on the road, making also for a lesser fuel autonomy and a difficult and dangerous steering. Actually, and depending on the wet snow consistence and the road incline, the tyres can lose grip and the car get stuck.
And indeed, we had a lot of that stuff from the moment we reached the ocean and along the whole coastline skirting the deep fiord, until we arrived to our first planned stop for that day: the lovely, peaceful, tiny little fishing village of Djúpivogur. Fortunately, though the wet snow slowed down our advance, we didn’t have any mishap and we could enjoy contemplating delightful landscapes we found on our way along the very scenic Berufjordur…
Horses keeping their body warmth

Berufjordur, and the massive glacier peaks in the distance

…and also one very pictoresque thing we hadn’t seen before: a traditional fish drying-place, consisting of several wooden structures where the beheaded fish is hung from the beans by the tail.
Fish drying-place and workers

Hanging the fish to make it dry

Fish is hung in the open air

Located at the tip of a small cape, sheltered from the rough southwestern seas and the cold northwestern winds, the fishing village of Djúpivogur is a privileged one, with its romantic little harbour well protected, an facing the rocky peaks right across the fiord.
The fishing harbour of Djúpivogur

Behind the harbour and Djúpivogur’s scattered few houses, the bleak pyramid-mount of Búlandstindur keeps an eternal watchful eye on the village.
Búlandstindur, the natural pyramid of Iceland

As it was about time for lunch, we decided there couldn’t be a better place for a meal than this fishing community. There were only two eating places in Djúpivogur: the hotel and the shop; so, deeming the first one would probably be too expensive for our budget, we chose the second. It was a fine local, two-in-one, combining a small convenience store and a modest but cozy restaurant, featuring four or five tables and huge windows facing the harbour which provided for a splendid and relaxing view. Of course we ordered fish and of course it was delicious, so that we leisurely enjoyed a very nice meal, tasting the fresh food and the view at ease: the snowy mountains lit by the sun, contrasting with the marine blue sea and rising above the few small boats which dozed on the harbour’s calm waters.
When checking the weather forecast update for the evening, we got a confirmation of the news in the morning: starting from dusk there would be snowfalls. So, though we still could count on a few hours of fine weather, we didn’t know if that was enough for properly visiting the glacier lagoon Jökulsárlon, allegedly one of Iceland’s highlights. Should we then hurry up and try to get there today, or rather take our time, driving at ease, and visit it the next morning after spending the night in Höfn, 80 km away from Djúpivogur? There was no easy answer, but being so hard to make reliable plans in Iceland–with the changeable weather and unpredictable road conditions–and driving an even less reliable car, we just opted for driving without any expectation nor hurry and take decisions on the go. Fortunately there were three alternative youth hostels where to stay overnight, plus no shortage of–more expensive–guesthouses to take into account just in case.
And indeed, what an amazing climate change we experienced!: no sooner had we left the sleepy Djúpivogur than, after the first turn of the road, we found ourselves like if in another planet–nay, like if back to our planet: suddenly the weather got mild and sunny, and the landscape snowless.
Dreams of spring in the southeast

Already spring by the sea while still winter in the mountains beyond

It’s noteworthy to say that many of the mountains along this part of the road are flanked by bare, gargantuan masses of loose boulder, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d fall upwards. As a matter of fact, slides are very common in that region, and it’s frequent to find some of the boulders invading the pavement. Looked at a distance, this mountains resemble the hoofs of a colossal ungulate.
Gigantic hoof-like mountain sides

So, well, as by the time we went past Höfn it was too early, we kept driving, with the hope of making it to Jökulsarlon on a fine light. By the way, this is the part of the island where better and closer the glaciers can be observed from the highway; oh the glaciers!, those accumulated and compacted snow masses, spilling down the high peaks along the valleys in breathtaking tongues of ice, with their hypnotizing blue hue.
One of the several “arms” of Vatnajökull glacier

Thanks to the setting sun and the cloudless sky, we weren’t short of delightful scenery…
Glacier mountains at su 
nset

Yet another awesome landscape[/captio, broken and crumbled by erosion and the force of ice, then spilt from the rocky heights. These stones are naturally piled with the maximum possible incline (around 40º, as engineers well know) in a very unsteady equilibrium and, when looked at up from the mountain’s foot, they cause a strong dizziness, making us feel like if we’d n] 
…until we finally reached the magnificent Jökullsarlón, the glacier lagoon, where one ohypnotizing blue huef the largest arms of/strong the inmense VHowever, together with the warmer temperatures and no longer fearing snow dunes, there came /patnajökull glacier dies, right by the sea.
 

[caption id="attachment_751" align="aligncenter" width="550"] Satellite view of the glacier tongue dying in Jökulsarlon
 
 


There we parked the car, walked to the shore, then got stunned: we had gotten there at the right time for witnessing one of the most spectacular phenomena one can behold: the tide strongly flowing in through a narrow channel into the lagoon and lifting the massive ice blocks sleeping there.
The tide flows in, fills the lagoon and melts the ice

This is a short video giving some approximate idea of how striking this phenomenon is:

We could only hold our breaths at the sight of this astonishing scene; the agony and death of ice that had been formed perhaps 10,000 years ago.

Eerie Jökulsarlón, a visit to the dawn of time

At the flood of tide the comparatively warm sea water gets into the lagoon, soaking and melting the big rocks of ice. If the tide is strong, the inlet of water through the channel is very swift and powerful, resembling a river flowing inland. Benito and me could see this dark-blue sea river splashing against the icebergs and diving underneath them in vortices, pushing them backwards, moistening them and changing their thick translucency into a light transparency; and so the big blocks get cracked and split into smaller pieces.
Glacier icebergs taking their last slumber before…

Here’s another video of this curious flow:

Then, at the ebb of tide, the water retreats from the lagoon back to the ocean carrying out those ice blocks that melted down to a size small enough to pass through the shallow channel; and lastly, the low tide gently places many of those blocks, “carved” to beautiful capricious sculptures, onto the black sands of the beach. Thus, all year long for over endless centuries, twice a day–with every flow of the tide–the sea takes a bite of the glacier and swallows it up, claiming what is his; after a cycle of ten thousand years, the sea returns the frozen water to where it belongs: the eternal ocean.

…before they die in the sea, their carcass lying on the beach

The remnants of what–for ages–was a proud glacier lie now on the beach, exhaling their last breath; natural beauty until the last minute, they embellish with their gem-like carved surfaces the volcanic black sands, in scenes so bizarre they seem unreal.
Gem-like carcass of what once was part of a glacier

The sea slowly licks away the last hours of the ice

I couldn’t help bitting and swallowing a piece of such ice. It was like eating up the prehistory: putting into my body some molecules that had been deposited during the past then thousand years.
Benito holding a piece of ice 10,000 years old.

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