65º nordur. Episode 1: the blizzard

65º norte. Una vuelta a Islandia

En cierto modo, esta es una historia sobre círculos. Tiene lugar a 65º norte, justo bajo el círculo polar ártico. Da cuenta de un viaje alrededor de la carretera circular islandesa (Ring Road), la Ruta 1. Y concluye en el muy turístico Círculo Dorado. El lector, además, podrá encontrar en su lectura otras asociaciones relativas a circuitos y a correas circulares.

Episodio 1: La ventisca

El pronóstico del tiempo y las condiciones de la carretera eran favorables: predominio de cielos poco cubiertos, alguna ligera nevada en las cumbres, que estarían transitables salvo algunos parches de hielo; de modo que nos pusimos en marcha una gélida y parcialmente nubosa mañana en nuestro pequeño y baqueteado Volkswagen Polo: un coche de alquiler barato y desvencijado, con demasiados quilómetros, muy poco mantenimiento y una serie de desperfectos menores: sin freno de mano, la puerta del piloto destartalada, el respaldo del copiloto atorado, y otros que fueron apareciendo. Pero, en fin, íbamos a conducir todo el tiempo por la principal carretera de Islandia, la Ruta 1, objeto de limpieza y mantenimiento diarios, de modo que no necesitábamos mejor vehículo para eso. O así lo creíamos.

Reykjavik, justo antes de empezar el viaje.

Así que allá vamos. Nuestro punto de partida: Reykjavik. Nuestro destino para el primer día: Akureyri, la segunda ciudad más grande de Islandia con 17.ooo habitantes. Durante las primeras horas nos encontramos con una carretera a tramos limpia y en otros cubierta con nieve bien compacta, que tiene buen agarre (contra lo que podría creerse).
Primer destino: Akureyri, 357 km.

La nieve compacta es tu amiga

Durante un buen tramo disfrutamos felizmente de espléndidos paisajes blancos bajo los ocasionales rayos del sol, a través de granjas y llanuras donde con frecuencia se ven tropillas de caballos, que nunca pierden una ocasión para dar la bienvenida a cualquier turista y conseguir quizá un terrón de azúcar.
Kollafjordur

Amistosos caballos islandeses

Aunque la temperatura no era muy baja (tres o cuatro bajo cero), el viento hacía que la sensación de frío fuera muy intensa. Salir del coche para hacer una foto significaba unos instantes de mucho frío, dolorosos para las manos, porque con guantes de invierno ¿quién puede manipular una de esas pequeñas cámaras digitales?
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No llevábamos mucho tiempo conduciendo cuando nos hizo señales un autoestopista y nos detuvimos. Jacob, un joven mochilero alemán que recorría la isla en solitario, se dirigía también a Akureyri. Subió al asiento trasero y continuamos viaje conduciendo despacio, parando cuando nos apetecía para hacer algunas fotos o tomarnos un sandwich en alguna estación de servicio. El único inconveniente era que, al carecer de freno de mano y con el respaldo del copiloto atascado, para que nuestro pasajero pudiera bajar teníamos que parar el motor, engranar primera y bajarse el conductor, de modo que el viajero pudiera salir por la puerta izquierda. Un engorro. Pero no había prisa; teníamos todo el día por delante y montones de pintorescos paisajes que fotografiar.
Una granja islandesa

Curiosamente, la nieve seca se comporta como arena

Islandia es un país muy poco poblado, la mitad de cuyos habitantes vive en el área del gran Reykjavik, de manera que en cuanto te alejas de la capital hay muy poco tráfico en la carretera, lo cual no es muy tranquilizador si consideras la posibilidad de un accidente o incluso una avería.
Vista subártica

El viento empieza a arreciar

Según nos aproximábamos a las tierras altas la luz iba disminuyendo lentamente y el viento arreciaba con rapidez, soplando a la nieve arenosa de los campos vecinos sobre la carretera, donde se apilaba en algunos lugares, principalmente junto a los quitamiedos, que suponen un obstáculo a su paso. Las máquinas quitanieve con que nos cruzábamos, o incluso los camiones, levantaban tal nube de nieve pulverizada que el parabrisas se nos cegaba en un instante, y nos quedábamos sin visibilidad durante dos eternos segundos hasta que los limpias la barrían el polvo blanco a un lado. En el primer puerto que coronamos, como el viento soplaba aún más fuerte, la carretera aparecía parcialmente bloqueada por los dichos montículos de nieve, y hubo un par de ocasiones en que temimos podríamos quedarnos atascados en alguno de ellos; pero el Polo resultó ser más eficaz de lo que parecía y, al ver que pasamos los obstáculos sin mayor problema, nos sentimos aliviados y hasta nos reímos de nuestras propias aprensiones y miedos.
Antes de llegar al segundo puerto, más alto que el anterior, algunos de los vehículos con que nos cruzamos nos daban ráfagas, y según nos preguntábamos la razón nos dimos cuenta de que el salpicadero no estaba iluminado, pese a que el interruptor de las luces estaba dado, lo que significaba –concluimos– que los faros del condenado coche de alquiler no funcionaban, y por tanto no podríamos seguir conduciendo una vez que se hiciese oscuro. Como aún faltaban dos horas para llegar a Akureyri, decidimos dejar de perder el tiempo, no hacer ninguna parada más y acelerar para llegar lo antes posible.
Pero apenas dos quilómetros más allá el cielo se nubló por completo y de repente, en menos que se persigna un cura loco, nos vimos en mitad de una ventisca. La visibilidad se redujo de manera drástica no sólo por la nieve que bajaba de las nubes (aunque a veces parecía más bien subir), sino sobre todo por la que el viento, en fuertes rachas, barría desde las inagotables reservas almacenadas en las extensas llanuras del erial circundante, en las montañas, por doquiera, y las arrojaba sobre nuestro parabrisas.
La última foto que tuvimos humor de hacer ese día

Pese a todo, aún el asfalto estaba transitable y durante un rato seguimos avanzando, ya que la merma de visibilidad no era insalvable obstáculo al tráfico; eso sí con la precaución de conducir despacio para evitar salirnos de la calzada por falta de visibilidad, ya que ni siquiera alcanzábamos a ver los postes amarillos que, para servir de guía, jalonan ambos márgenes de la carretera.
Cuando por fin coronamos el segundo puerto nos encontramos de sopetón en un trecho donde el viento había apilado tanta nieve en la carretera que, en algunos lugares, tenía casi un metro de altura. La mayor parte de la calzada estaba bloqueada, si bien al ser la capa muy irregular podían aún encontrarse algunas zonas del asfalto por donde el coche podía seguir avanzando; e incluso en algunos tramos, por esos extraños caprichos del viento y la orografía, el pavimento aparecía totalmente limpio. Había un Golf rojo delante de nosotros, y yo sin ver apenas nada me limitaba a seguir sus luces de posición, confiando en que se tratara de un conductor habilidoso con la experiencia suficiente como para elegir el mejor camino. Pero pronto esta esperanza se demostró infundada: en un abrir y cerrar de ojos el Golf se había quedado atascado.
Me detuve algunos metros tras él y esperamos a ver qué ocurría. Si era capaz de salir de allí, nosotros quizá podríamos –aunque nuestro coche era más bajo– intentar seguir sus rodadas y continuar avanzando. Pero el Golf no se movía ni un centímetro, así que decidimos salir del Polo e intentar ayudarlo. Así nos aventuramos los tres bajo la intensa ventisca y nos dirigimos hacia el otro coche. El carril izquierdo parecía un poco más despejado, pero el conductor del Golf se había metido de lleno en un lugar donde la nieve tenía dos o tres palmos de altura. Si tan sólo pudiésemos empujarlo dos metros hacia la izquierda, remontar una pequeña duna central, podríamos sacarlo de allí; pero esto era mucho más fácil de pensar que de hacer. Con las botas y las manos enguantadas escarbamos parte de la nieve bajo sus neumáticos y luego tratamos de empujarlo, pero no se movió. Inexpertos en esas lides, no lo estábamos haciendo bien, como habríamos de aprender muy pronto. Lo único a que nuestros esfuerzos condujeron fue a cansarnos, empaparnos y aterirnos. En vista del fracaso decidimos intentar sacar primero nuestro propio coche, marcha atrás, del atolladero; pero el éxito fue idéntico: no lo movimos ni un palmo. A una voz nos refugiamos otra vez dentro para tomar aliento, intentar calentarnos y pensar con calma.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que la calefacción del Polo no funcionaba: el indicador de agua-motor marcaba una temperatura anormalmente baja, y el aire que salía por los conductos de ventilación apenas estaba ni medio templado, de modo que no sólo no podíamos calentarnos, sino que ni siquiera bastaba a descongelar el parabrisas, que empezaba a opacarse por fuera a causa de la nieve y por dentro a causa del vaho. Muy pronto no se vería ni un pimiento.
Mientras deliberábamos sobre qué hacer, se nos acercaron dos tipos que se habían bajado de un todoterreno llegado tras nosotros, y nos dieron algunas instrucciones. Parecían saber bien lo que hacían y les obedecimos de buen grado. Primero los ayudamos a sacar al Golf de su atasco, empujando a cortos y rítmicos impulsos: ¡uno, hop!, ¡uno, hop!, ¡uno, hop..! Así varias veces hasta que, ¡voilá!, el Golf se liberó y pudo ganar el carril izquierdo. ¡Hurra! Después nos ayudaron con el Polo de la misma forma, y un minuto más tarde estábamos también listos para intentar seguir avanzando. Antes de volver a su todoterreno, los hombres nos dieron algunos consejos que escuchamos con gran atención: “Avanzad palmo a palmo. Si la visibilidad se reduce tanto que no véis la carretera ni el siguiente poste amarillo, no os mováis. Esperad a que mejore un poco y entonces seguid un poco más allá, eligiendo siempre lo mejor de la calzada.”
Cuando nos dispusimos a continuar, el Golf había desaparecido ya de nuestra vista. La tormenta lo había engullido. Puede que se hubiese alejado bastante o que estuviese sólo a diez metros; ¡tan poco se veía! En su lugar, ahora seguíamos al coche de nuestros salvadores, cuyo copiloto iba delante, a pie, indicándole al otro por dónde avanzar. A ratos yo no veía absolutamente nada, pese a que Benito se dedicaba en todo momento a limpiar la escarcha interior con las manos heladas enfundadas en los guantes mojados. Entretanto, nuestro autoestopista se había acurrucado en el asiento trasero, totalmente descorazonado, como una avestruz que mete la cabeza bajo tierra al avistar un peligro. Pese a todo, al final no tuve más remedio que conducir con la ventanilla abierta y la cabeza por fuera, aunque el frío y la nieve de inmediato se nos colaron dentro, dejándonos helados. Para colmo empezaba a oscurecer y no teníamos luces.
No habíamos avanzado mucho más (quizá cincuenta metros, acaso cien, ¿quién sabe?) cuando otra vez nos quedamos atascados. Los nervios, el viento enloquecedor, la nieve cegadora y el aire gélido nos provocaban una angustiosa sensación de pesadilla, y durante un rato, al igual que en una pesadilla, perdí la noción del tiempo y el hilo de los sucesos. Hay fragmentos del episodio que no soy capaz de recordar. Quizá mi memoria ha preferido extinguirlos. Recuerdo haber salido otra vez del coche a la ventisca, quitar nieve frenéticamente con las manos, empujar un vehículo azul para liberarlo del terrible abrazo blanco. Recuerdo las voces y los gritos, sofocados por el ruido del viento; y a Jacob luchando denodadamente, resbalando sobre el hielo, para poder cerrar la puerta del Polo contrarrestando la fuerza del aire. Me recuerdo moviendo como un loco, casi al tuntún, la palanca de cambios entre primera y marcha atrás para intentar balancear el Polo; luego, por segunda vez, unos hombres sacándonos de la trampa de nieve; mis pantalones calados por completo y congelada el agua en ellos; la punta de mis dedos tan fría que ya no podía sentirlos, e intentando calentarlos en la débil corriente de aire de la averiada calefacción…
Cuando recobro la memoria estamos parados de nuevo, pero no atascados. Es el momento más intenso de la ventisca. El Golf rojo aparece otra vez al alcance de la vista, muy cerca, también parado y supongo que atrapado. Hay otros vehículos. A unas decenas de metros por delante un jeep remolca un coche pequeño. La escena es un poco caótica y nadie se cuida de nosotros ahora. Alguien nos ha pedido que nos hagamos a un lado para dejar pasar a varios todoterrenos que, con sus grandes ruedas, abren un camino que con rapidez la ventisca va cerrando otra vez; pero no nos atrevemos a intentar ponernos sobre sus rodadas porque de ellas nos separa una duna en la que sin duda nos atascaremos otra vez. Consternados, vemos cómo los 4×4 se alejan y desaparecen entre la nevada, seguidos por todos los demás coches, incluyendo el Golf rojo. Nos hemos quedado solos; nos han dejado a nuestra suerte.
Ya no queda nadie a quien pedir ayuda en caso de urgencia, y el crepúsculo avanza. No podemos aventurarnos a un nuevo error; debemos extremar la cautela a cada metro que avancemos; así que en vez de dejarnos la vista tras el parabrisas, apenas translúcido ahora, Benito sale del coche y va caminando o trotando delante, guiándome por los lugares menos malos. Yo lo sigo a apenas uno o dos metros, sin ver nada frente a mí salvo el bulto oscuro: sus pantalones están totalmente congelados, su abrigo y su gorro de invierno cubiertos de nieve. Con los brazos me apunta en esta o aquella dirección. De cuando en cuando mira hacia atrás para ver si lo voy siguiendo y para evitar que me acerque demasiado. Avanzamos muy despacio, pero las condiciones parece que mejoran poco a poco. Cuando ya no aguanta más, Benito sube al coche. Nos encomendamos a la suerte, aunque hay al menos una buena noticia: resulta –me dice– que las luces funcionan.
Llevamos un rato descendiendo colina abajo (aunque sería difícil decir cuánto tiempo) y el viento ha amainado algo, la carretera aparece un poco más limpia, la ventisca es más débil. Ganamos velocidad y, con cada nuevo quilómetro recorrido, las cosas se ponen mejor, hasta que por fin nos sentimos más o menos seguros. Parece que hemos dejado la ventisca atrás. Al ver que la carretera continúa descendiendo nos sentimos tan aliviados que nos entra una risa histérica. ¡Lo hemos conseguido!
El mapa topográfico nos decía que aún quedaba otro puerto por sobrepasar antes de llegar a nuestro destino y, en efecto, empezamos a encontrarnos de nuevo, a ambos lados de la calzada, con el mal agüero de los parches de nieve que hemos aprendido a temer tanto. Pero en esta ocasión no tan altos ni extensos, y finalmente pudimos llegar a Akureyri sin nuevos contratiempos, mojados y ateridos de la cabeza a los pies, pero vivos. Una larga ducha caliente, ropa seca y una taza de té nos ayudan a recuperarnos del todo.
Limpios, secos y calentitos. Una merecida taza de té.

Aun así, durante horas no acabábamos de creer el mal rato que habíamos pasado ahí arriba en las montañas. Al comentar después el episodio, comprendimos por qué aquellos primeros vehículos con que nos cruzamos nos daban las largas: no era una queja por no llevar luces, sino una advertencia para que no nos aventurásemos más allá con ese coche tan pequeño.

capítulo siguiente

65º nordur. Tour around Iceland

This is, somehow, a story about circles. It takes place at 65º north, right below the arctic circle. It gives an account of a trip around the Icelandic ring road, route nr 1. And it ends in the very touristic Golden circle. Another associations could be found involving circuits and round belts, but the readers will find by themselves.

Episode 1: The blizzard

The weather forecast and road conditions were favourable: mostly fine, some light snowfall on the highlands, passable way with spots of ice. So, we set forth of a chill, partially cloudy morning on our small shabby Polo: a cheap clapped-out rental car with too many kilometres, too little maintenance, and a number of minor bugs: no hand brake, a rickety driver’s door, a jammed co-driver’s seat-back… Anyhow, we were to drive all the time along the main Icelandic road, nr 1, which is constantly cleaned and serviced, and we didn’t need much for that.

The two characters of this story, right before starting our trip.

So, there we went. Our starting point, Reykjavik. Our destination for that first day, Akureyri. The road was alternately clean or covered with packed down snow, which always makes a good grip.

First destination: Akureyri, 357 km.

Packed down snow is your friend.

For quite a long while we happily enjoyed the beautiful white landscapes under the occasional sun rays. Oh!, Icelandic horses never miss a chance for welcoming the tourists and getting a chance sugar cube.

Kollafjordur.

Friendly Icelandic horses

Though the temperature wasn’t very low (just a few minus degrees), the wind made for a freezing cold day. Stepping off the car for taking a picture meant a painful while to our bare hands. And, who can manipulate with winter gloves one of those little digital cameras?
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We hadn’t been driving long when we took a hitchhiker who was heading our same destination: Jacob, a young german guy who was backpacking the island all by himself. With him on the back seat we kept our journey, taking it easy, driving slowly, often stopping to take a picture or eat a sandwich in a service station. The only problem was that, having no handbrake and a jammed co-driver’s seat-back, for our passenger to step off I had to stop the engine, put first gear, get out the car myself and let him out through
the left door. But there was no hurry; we had the whole day ahead of us and lots of nice scenic views to photograph.
The wind starts getting stronger.

The dry snow behaves exactly like sand

Iceland is a scarcely populated country, and half of the people live in the big Reykjavik area. So, once you start getting far from the capital, there’s very little traffic on the road, which can be a bit scary when you consider the case of an accident or a car breakdown…
Subarctic sight

The wind starts getting stronger

As we approached the highlands, the daylight was slowly declining and the wind quickly increasing, blowing the sand-like snow from the neighbouring fields over the road, heaping it up in some places, mainly where the guardrails mean an obstacle to the flow. The snowplough machines, or even the lorries, lift such a thick cloud of dust behind them that, when you cross them, your windshield gets instantly blind for some seconds. In the first mountain pass we found, as the wind blowed stronger, the road was partially blocked in some places by these snow piles, and there were a couple of anguish moments when we feared we would get stuck, but the Polo proved to be tougher than it looked and, when we managed to pass the obstacles without more trouble, we laughed at our own apprehensions and fears, returning to our merryment for quite a while.

Before the second pass, some drivers that we crossed flashed their headlights at us and we realized that the dashboard wasn’t lit, despite the main switch being on. Putting both details together, they could only mean one thing: the lights of that damned rental car didn’t work! Therefore, we wouldn’t be able to drive in the dark, and as we still were almost two hours away from Akureyri, we decided to stop losing time, speed up and arrive as soon as we could.
However, we had scarcely driven two kilometres when the sky got overcast and suddenly we found ourselves in the middle of a blizzard. The visibility was drastically reduced by the driving snow coming down the clouds and, mostly, the snow blown onto the car by the strong winds from the adjoining lands, from the endless plains, from the inexhaustible reservoir all over in the mountains, around and above us.

This is the last picture we were in the mood of taking that day

Still, there was not too much of it on the pavement and, for a while, we kept advancing, driving very slowly through the inscrutable white curtain, hardly seeing the yellow reflecting posts at the sides of the road.

As we finally reached the pass, all of a sudden we came to a zone where the wind had been blowing so much snow on the road that, in some places, it was two or three feet high. Most of the way was blocked, though, as the snow was irregularly piled, still it was possible to do some progress, picking the less covered areas or even some patches where, by a caprice of the wind, the pavement was totally clean. There was a red Golf going ahead of us, and I was blindly following its tail lights, trusting the skills of the driver and hoping he would be experienced enough to pick the best way. But soon my hopes turned out to be groundless: before even realizing it, he got stuck.
We stopped some metres behind and waited to see what happened. If he could get out of there, we could also -though our car was smaller- follow the Golf tracks and hopefully keep advancing. But he didn’t manage to move at all, and we thought of getting out of our car into the blizzard and try to help him. So, there the three of us went and study the situation. The left lane seemed to be somewhat cleaner, but the driver, blinded by the storm, had got himself right into a place where the snow was two or three handspans high. If we could only push him a couple of metres into the left lane, we would get him out of the obstacle. But this was easier said than done. With our feet and gloved hands we removed some snow from under the wheels and then tried to push his car, but it wouldn’t move. Unexperienced in those matters, we weren’t doing it properly, as we learnt shortly afterwards. We only managed to get ourselves wet, cold and agitated. Then, after our unsuccessful efforts, we decided to try get our own car backwards out of the snow; but this was to the same avail: we couldn’t push the Polo up the hill. So, we got into it again for taking a break, trying to think calmly and warm up ourselves.
It was then when we realized that the heating wasn’t working: the engine water was abnormally cold and the hot air we got was barely tepid. We couldn’t neither warm up ourselves, nor the windshield, which started getting frosty on both sides, external and internal. Soon we wouldn’t see a damn thing through it.
As we were trying to think what to do, there came two guys from a 4×4 that had arrived while we pushed, and gave us some instructions. They seemed to know well what to do, and we willingly obeyed. First we helped them to get the Golf out of the snow, pushing at short impulses, with a rythm: one, hop!, one, hop!, one, hop! Several times, and off the Golf broke free to the left lane! Then they helped us with the Polo in the same way, and one minute later we were also placed in the left lane, and eagerly attending their advice: “Move inch by inch. When you don’t see the road nor the next yellow post, don’t move! Wait until you see something and then go a bit forward, always chosing the best part of the road.”
We totally lost sight of the Golf. It might be already quite far ahead, or perhaps only ten metres from us. The storm had swallowed it. We were now following the four-by-four that helped us, whose co-driver was leading the way on foot. At some moments we almost couldn’t see anything through the windshield: Benito had to be constantly cleaning the inside frost with his wet gloves and frozen hands, while our hitchhiker had already lost his nerve and was curled up in the back seat, like an ostrich at the sight of the danger. Finally, I had no choice but to open the window, put my head out and drive like that, despite the snow and the cold getting into the car and making us freeze. Besides, it was getting dark and we had no lights.
We hadn’t got very far (perhaps fifty metres, perhaps five hundred, who knows?) when we got stuck again. The nerves, the maddening wind, the blinding snow and the gelid cold made for a nightmarish feeling and, just like in a nightmare, there are some parts of the episode that I can’t recall. I remember getting out into the blizzard again, frantically shoving snow and pushing someone else’s blue car for releasing it from the white, dreadful embrace. I remember the voices and the cries, muffled by the noise of the strong wind; and Jacob fighting against it for closing the door, and slipping on the icy asfalt. I remember wildly shifting gears back and forth for trying to rock the Polo, and some men pushing us free again from the snowy trap, and my trousers totally wet and frozen, and my fingertips so cold that I didn’t feel them. I try to warm up my hands in the air draught of the weak heating system…
When my memory comes back, we’re stopped, though not stuck yet; the red Golf is once more within our sight, also stopped, maybe stuck. There are another vehicles. Somewhere ahead, a jeep is towing a small car. Nobody is caring about us now. We’ve been told to move aside and let the several 4WD’s pass, thus opening a way through the accumulated snow that the other vehicles can profit; but we can’t follow them because we’re now on the other side of the road, and there’s a wall of snow between both lanes. Consternated, we see how the four-by-fours drive away and disappear in the distance, followed by the rest of the cars. Somehow the red Golf has also managed to leave, and suddenly we’ve been left alone, all by ourselves. There’s noone else to help us in case we need it, and dusk is getting closer and closer. We can’t take any more risk. Therefore, instead of trying to figure out our way piercing through the barely translucent windshield, Benito goes trotting ahead of the Polo and leading the way where the road is more passable. I’m driving only one or two metres behind him and I scarcely see the poor man’s trousers totally frozen, his snow-covered coat, his winter cap, his arms pointing in this or that direction. Every now and then he looks back to see if I’m following, to check that I’m not too close. Little by little we advance, and the conditions seem to get a bit better. Benito jumps in and we cross our fingers. There’s also one good news: the car lights -says he- are working. We’ve been descending for a while (though it would be hard to tell how long) and the wind has decreased somewhat, the road is a bit cleaner, the blizzard is weaker. We speed up and, with every new kilometre, it gets better and better, until we finally feel more or less safe. Seeing that we keep going down, we’re so relieved that we laugh hysterically.
The map was telling us that there was yet another hill to pass before getting to our destination, and certainly we started seeing again the frightful snow patches, that we had learnt to fear so much, on the sides of the road. But they were not so big, nor so high, and we finally arrived to Akureyri, wet and frozen from head to toes, but alive. A long warm shower, dry clothes and a hot cup of tea helped us recover from our distress.

Clean, dry and warm. A well deserved “cuppa”.

Yet, for some hours we could hardly believe the hard times we’d had back there in the mountains and, on revising the episode, we then understood why those cars before getting to the pass had flashed their high beams at us: they weren’t complaining about our lights; they were trying to tell us not to venture further up!

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